El jardín del edén

  • Las imágenes del folleto del "Edificio Jardín" no dejaban lugar a dudas: a los pies del mismo se construiría un bonito jardín. La realidad acabó siendo otra
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17 noviembre 2015

Érase una vez que se era una joven pareja que vivía feliz en una lejana, exótica y noble villa manchega, unida por el amor y decidida a compartir una larga y próspera vida en común. Para ello, emprendieron presto la búsqueda de su nidito de amor, de ese lugar al que denominarían hogar, donde sentar las bases de una futura familia. Ilusionados, recorrieron la noble villa de este a oeste, de norte a sur, a la caza de la morada que más se ajustara a sus ilusiones y expectativas.

Anduvieron multitud de leguas para dar con la casita adecuada: “Esta resulta demasiado grande”, decía ella, “pues esta otra demasiado pequeña”, añadía él, “aquella demasiado cerca”, opinaba ella “y esta demasiado lejos”, consideraba él. Hasta que encontraron una entre un millón, aquella en la que fundarían su propia familia. El nombre les atrajo desde un primer momento: “Edificio Jardín”. “Un edificio en el centro y con jardín”, se dijeron. Las imágenes del folleto de propaganda del edificio no dejaban lugar a la menor duda: a los pies del mismo construirían un coqueto jardín que alegraría la entrada, le daría un toque de color y les ofrecería un pequeño lugar donde, años más tarde, sus retoños jugarían alegres junto con el resto de chiquillería del vecindario: el jardín del edén, les pareció.

Y el lugar les gustó, y el hogar les entusiasmó, y el jardín les enamoró. Firmaron la eterna condena con el banco que supone una infinita hipoteca y fijaron su residencia en tan bello paraje. Y se sentaron a esperar, a contemplar cómo lo que ahora era un simple erial se iría convirtiendo con el transcurrir del tiempo en un paraíso, en su jardín del edén.

Transcurrieron los meses, la vida pasaba plácida en el edificio Jardín, mas el jardín no llegaba; hasta que una bella mañana la maquinaria hizo acto de presencia y se iniciaron las tan deseadas obras: ya quedaba poco tiempo para poder disfrutar del bello huerto a la puerta de su casa. Contemplaron con alegría cuan profundos estaban siendo los hoyos, “menudas raíces para tan amplio hueco “, pensaron, “pues sí que van a ser grandes los árboles”, concluyeron. La ilusión creció en la joven pareja, pues iban a ser la envidia de la villa. Desde su balcón contemplarían todo un jardín.

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Y se sucedieron los días, y las obras avanzaron, y la ilusión se transmutó en gris decepción. Pues el césped de su tan ansiado jardín iba a ser ocupado por el oscuro adoquín que, aunque más práctico en su conservación, resultaba más áspero y duro en su contemplación. En los gigantescos agujeros tampoco engordarían frondosos árboles; pues el verde y ansiado arbolito, como por arte de magia, se había convertido en verde contenedor, el bello amarillo de las hojas en otoño, atacados por un raro conjuro, se había tornado en amarillo contenedor, y el azul del agua de las frescas fuentes, pasto de la brujería, en azul contenedor.

El jardín del edén no desprendía aromas a jazmín ni a romero en flor, el jardín del edén no sería un paraíso para la vista ni un disfrute para los sentidos. El jardín del edén exhalaba negros olores, desprendía horribles hedores, arrojaba feos aromas. La ilusión se trocó en rabia, la alegría en decepción, el jardín en estercolero.

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Y así fue, queridos amiguitos, cómo las ilusiones de nuestra feliz pareja se vinieron al traste, pues el prometido jardín del edén, tras un inesperado hechizo, se había transmutado en seis escuetos alcorques en los que residirían seis tristes arbolitos, que algún día serían frondosos, que algún día competirían con el vertedero que ahora dominaba majestuoso el lugar.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado, pues cuento fue lo que a nuestra feliz pareja un triste día les contaron. Aunque ellos, a pesar de todo, viven felices y se hinchan a perdices. Fin.

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