David Castro Fajardo

03 noviembre 2015

Tenemos un gran campeón en el pueblo; bueno, tenemos muchos campeones, pero hay uno que me toca más de cerca: David Castro. Sí, ese que tiene una piscina en La Roda puesta a su nombre. David es una persona campechana, simpática, agradable, buen hijo y mejor deportista, pero David, aunque no lo parezca, es humano y tiene cosas negativas, y una por encima de todas: es tonto.

Pues sí, David es lo que por estos lugares se denomina un “tontolaba”, pues, con la cantidad de deportes que hay por ahí para elegir va y escoge uno que no mueve grandes cantidades de dinero, en la que es difícil encontrar algún patrocinador, mucho más sacrificado que el baloncesto, infinitamente más duro que el fútbol, y con mucha diferencia, pero que no maneja el parné que manejan estos: el triatlón.

Si David hubiera elegido el negocio del balompié, ahora tendríamos al Iniesta de La Roda y estaría nadando en la abundancia, y no sudando en la piscina; y su padre, Claudio, estaría de gerente en las bodegas Castro, que le hubiera montado su hijo para tenerle entretenido entre faria y faria; además, no tendría que estar rebuscando patrocinios y echando mano de los ahorros para poder participar en las pruebas de la copa del mundo, como ocurre ahora, pues las empresas locales se matarían porque David luciera sus marcas en su trabajado torso.

Sí, porque para poder participar en una prueba de la Copa del Mundo no solo tienes que clasificarte, sino que, además, has de conseguir la guita necesaria para plantarte en la ciudad donde se celebra, pagarte el avión, el hotel, los desplazamientos… Y no estamos hablando de ir a la vuelta de la esquina, donde te puedes coger un vuelo low-cost por cuatro perras, no. Abu Dabi, Sudáfrica, Estados Unidos, Nueva Zelanda o Japón son algunos de los lugares donde se realizan estas pruebas y no están precisamente al pasar La Gineta.

A David ya le vimos debutar a principios de marzo en Abu Dabi y corrió su segunda serie mundial a finales de abril en Ciudad del Cabo. Vamos, una pasta. Una pasta porque para poder clasificarse para estas series tiene que conseguir puntos en otras pruebas menores, que también cuestan dinero, y los patrocinios en el deporte del triatlón al igual que los premios de las pruebas son exiguos.

Hay gente que ya coloca a David en las próximas olimpiadas, mimbres para ello tiene, pero además de la percha necesita el traje, vamos que don sin din no va a ningún sitio, quiero decir que sin empresas o instituciones que se lancen al rescate de deportistas como David es probable que los sueños al final sean eso, solo sueños.

Igual os estoy descubriendo algo nuevo y os estáis cayendo ahora mismo del guindo, pero en el mundo en el que vivimos el maldito dinero es lo primero. Está muy bien que la piscina de nuestro pueblo lleve su nombre, se lo merece, pero mucho más importante sería algún tipo de patrocinio.

Y lo más divertido de todo es que, cuando David llegue a lo más alto, que llegará, ahí estarán nuestros políticos, y no me refiero solo al ámbito local donde los presupuestos para este tipo de cosas son escasos y más vale gastarlo en la promoción del deporte de base, me refiero a los de más arriba, a los que elaboran los presupuestos de verdad, los que manejan los euros. Y ahí estarán para salir en la foto, para darle dos palmaditas en la espalda y si te he visto no me acuerdo.

Y aquí tenemos a nuestro David, pasando unos días de descanso activo en su pueblo, persona simpática donde las haya, buen chaval, comprometido con su deporte y con su pueblo, que nunca ha dejado de apoyar a su club de toda la vida, el Equipo de Triatlón Rodense, del que se siente orgulloso, como hemos podido ver y disfrutar este sábado en el duatlón local, al que se ha traído a compañeros suyos de la Blume para darle prestigio y que, por supuesto, ha ganado.

Aunque, pensándolo mejor, cuando alguien hace lo que realmente le gusta, cuando disfruta con su deporte, aunque no le reporte beneficio alguno, no es precisamente un tonto. El dinero no debería serlo todo. Y si no que me lo digan a mí, que escribo estas columnas semanales por amor al arte. Yo sí que soy un “tontolaba”.

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