La vida no es una ciencia exacta

  • La pesadilla se terminaba. El tumor que les desconcertó y descolocó una aciaga tarde de primavera, ahora comenzaba a parecer solo un maldito sueño, algo que había ocurrido hacía mucho tiempo atrás
27 octubre 2015

Conducían hacia Valencia con la esperanza de que esa fuera la última visita al oncólogo por un largo, largo periodo. La pesadilla se terminaba. Los dos eternos años de pruebas, análisis, quimioterapia y radioterapia empezaban a quedar atrás. El tumor que les desconcertó y descolocó una aciaga tarde de primavera, ahora comenzaba a parecer solo un maldito sueño, algo que había ocurrido hacía mucho tiempo atrás.

Aparcaron en el lugar acostumbrado. Camino del hospital recordaron aquella tarde en la consulta del cirujano, cuando la noticia les dejó helada el alma; ahora, camino del oncólogo, los rostros todavía mostraban algo de preocupación, pero la angustia había desaparecido y la luz al final del túnel se divisaba nítida.

La sala de espera resultaba ya demasiado familiar. El trato alegre y distendido de las enfermeras les hacía siempre olvidar por unos momentos dónde se encontraban, tampoco era la primera vez que coincidían con parte de los pacientes y familiares que ocupaban el resto de sillas de la sala. Pero algunos detalles les hacían regresar de nuevo a la realidad: el pañuelo en la cabeza de la vecina de asiento, la ausencia prematura de cabello de la joven que charlaba animada con su compañero…

El nombre de ella sonó fuerte de los labios de la enfermera, él miró automáticamente el reloj: pasaban diez minutos de la hora prevista. Accedieron a la consulta. Los análisis y radiografías que habían dejado al llegar en recepción estaban ahora siendo examinados por el doctor. El “buenas tardes” que lanzaron al aire quedó por un dilatado instante sin contestación, el silencio se alargaba más de lo deseable mientras que el oncólogo, ensimismado, terminaba de observar detenidamente en el negatoscopio una de las radiografías. El doctor, con un gesto, les invitó a tomar asiento. Obedecieron su orden y permanecieron quietos, sentados, observando, algo tensos, como el estudiante que espera un sobresaliente pero no seguro de sí mismo teme una nota peor. Dejó la radiografía en la mesa, rasgó el sobre de los análisis y los extrajo con parsimonia, repitiendo el mismo ritual de las últimas visitas, los ojeó. “Buenas tardes”, dijo por fin, “todo bien”, añadió unas décimas de segundo después. El alivio inundó sus rostros. Para ellos ese era su sobresaliente.

Pero el sobresaliente iba condicionado. Además de las obligadas y esperadas revisiones cada tres meses, una pastillita diaria durante cinco años iba a cambiar si cabe un poco más el rumbo de sus vidas: durante los cinco años de tratamiento y dos más de propina no podrían aumentar la familia. La opción de no tomar la pastillita era arriesgarse a una recaída. La respuesta fue obvia: pastillita al canto.

La tardanza en llegar el primero de sus hijos y las trabas que imponía el tratamiento, además de la edad, que empezaba a no perdonar, hicieron que sus ilusiones por ampliar la familia se desvanecieran esa misma tarde. La gran alegría había dado paso a una pequeña decepción. La resignación era la única respuesta posible. Pero el desencanto había que dejarlo ahora de lado, tocaba celebrarlo: estaba curada.

Regresaron hacia el coche con una sonrisa, nada que ver con lo acontecido meses atrás, cuando recién conocida la noticia transitaban desencajados por la calle Mayor de Albacete, en busca del mismo coche. La lucha y los sinsabores habían valido la pena.

Pero la vida no es una ciencia exacta, la suma de dos alegrías no tiene por qué ser una alegría mayor; en cambio, dos tristezas pueden dar lugar a una gran alegría. Eso les ocurrió a nuestros protagonistas: a pesar de todo, a pesar de las trabas y zancadillas, a pesar de los pesares, un par de años después llegaba el segundo de sus hijos; pero esa, esa es otra historia.

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