Aires de vendimia

  • Nunca había vendimiado, siempre se había mantenido virgen de tan bella tarea. Únicamente había visto vendimiar desde su bicicleta. Pero este año iba violentar su castidad, a romper su virtud, sería partícipe de tan admirable arte
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29 septiembre 2015

Le agradaban las tardes de finales de verano, ideales para disfrutar de largos paseos ciclistas por los alrededores de la villa: el calor empezaba a menguar y el aire golpeaba en su rostro algo más fresco, el pedaleo fluía ágil y el camino le resultaba más escueto que durante el árido verano. A su paso, las cuadrillas de vendimiadores se afanaban en ejecutar la espectacular danza de la vendimia, con preciosos movimientos acompasados, elaborando un arte ancestral, invariable con el paso de los años.

Hizo un pequeño alto para contemplar la representación, dio un largo trago de agua de su cantimplora, que ya empezaba a menguar el frescor inicial, y levantó la mano en señal de saludo. No se disgustó cuando ninguno de los actores se molestó en alzar la cabeza para dar respuesta a su desprendido gesto. Comprendió que no era falta de educación, más bien un afán desmedido por elaborar a la perfección la tarea encomendada, un ensimismamiento provocado por la concentración en su trabajo, similar al de un adolescente delante de su móvil. Continuó la marcha para así no distraer a los intérpretes.

Unos cuantos hilos más allá, el espectáculo dio un giro brusco a su argumento: una máquina de vendimiar rompía los relajantes sonidos del campo. Con abruptos cernidos violentaba a la indefensa parra, desgranando el racimo junto con alguna que otra pámpana. Nada que ver con la delicadeza de un ágil recolector de uva.

A lo largo de estos últimos veinticinco años, siempre como mero espectador, había sido testigo del cambio producido en la labor de la vendimia: los trabajadores autóctonos habían dado paso paulatinamente a los foráneos, los estudiantes que se ganaban unos cuartos antes de comenzar las clases habían sido reemplazados en gran parte por emigrantes en busca de un jornal con el cual subsistir unos días más. Estos, algún día, serían engullidos completamente por el ingenio que ahora demostraba su poder delante de sus ojos, sin exigir jornal ni horas de descanso, sin demandar un alto para almorzar ni ningún otro tipo de derecho.

Nunca había vendimiado, siempre se había mantenido virgen de tan bella tarea. Únicamente había visto vendimiar desde su bicicleta. Pero este año iba violentar su castidad, a romper su virtud, sería partícipe de tan admirable arte. Con la promesa de un pantagruélico almuerzo, un amigo le había invitado a ser un actor más en su pequeña viña y así disfrutar de la experiencia. Estaba ilusionado.

Siguió pedaleando, las piernas empezaban a estar fatigadas y el llano asemejaba cuesta. Unos kilómetros después, contempló cómo otro grupo realizaba la misma labor. Observó detenidamente a la cuadrilla, se vio dentro de ella, doblando el espinazo, cargando la espuerta, transportándola hasta el remolque. Esa visión y el propio cansancio del pedaleo le hizo ver la acción con otros ojos. De repente, algo cambió en su interior. La imagen le sugería ahora dureza, le parecía una labor fatigosa, la belleza que siempre había creído contemplar en la vendimia no le pareció ya tan hermosa. Recordó el ofrecimiento de su amigo y una amarga sensación invadió su estómago, un sudor frío inundó su rostro. Se detuvo a la vera de una encina algo aturdido y nervioso, respiró hondo, se repuso y buscó su teléfono móvil: “Perdono el beso por el coscorrón”, le wasapeó a su amigo, sumándole al texto dos caritas sonrientes y un dedo trazando una sutil peineta.

Seguiría siendo virgen, seguiría siendo casto, seguiría un año más sin practicar el bello arte de la vendimia.

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