El inventor del miguelito

  • Un señor de Socuéllamos dice que es el autor intelectual del miguelito de La Roda
12 mayo 2015

Pues no sale un payo en la Tribuna de Albacete reivindicando la creación del dulce local por antonomasia. Pues no dice el apócrifo que estuvo por la localidad a finales de los años setenta. Pues no asevera el gulusmero que se trajo el invento de Pamplona. Pues no afirma el novelesco que en un principio se le llamó al dulce “Miguel” en honor a un médico que los compraba de forma asidua. Pues el personaje se ha metido en un buen berenjenal al atacar a uno de los símbolos patrios.

Creo recordar que esta misma persona fue quien afirmó, hace ya un tiempo, que había acompañado en uno de sus viajes a Cristóbal Colón, que descubrió la penicilina en el moho de una magdalena abandonada y que fue también el negro que le escribió el Quijote a Cervantes ya que, como este era manco, le costaba una miaja el redactar.

Han tenido que salir a la palestra, concretamente en la tele local, Juan Fernández e Isidoro Collado, honorables confiteros locales, a desmentir ante la eficiente Mercedes tan ilegítima afirmación, demostrando, con argumentos cronológicos, la inverosimilitud de tal autoría en la creación de nuestro afamado Miguelito.

Lo que no han querido comentar los citados reposteros es quién fue el real creador de tan golosa ambrosía. No es que tengan prohibido mencionar su nombre, solo que se trata de una persona modesta a la par que humilde que pretende continuar en el anonimato.

Vamos, lo diré, no me puedo aguantar más: yo fui su inventor. La historia es bien sencilla: andaba yo trabajando de maestro pastelero en la confitería de Manolo Blanco cuando elaborando una empanada me encontré con que andaba falto de atún y tomate, le eché imaginación al tema y en un alarde de ingenio ordeñé un “suso” que se encontraba por las cercanías, la crema obtenida la introduje suavemente en la masa de hojaldre que a la sazón tenía preparada para confeccionar la ya citada empanada. He de decir que en aquellos días el azúcar glas no estaba muy extendido y no tuve más remedio que echarle por la superficie un poco de tierra blanca, que era lo que tenía más a mano y también para hacerlo un poco más local, lo que provocó que los primeros miguelitos resultaran algo pesados a la hora de la digestión. Así de real y sencillo. ¿Que tampoco cuadran las fechas, que entonces yo tenía unos diez años, que le he echado demasiada imaginación?

Y no solo eso, también he de afirmar con rotundidad que inventé la ya citada tierra blanca, levanté la primera fábrica de pintura local, fui la primera persona de la que salió por sus labios el “pos ea” y construí con mis propias manos la iglesia de El Salvador. Sí, soy yo ese que redactó en uno de sus pilares la leyenda “A 21 de julio de 1564 se acavaron los arcos de cerrar”. Y perdón por la falta de ortografía pero en aquellos días no se había inventado el típex (del que también soy padre), y cambiar la columna resulaba un poquito caro.

Que sí, que fui yo. Yo lo suelto, y si cuela, cuela.

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