Cono de tráfico

  • Ya son más de seis meses los que han transcurrido desde que me colocaron junto con otros compañeros a lo largo de una fachada en ruinas de la calle Alfredo Atienza
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28 abril 2015

No quiero pecar de falsa modestia, por eso he de afirmar rotundamente que soy una persona valiente y amante del peligro, pues he elegido una profesión vocacional con un riesgo infinito para la que se necesita una valentía enorme rayana muchas veces en la imprudencia y la temeridad. A mi padre, ya que me iba a dedicar a algo peligroso, le hubiera gusta mucho más que fuera torero, que tiene más arte y es más lucrativo, o militar, pues cuentan que el uniforme sienta muy bien, pero yo siempre he sido muy cabezón y desde bien pequeñito he querido ser cono de tráfico.

Según mis cálculos, ya son más de seis meses los que han transcurrido desde que me colocaron junto con otros compañeros a lo largo de una fachada en ruinas de la calle Alfredo Atienza, a la altura del número 25, acompañando a unas deslucidas vallas metálicas. Yo no he sido mucho de quejarme, sé en qué consiste mi trabajo, pero son ya más de ciento ochenta días los que malvivimos a la orilla de una de las arterias más concurridas de la localidad, y no exageraría si dijera que la que más. ¿Es tolerable que se someta a tan vil tortura a un inocente cono? A lo largo del día son cientos los vehículos que circulan por dicho lugar, y a la vista de nuestro aspecto actual podéis deducir que han sido muchos los vehículos que nos han golpeado impunemente, pues ninguna ley ampara nuestra integridad física.

Nuestro trabajo siempre ha sido y debe ser temporal: un día estamos en una autopista protegiendo a aquellos que están haciendo labores de mantenimiento, otro día formamos entre muchos un carril reversible, otro servimos de señalización a una carrera popular; pero siempre nuestro trabajo ha sido con vocación de provisionalidad. Es cierto que de vez en cuando hacemos de temporales aceras, dando una falsa sensación de seguridad a los viandantes que transitan por el lugar, pero más de seis meses en el mismo sitio realizando este trabajo no es lo habitual.

Ignoro el motivo por el cual llevamos ya tanto tiempo en este lugar. No sé si es cosa del ayuntamiento, de los dueños de la casa junto a la que estamos o de los responsables del servicio provincial de Patrimonio, pero ya no aguanto más. Esta misma mañana han sido tres los coches que me han golpeado y uno de mis compañeros ha sido vilmente atropellado, sin que el imprudente se haya parado a preguntar por su estado de salud. Indignante.

Una mujer que transitaba por la improvisada acera se ha tropezado al bajar a la calzada, con el fin de sortear las vallas que flanquean el edificio. Ha soltado un exabrupto, y con razón. Ha dicho que a ver por qué no tiran ya el edificio, que no es más que una casa vieja. No sé si la mujer tendrá razón o no, ya que desconozco si la fachada tiene algún valor histórico o carece de él, pero lo que no puede ser es que me tengan aquí ya tanto tiempo en estas condiciones. Que yo fui hecho para estar en un lugar por unos momentos, en ocasiones algún que otro día, pero no para permanecer meses y meses. Que aunque soy amante del peligro, no me gusta ser un suicida.

Y parece que esto va para largo, tendré que armarme de paciencia, solo espero que no tengamos que lamentar ninguna desgracia, y no me refiero precisamente a mi persona, que ya está bastante perjudicada, sino a los viandantes que tienen que circular por la calzada al estar la acera invadida por mis amigas las vallas. Que “haiga” suerte, como diría la hasta ahora concejala de Cultura del Ayuntamiento de mi querida Valencia, esa que en su nota de despedida ha batido el récord mundial de faltas de ortografía.
Para terminar solo les pido un favor: cuando pasen por mi lado tengan prudencia y hagan como el simpático de Fernando Alonso últimamente: circulen bien despacio. Gracias de antemano.

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