Ya pesa menos la cruz…

  • Reflexión sobre las victorias de La Roda CF y el Albacete Balompié en sus respectivos partidos
30 marzo 2015

Empezamos esta semana de Pasión reconfortados con el amago de resurrección de nuestros equipos, penitentes ellos y nosotros, molidos los hombros de llevar tanta cruz acuestas.

En la víspera del domingo de ramos revivimos en Pucela episodios pasados y gloriosos, cuando nos disputábamos un sitio en el más alto escalafón del fútbol patrio. Qué tiempos: Fonseca, Eusebio, Valderrama, Higuita, Gabi Moya… y enfrente los nuestros: Zalazar, Coco, Catali, Parada, Antonio…, menos “el cabeza” los demás de casa, se habrán percatado ustedes.

La cantera prolífica de aquel Albacete Balompié, cuyo valor más cotizado ahora mismo es un chaval de Belmonte, espigado y lo suficientemente descarado como para tener un hueco en nuestra esperanza de fútbol y de cuartos, que palíen las miserias que nos acucian. Se llama Samu y cuando la cogió en el medio campo se estremeció Zorrilla de puro canguelo, verticalmente decidido, veloz, torero en el trincherazo y letal en el embroque, lástima para mayor gloria suya, que hiciera falta el verduguillo de Portu, que fue quien terminó con el morlaco de enfrente. Cincuenta segundos habían pasado.

El Albacete de Luis César no sabe especular con el resultado y me parece muy bien por mucho que tal actitud tenga poco que ver con el pragmatismo necesario en quien necesita los puntos con tanta urgencia. El romanticismo también tiene cabida en nuestras miserias. Antes muerto que cagao de miedo. Así que el Alba siguió a lo suyo, a tener la pelota y a disparar las balas del susodicho, por la izquierda, y de Keko, por la derecha. Con el aturdimiento general instalado en las gradas y en el césped, los de casa eran incapaces de reorganizarse, o por lo menos tardaron un buen rato. Cuando se repusieron del golpe, se encontraron con un rival serio, concentrado en no bajar la guardia ni un milímetro y dispuesto a buscarles el mentón al mínimo descuido.

Así, de esa guisa, transcurrieron los minutos, entre el temor y la ilusión de una conquista no imaginada hace unas cuantas semanas. Echar al dragón de la cueva y rescatar a la princesa cautiva, en sus mismísimas fauces. Al final, hasta con uno menos, demostraron que al Albacete hay que guardarle el bulto independientemente de las diferencias de los números. Tres puntos que saben a gloria bendita.

Victoria de La Roda ante el Cacereño

Después de la procesión de las palmas y con el sol en todo lo alto, a las cuatro de antes que son las cinco de ahora, el Municipal albergó otro de esos duelos revestidos de drama deportivo, que es una acepción muchísimo menos grave de un término puesto de manifiesto en el minuto de silencio y dolor por las pobres víctimas que se quedaron esparcidas por los Alpes.

A partir de ahí entramos en un partido feo, de continuas imprecisiones, con los nervios a flor de piel en rodenses y cacereños. Para los de casa la victoria se antojaba objetivo irrenunciable para evitar la dolorosa corona de espinas de quien se ve abajo del todo, para los extremeños, no perder suponía mantener las distancias y coger una bocanada de aire, agobiados también por las consecuencias de un cambio de rumbo que les ha conducido a la zona caliente, preludio del infierno, disculpen otra vez la carga dramática.

El caso es que, por unas cosas o por otras, allí nadie era capaz de ponerle el cascabel a un balón maltratado inmisericordemente, que transitaba la mayor parte de las veces sin destino cierto y surcando el cielo telarañoso de la tarde primaveral, cuando todos ustedes saben que el lugar apropiado a tal efecto es la hierba, que para eso se puso y se riega todos los días, con lo cara que está el agua… Menos mal que, en medio del desierto del partido, encontramos el oasis de un pase entre líneas, creo que de Adrien Goñi, que encontró a un Dani López clarividente delante del espigado portero vestido de amarillo, de manera que lo dejó tirado por el suelo y la metió con asombrosa maestría.

Quedaba mucho, pero nos lo podríamos haber ahorrado. Unos porque no querían perder lo que tenían y los otros porque eran incapaces de reconquistar lo suyo, siguieron enzarzados en una maraña de despropósitos, avanzando sin remisión hacia un final que nos despenara, a los aficionados digo, de tanto sufrimiento. Cuando pitó el árbitro, también muy malo, como casi todos, nos marchamos a casa con la satisfacción de la victoria, dando por bien empleado el esguince de mandíbula que nos produjo tanto bostezo.

Perdonamos el beso por el coscorrón, otra vez. Ya vendrán otros tiempos más generosos con la estética. Ahora toca ganar, como sea.

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