De ciudad

  • Yo en mi vida he visto una matanza ni he tenido un garito ni he circulado con la bici por Valencia de chiquillo y mucho menos he vendimiado
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10 marzo 2015

Una sensación extraña me ha provocado el artículo del Niño Burbuja El chiquillo y la matanza, pero ha sido solo la gota que ha colmado el vaso. Otros de sus artículos como Memorias de garito, La bici o Vendimiar con amo, entre muchos, me han transportado a un mundo totalmente desconocido para mí pero habitual entre los rodenses.

Ahora que estoy llegando a ese momento de mi vida en el cual ya he residido el mismo tiempo en Valencia que en La Roda podría llegar a decir que soy tan valenciano como rodense, pero los recuerdos que se plasman en los artículos de mi compañero del Crónica me hacen pensar que nunca será así. La infancia marca mucho, demasiado, y a mí mi tierra me sigue tirando. Cuando llegué a La Roda lo primero que hice fue abonarme a Teleroda, pero no para ver las noticias locales sino con la única intención de sintonizar Canal 9. Ahora, por culpa de la desaparición de este canal, mi conexión con mi tierra se ha roto un poco.

Yo en mi vida he visto una matanza ni he tenido un garito ni he circulado con la bici por Valencia de chiquillo y mucho menos he vendimiado. Esto último, por lo que me cuentan, podría ser incluso una bendición. Mi madre, desde siempre, me enviaba a comprar al supermercado de enfrente de casa, el que sigue haciendo chaflán con las calles Martín el Humano y Calixto III, que entonces se llamaba Superette, para años después denominarse Mercadona, y ser uno de los primeros que existieron en Valencia y, por ende, en toda España. Entonces el gorrino todavía no venía envasado al vacío, los cascos de las botellas de vidrio te los cambiaban por un duro y el plástico no había sustituido todavía a la bolsa de la compra. En el barrio también había tenderos, pero yo era más de súper donde me sentía más libre, me molestaba que se me colaran las señoras en la tienda con la excusa de que tenían más prisa que yo. Como si un niño nunca tuviera nada que hacer.

Cuando el Niño Burbuja lanza estos artículos al ciberespacio, la gente empieza a comentar por las redes sociales sus recuerdos, vivencias de pueblo que yo intento rebuscar en mi cabeza pero que no encuentro, porque nunca han existido. Mi abuelo materno era de Marta, mi conexión primigenia con este pueblo, y mientras que él vivió veníamos a la pedanía alguna que otra vez en verano. Mi abuelo murió cuando yo tenía ocho años. Mis recuerdos de Santa Marta son las gallinas sueltas, las calles de tierra, salir a cagar al corral y echar el agua de un cubo, y la tienda de mi tío Alberto, ah, y la cama donde dormíamos en casa de mi tía Jacoba, un colchón que se hundía con mi peso, que me recogía y abrigaba de lo mullido que era.

Pero eso no quiere decir que no tenga recuerdos, pero recuerdos de ciudad, recuerdos de intentar jugar al balón en las calles menos transitadas, apartándonos cada vez que pasaba un coche, de coger el petardo con la mano, durante las fallas, a ver quién aguantaba más antes de que explotara y tirarlo al suelo, de adentrarme hacia el centro, con los amigos, desoyendo a los mayores, de ver una sesión triple en el cine Savoy o el Aliatar, los cines del barrio, antes de que la llegada del vídeo los transformara en una pizzería y un bingo, de subir por primera vez al diecisiete, el autobús que paraba en la puerta de mi casa, o de ver a una mujer ensangrentada, recién atropellada, por intentar cruzar por donde no debía. Aunque nuestra verdadera calle era el patio del colegio, donde sí que podíamos jugar y correr sin peligro, menos cuando se me cayó la portería en la cabeza y acabé conmocionado en el ambulatorio de al lado del colegio con tres puntos de sutura y una cicatriz con la que presumir en el patio.

Llegada ya a esta edad no creo que asista a una matanza. Para mí el gorrino viene ya en forma de jamón y cortado en lonchitas finas, que ya le he enseñado a Jesús, el del Arca de Noé, cómo me lo tiene que cortar, y el asistir al despiece del animal, pues no va mucho conmigo. Igual porque soy de ciudad.

Con el tiempo La Roda se va pareciendo cada vez más a mi Valencia natal: el Mercadona, el tráfico, los jóvenes ya no vendimian, las matanzas escasean, se ven menos críos circulando en bicicleta. Aunque en lo que más se parecen ambos lugares, lo que realmente me hace sentir como si estuviera en mi tierra, es que aquí también llevan siglos gobernando los mismos.

Y si alguno está tentado en invitarme a vendimiar para que me sienta más de La Roda que se abstenga. Uno quiere integrarse en el pueblo, sentirse rodense, pero tanto tanto…

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