Seguimos ahí abajo

  • Reflexión sobre la derrota en el último segundo de La Roda en Marbella y el empate del Alba en Soria
Foto: Marbella FC
23 febrero 2015

Se resiste, pero llegará. Llegará un lunes de plena satisfacción futbolera. Lo presiento. Lo necesito. Los que somos incondicionales de equipos menores, no pequeños, merecemos un desagravio a tanta decepción. Con lo fácil que nos hubiera sido hacernos de uno grande, de los que ganan casi todas las semanas… Bien pensado, bueno estamos así. En nuestra pobreza, con nuestras estrecheces de cuartos y de puntos, con nuestras decepciones rumiadas y malamente digeridas. Algún día nos daremos el atracón, ya lo verán.

Empezamos el frío domingo de Febrero calentitos en el sillón de casa, mantel blanco rubia cerveza, transistor de los de toda la vida. Desde la glamurosa Marbella nos iban contando cómo La Roda C.F. era capaz de contener la embestida de un rival al que arropaban unos pocos cientos nada más, que levantarse a las doce por allí es pegarse un madrugón y no estaba la parroquia por la labor.

El partido era un intercambio, iba a decir de golpes, pero lo vamos a dejar en amagos porque dar, lo que se dice dar, no daba ninguno. A los rojillos no les importaba el incruento intercambio. Ya llegaría el momento de asestar el golpe; sin prisa, sin acaloramientos. Poco a poco.

Cuando los entrenadores preparan un partido durante la semana, emplean mucho tiempo en ensayar la estrategia organizando las piezas para que se muevan con acierto sobre el tablero verde. Le prestan mucha atención, naturalmente, a la cuestión física. Ya saben que si no carbura el motor no fluyen luego las ideas y hay que estar fuertes como un toro y rápidos como una centella. No estamos tan seguros si se paran en cuestiones psicológicas, tan importantes como las otras. Al fútbol ganan casi siempre los mejor dotados técnicamente, los que mejor cuidad su condición física… Y los más listos. Los que tienen mayor capacidad de concentración.

No se vayan a confundir porque no estoy poniendo a nadie en el centro de la diana. Me da igual. Ayer fue Héctor y otros días han sido otros. Y me dicen que la primera tarjeta fue de las de decirle algo al árbitro, algo recio. Es que hay que contar con eso. Los árbitros suelen ser muy malos, salvo excepciones. La cuestión es que nos quedamos con uno menos y el intercambio de golpes se redujo a una defensa cerrada sin demasiadas expectativas de alcanzar el mentón del contrario. Con la mesa puesta llegamos a las dos menos cuarto pasadas. No perdíamos y estábamos en tiempo añadido. Un empate estaba bien, muy bien, dadas las circunstancias.

Y miren por dónde, triste sino el nuestro, cuando empezábamos a celebrarlo llega el primo lejano de Kiko, nos mete el berrinche y nos quita las ganas de paella. Como más jode, sin tiempo para sacar de centro prácticamente. Mecagüen la mar.

El Alba empata en Soria

A pesar de las horas transcurridas, cuando nos transportamos a Soria sin movernos del sillón, todavía nos duraban los retortijones y buscábamos en el páramo castellano las sales de fruta. Si en Marbella eran pocos, en Los Pajaritos no se vayan a creer. Eso sí, por diferentes motivos. Jugar a las nueve de la noche en pleno invierno soriano y con un partido del Real Madrid –sí ese equipo del que sois la mayoría, acomodados- en la tele, es como para convertir en gesta la mera presencia en el lugar de los hechos.
Lo que más nos llamó la atención cuando la tele nos devolvió la primera imagen fue, además de unas gradas vacías, un pasto amarillento más propio de la tundra siberiana; cuando empezó a rodar el balón, más de uno apostó por el empate a cero, firmándolo además.

Con ese panorama y con un equipo aguerrido enfrente, perdone señor Anquela, había que tirar de oficio y de inteligencia, que viene a ser lo mismo ahora que lo pienso. ¿Se acuerdan de los que les decía antes? El fútbol es para listos. Al Albacete Balompié le costó entenderlo. Al ratillo de empezar va Gonzalo y le pega un empujón a un adversario sin venir a cuento. Falta lateral y primera vez que nos los ponen en la garganta. Poco después llega Dorronsoro y sale a por uvas, de manera que centran y rematan y la sacamos ¿de dentro? Por Dios, que alguien ponga un poquito de sosiego, imploramos en la soledad de nuestro sillón. Los demás estabais viendo al Madrid.

Nos hicieron caso los muchachos de Luis César. Sin reponernos del susto, llegó Keko y le dio un balón a Portu para poner de manifiesto la velocidad de los centrales suyos y el acierto nuestro, deficiente en ambos casos, pero suficiente para mostrar el camino del sufrimiento y el gozo.

A Portu le siguieron Moutinho, el propio Keko, Chumbi… todos empeñados en mover el árbol. El problema para el que lo estábamos viendo por la tele y llevábamos el miedo metido en el cuerpo desde que empezó el domingo, era que cuando atacaban ellos no terminábamos de fiarnos de nosotros. Llevamos mucho pasado, que diría mi amigo Javi. Bueno, el tema es que las tuvimos y no las metimos. Ellos tampoco.

Nada más salir tras el descanso, imaginamos que en la caseta les darían un carajillo quemado, los que vestían de blanco salieron como motos y los de rojo, se debieron tomar un yogur, más blandos que un higo, tal que se produjo una especie de pim, pam, pum, contra la portería de Biel Ribas, en busca del gol que parecía imposible; paradón del portero, balón al palo, hasta que llegó Moutinho y la metió por donde casi no cabía.

A partir de ahí, cuando mejor se nos había puesto la cosa, llegamos otra vez y, como en Gijón, cedimos el mando y nos echamos atrás, proponiendo que se jugara en el área donde tenemos más peligro: la nuestra. Así que nos empezaron a llegar, por la izquierda suya fundamentalmente y en una de esas centró un tal Vicente y llegó Sergi Enrich, media hora antes que Gonzalo, para poner el empate en el marcador. Apretaron ellos y fuimos nosotros los que defendimos el sitio de Numancia.

Al final, empate justo que alivió la angustia y puso una pizca de árnica sobre la herida abierta que tenemos desde que empezó esto. Nuestro destino es el sufrimiento y lo aceptamos. El día que sanemos, seremos felices. Muy felices.

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