Memorias de garito

  • De juntarse en Nochebuena y eso o más pedante: del cofre que guarda la magia de las Navidades de pueblo
Foto: prades91
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23 diciembre 2013

Con la decepción de la verdad de los Reyes Magos el cuerpo de infantería se abre a otras ilusiones y a otra Navidad, menos algodonosa y más adulta. Llega ese recreo de finales de noviembre, principios de diciembre, en el que alguien lo deja caer: ¿Y si nos juntamos en Nochebuena? Su hermano lleva varios años haciéndolo, y si no es su hermano conoce a algún mayor que se junta en Nochebuena.

Juntarse en Nochebuena adquiere entonces la importancia que tendrán después la primera novia, el primer campamento, los primeros fines de semana de discoteca. El salto es sideral: de creer que los camellos de los Reyes se comieron el pienso que se les puso en el porche, a juntarse con los amigos de madrugada, sin tutela paternal, solos, como mayores.

Madurada la idea en unos pocos recreos más, convencidos casi todos de que sí, que hay que juntarse esta Nochebuena, alguien ofrece su cocinilla, aunque primero tendrá que preguntar en casa. Como todos: Que si me puedo juntar en Nochebuena, mama. Ea, si es en la cocinilla de Perengano. Ya hablaré yo con la madre de Perengano.

Y ya desde ese momento la Navidad es juntarse en Nochebuena (y Nochevieja) y luego todo lo demás: vacaciones, sí, y Reyes, que siguen habiendo, mazapanes, Los Goonies y Parque Jurásico, Martes y Trece, pero el acontecimiento de las fiestas, y del año, es juntarse en Nochebuena.

La cuenta atrás se hace larga y se entretiene inflando hasta el delirio las expectativas y las ilusiones y la lista de la compra. Sean 300 o 400 pesetas siempre le parecerá mucho a papa, aunque le expliquemos que hay que comprar de comer también, que la noche es muy larga y luego entra hambre. Sean cuatro o cinco botellas de Coca-Cola siempre serán pocas, pocas las patatas, pocos los vasos, que yo me bebo por lo menos, pues eso.

El día de ir al Merkal se acaricia la cosa con los dedos. Dónde hay tíos más felices que estos que van empujándole al carrito con sus cocacolas, sus fantas, sus gusanitos rojos, sus rufles y su papel de salchichón, detalle este último que les hace sentirse medio padres. Ya fuera del supermercado el que parecía más serio hace así y se saca de debajo de la cazadora un paquete de Tokes, el cabrón. Admiración del resto, creciente cuando el pieza reparte el botín. El pieza es valiente y generoso.

Petardos chinos

24D, la cena ya vencida, sin Papa Noel que esperar (el trineo tirado por renos no estaba preparado para carreteras secundarias, lo más que se acercaba era a Madrid capital), la ilusión andante se marcha a la cocinilla de Perengano sin más maldad que una traquilla de petardos y un mechero escondidos en el bolsillo de dentro de la trenca. En tres, cuatro años, la traquilla de petardos chinos será un paquete de Fortuna; de momento no, tranquilos.

En la cocinilla de Perengano, goteo de ilusiones que, ceremoniosas, se estrechan la mano para desearse Feliz Navidad como si estuvieran en un cóctel de empresa, y rápido a la cocacola o a la fanta, no sea que se vaya a pasar el empancinamiento de la cena, el radiocasete sonando a un volumen prudencial, Ha dicho mi madre que si armamos ruido no nos podemos juntar en Nochevieja, una patatilla, un gusanito rojo, el salchichón en el papel, de donde no saldrá en toda la noche, y al rato de intentar ser mayores y ver que la cosa no coge vuelo alguien le pide a Perengano que saque el Pictionary, quita la música que no oímos, y entre el Pictionary y jugar a las películas, Mira ese, sa dormío, y a las cuatro todos acurrucados como pollos en el sofá, ahuecados en la trenca para formar una burbuja de calor, Yo me voy, se atreve a decir uno, anteponiendo la urgencia de sus necesidades físicas (cama y calor) al prestigio de la hombría, y ya sin la vergüenza de haber sido el primero otro dice Yo también, Y yo, Y yo, y todos piensan en la suerte que tiene Perengano, que nada más tiene que cruzar dos puertas para llegar a su cama. Mañana a las siete para apurar y limpiar, y sirva casi todo lo escrito para la Nochevieja.

Pasan los cursos y las Nochebuenas y no pasa una en la que no te vayas a juntar (las amenazas paternas por malas notas nunca se ejecutan), que no hay Nochebuena sin garito: atrás quedó la cocinilla de los primerizos, que cuando el radiocasete se convierte en equipo de música y las paredes de la cochera o de la casa vieja de la abuela se forran con bolsas de basura se le llama “garito” con sus seis letras y todo el orgullo del mundo. Mi garito. El garito de Fulano y estos; el garito de Mengano y estos, todos con su prestigio o su miseria. Que tu garito fuera cojonudo y admirado te hacía andar a una cuarta del suelo.

Ponche con chole*

Un año de estos de paredes pantone negro brillante bolsa de basura alguien decide que ya somos mayores para comprar algunas botellas, que van a ser una de Ponche Caballero y otra de Licor 43, por lo que hay que echar también chole de chocolate y zumo de piña. Y esconder bien las botellas, que como las encuentre mi madre aquí no nos juntamos. Anda que como se entere la mía. Ya, la mía dice que por qué hemos puesto tanto este año, que si es que hemos comprado algo de alcohol.

Así, a algunos se les junta el destete de Oliver y Benji con los primeros escarceos alcohólicos, Está buenismo el Ponche con chole, probarlo, y el 43 con zumo de piña, ¡cojonudo!, euforia y mentiras, porque te están mejor el chole y el zumo solos que con ponche o con 43 pero, qué cojones, somos mayores. Por delante quedan meses, años, hasta que el paladar infante se hace de verdad al amargor y la dureza de las bebidas espirituosas, que ya no son el Ponche Caballero ni el Licor 43, de eso si acaso echamos una botella de cada para cuando vengan las crías, ahora ya estamos en un escalón superior: el del whisky, la ginebra y el vodka. (Para cuando los más avanzados ya son capaces de distinguir un whisky irlandés de uno escocés, los de Las Monjas se han atrevido a comprar dos botellas de sidra).

Ahora al garito se llega con ansia, como si a la una de la mañana pareciese que las siete o las ocho se fueran a hacer enseguida y faltara tiempo para soplar, desfasar con los amigos y tirarle a las chicas y tener tiempo para disfrutar del amor, si es que la cosa saliera bien, que no suele. Así, con una hinchazón de pollo cebado tras el obligatorio atracón nochebuenero, la infantería se tira a las botellas, al canuto de vasos de plástico y a los hielos como si diez minutos antes hubiera cruzado el Sáhara andando. Los primeros cubalibres se beben con frenesí mientras uno pone todo de su parte para que la noche resulte inolvidable, que para eso es Nochebuena: si hay que bailar ya, se baila ya. Luego llegarán los bailes de verdad, los más creativos y arriesgados, los que salen sin forzar, desde muy dentro, y entonces se produce el milagro: sudar en una madrugada de diciembre como en una sobremesa de agosto.

El sudor, el tabaco, la mierda que se pega a lo que apenas roce cualquier rincón del garito, los cubalibres que te echan (echas) encima, la topera de la chimenea que no tira… Tanta colonia antes de salir pa qué. Medio podían valer para engañarse estas excusas higiénico-sanitarias, Cómo iba a caer la Mengana si huelo a cuco, si voy hecho una mierda, se podía medio consolar uno cuando a las seis, acurrucado en el sofá frente a la chimenea, hueco el plumas, ya había entregado las armas, vencida una Nochebuena más de gota e infaustos resultados amorosos. No follamos na, suelta una mente al ralentí pero lúcida en la agonía de la madrugada, Pero na de na, viene a confirmar otro, todos melancólicos y pensativos, rebobinando otra oportunidad perdida (si no es en Nochebuena, ¿cuándo va a ser?), suplicando poder teletransportarse desde el sofá del garito a su cama sin tener que pasar por el escalofriante trance de la calle a bajo cero, murmullos apagados, estampa de velatorio al alba del 25D, cuando se oyen voces desde la puerta, euforia y cubalitros con hielos como habichuelillas, vuelven ahora estos de por ahí, de otros garitos o a lo mejor de la Ainoa o de la Voltereta, envalentonados por saberse más tíos que las viejas que velan a la lumbre ahuecadas en sus plumas, como en aquellas primeras nochebuenas de Pictionary.

¡Vamos a almorzar, vamos a asar los chorizos! ¡Unos choricetes asaos y vodka con naranja!, así a voces, como en el patio de un cuartel lleno de quintos, y ellos a llenar la parrilla de chorizos, aunque vayan a ser solo ellos dos los que coman, es difícil echar cálculos del hambre que se tiene en esos momentos, tiende a infinito, dirían, así que todo lo que quepa en la parrilla, y ¡brooooom!, un estruendo que hace puncha-puncha y que son como martillazos para los del sofá, ¡Apaga la música, hostia!, un segundo intento más amable, ¡Bájale a la música, hostia!, ¡A dormir a vuestra puta casa!, y con Ecuador de fondo, a lo mejor ahora a un volumen más razonable, bocadillo de chorizos crudos por un lado y negros por el otro, que ya el vodka saca la media y los deja al punto.

En algún momento de ese crudo amanecer alguien echará de menos a alguien: ¿Y Perenganito? Se habrá acostao, Estará por ahí, Se quedó en el garito de Zutanito… Lo han visto con Perengana, da uno la pista definitiva, que quedará confirmada la tarde del 25, cuando vuelvan para limpiar, porque que haya pasado y no contarlo es como si no hubiera pasado.

A lo mejor por eso nos contamos tantas veces tantas Nochebuenas en las que no pasó nada, la mayoría, y guardamos como oro en paño las historias de madrugadas de frenesí y derrota, de agonía en el amanecer frente a la lumbre o de euforia a la luz del día en la puerta de la discoteca, las dos ilusiones que nos quedaron cuando murió la de los Reyes, Nochebuena y Nochevieja, y nuestros garitos, los cofres del tesoro que guardaba la magia de una Navidad de pueblo y que los que no tienen pueblo nunca conocieron. O vamos a comparar una noche de garito con un cotillón sacacuartos de esos, que encima te tienes que arreglar y to.

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* Nadie nos lo prohibió expresamente, pero sabíamos que no teníamos que decir ‘batido’ de chocolate si no queríamos ser vistos como unos auténticos gilipollas de ciudad, así que siempre ‘chole’ y sin hacer preguntas.
 
 
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