“Que el diccionario detenga las balas, que los que matan, se mueran de miedo”

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03 noviembre 2008

Un estudiante de 2º de Periodismo de la Universidad de Navarra relata a CRÓNICA DE LA RODA cómo vivió el atentado de ETA de la semana pasada

A veces ocurren cosas en la vida de uno que cuestan de asimilar. Es difí­cil recordar todos los detalles de lo que esta mañana ha sucedido, a eso de las 11:00 de la mañana. No puedo acordarme de todo, ya que mi estado de nervios y la tensión del momento me hací­a delirar, o al menos, pensar más despacio.

Fuerte explosión. Viene de arriba. ¿Qué será? Algunos salen sin pensarlo. Yo cojo a mi hermana e intento no dramatizar lo más mí­nimo. Salimos rápido del edificio, atravesando una importante cantidad de cristales rotos, mobiliario corrido de sitio y ordenadores estrellados contra el suelo. De ese momento sólo recuerdo los lloros de algunos poco que habí­an salido conmigo y que ni siquiera sabí­an qué habí­a pasado. El ruido de la explosión marca un silencio sepulcral durante la hora y media posterior. Silencio sólo puesto en duda por las sirenas de las numerosas ambulancias, los coches de la policí­a y los camiones de bomberos. También la resignación de los que llaman sin éxito a sus amigos y familiares al producirse un colapso de la red de telefoní­a movil.

Salgo al exterior y la gente mira hacia el fuego como quien contempla una pelí­cula de ficción. Parece una notí­cia de informativos, pero en directo,y precisamente ahí­ he podido encontrar a un cámara que graba sin temor a una posible segunda explosión a la que todos los allí­ presentes hací­an un hueco en su pensamiento.

Dejo a mi hermana en buenas manos, pero con el estado de nerviosismo que es de suponer. El coche en llamas confirmó las sospechas de muchos de los allí­ presentes. Atentado.

Decido volver al interior del edificio a recoger portátil, apuntes, y a comprobar los destrozos de la explosión de manera más detenida. Me encuentro con todos los cristales por el suelo y personas que todaví­a estaban saliendo. Una mujer lleva sangre en la frente pero dice que está perfectamente. Cojo mis atuendos y salgo corriendo del edificio(sólo ahí­ fui consciente de la peligrosidad de permanecer en un sitio en el que los cristales todaví­a amenazaban con caerse). Un tipo de unos 23 años está todaví­a dentro y dice textualemnte “ostia, que petardazo más fuerte”, y le invito a salir conmigo. Salimos los 2 y en ese momento me reencuentro con mi hermana, con la que salgo de la masa hacia el barrio de Iturrama. Barrio hacia el que la policí­a desplazaba por obligación a los estudiantes y profesores en un estado de tensión poco fácil de imaginar.

Todo esto entre rumores de posibles muertes, de sangre en la pared producida por los cortes que algunas personas sufireron como consecuencia de la rotura de cristales, y de enorme preocupación por la imposibilidad de llamar a cualquiera de los compañeros que podí­a encontrarse en el lugar del suceso a la hora del siniestro.También con la rabia de no poder comunicarme con mis amigos y familiares de Valencia, de los que recibí­a llamadas perdidas en mensajes de texto.

Y todo esto porque unos tipos deciden ponerle a la vida un valor. Porque intercambian la vida de unas personas como medio de presión a otras. Porque la cobardí­a de unos pocos puede arruinar a la de muchos. Porque no tienen ni la dignidad de enfrentarse a personas del mismo tipo y atentan contra los más débiles, y, ni mucho menos actúan en igualdad de condiciones. Son despreciables y lo mejor que podemos hacer es…simplemente seguir. Que esto no afecte a nuestra rutina. Mañana, chavales, voy a desayunar a las 9 y voy a volver a esa biblioteca si me dejan. Que el miedo no nos haga esclavos de estos pseudoinntelectualoides asesinos.

Bernabé Sánchez-Minguet Genova
Estudiante de 2º de Periodismo de la Universidad de Navarra

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