Sociedad conforme

28 agosto 2007

Toda sociedad es el reflejo de su propia historia. En España, uno de los males que siempre nos ha perseguido es el conformismo. A diferencia de Francia, aquí­ nunca hemos vivido una revolución. Los sindicatos nunca han tenido un peso relevante en el sistema. La implicación en polí­tica de los españoles ha sido prácticamente nula. Y si salvamos estos últimos treinta años, la única experiencia realmente democrática en nuestro paí­s sólo nos duró apenas un lustro. El mismo tiempo que tardaron las clases conservadoras en volver a instalar el orden. Y en cuatro décadas, casi nadie hizo nada por impedirlo.

Dicen los que lo vivieron que fue un periodo de miedo, que seguí­a presente el fantasma de la guerra. Pero lo cierto es que no se viví­a tan mal. Mientras nadie se meta en los asuntos personales de cada uno, qué más da si no hay o no igualdad. No importa vivir dominado si no somos conscientes -o no queremos serlo- de la dominación.

La situación ha cambiado. Ahora ya tenemos democracia. La mujer se ha incorporado al mercado laboral. Los salarios son superiores y la bonanza económica nos inunda. Un modo de vida más cómodo que, como no podí­a ser de otra manera, multiplica nuestro conformismo. Salvando las distancias con épocas pasadas, siguen existiendo realidades injustas, que no nos gustan a nadie. Pero la respuesta, siempre es la más cómoda.

Pagamos impuestos para -entre otras cosas- construir infraestructuras, pero si queremos hacer un viaje en condiciones, es necesario pagar un peaje para utilizar una buena carretera. Pretendemos adquirir una vivienda, entendiéndolo como un derecho, tal y como recoge la Constitución, pero para ello tenemos que firmar una hipoteca de cuarenta años. Estudiamos durante buena parte de nuestra juventud para acceder a un buen puesto de trabajo y nos encontramos con salarios mí­seros en unas condiciones indignas.

No somos quienes tenemos la sartén por el mango, y siempre serán otros quienes decidan. Pero la solución no puede ser la resignación. No es ético quejarse por las carreteras de peaje y pagar veinte euros para llegar antes. Ni criticar las dificultades del acceso a la vivienda e hipotecar una vida entera para pagar un bien estrictamente necesario. La ley de la oferta y la demanda no falla. Si no hay quien reclame un servicio, éste deberá bajar su precio. Si la sociedad no se impusiera comprar una vivienda a cualquier precio y barajara otras opciones como el alquiler, los precios bajarí­an. Y si nadie utilizara las autopistas de peaje, parece difí­cil que siguieran construyéndose, en detrimento de los servicios públicos.

No se trata de utopí­as, ni de mensajes incendiarios. No hay que derrocar a un dictador, por eso no es necesario ir a las barricadas. Solamente se trata de pequeños gestos. De movilización, en otros casos. El problema es que el conformismo de la mayorí­a, arrastra al sometimiento de todos.

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