Los Paragnostas IV (cap. 7)

7

El origen

Los focos apuntaban a una noche sideral. Siguieron caminando en línea recta; a la espalda sombras densas. El túnel encogía a cada paso. Su apariencia vermiforme hacía pensar en un gran tubo digestivo. Era, pensó Hugo, como internarse en las entrañas de un gusano colosal. Llegó un punto en que tuvieron que agacharse para no dar con la peña en la cabeza. Había muchísima humedad. Las pareces de la gruta rezumaban una lepra verdinegra, costras acuosas, un mal arcano y ominoso. Pero también otras presencias. Mensajes de criaturas no visibles. Ecos filtrados en la roca que sólo Martha era capaz de comprender, al menos parcialmente: escuchaba las palabras primitivas, tal vez no humanas, que sonaban a amenaza pavorosa. Y no era extraño. Ya estaban advertidos por la bestia —Pazazu o su imagen proyectada— y aún así, habían seguido con su plan. Ignorando la amenaza desafiaban a los entes del abismo, al propio dios del caos. ¿Quién sabe qué peligros aguardaban más allá?

Rick mostraba aplomo. Al menos daba esa impresión. Otra cosa eran las coces desbocadas en su pecho. Acto mecánico, quizá para espantar sus inquietudes, silbó una vieja cancioncilla. Jack lo miró con sorpresa. Hacía mucho que su hermano no silbaba. Demasiado. Evocó, sin sonreír, algunas broncas recibidas por silbar en un momento inapropiado. Rescató un trozo de su infancia y, con deje sarcástico, bromeó:

Joder, Lips, vaya momento para darnos la tabarra.

No sería el único fragmento del pasado en regresar.

Rick Masso hizo un amago de sonrisa. «Lips: ya casi había olvidado ese recuerdo». Siguiendo la chanza, lanzó su propia pulla:

Que te den, Jack. Por cierto, estás cogiendo unos kilitos…

¿Os parece que este es momento de hacer el payaso? —el sufrimiento y la tensión acumulada avinagraban el espíritu de Martha.

Tienes razón. Perdona, no pretendía molestar —respondió conciliador el sacerdote.

No lo esperaba. La chica se derrumbó.

Lo siento chicos, yo… —Esta vez fue ella quien se echó en brazos de Hugo—…no me hagáis caso…

Reanudaron la marcha. Otras memorias reclamaban la atención de Rick. Trataba de escarbar en el hondón de sus lecturas vaticanas. Contaba con la piedra y con el libro, sí, pero albergaba algún recelo inconfesado. Sus piernas se movían por instinto, espoleadas por los restos de su fe. Intentaba proteger la intimidad de sus ideas, bloquear su mente a los demás. En balde. Jack captó sus dudas al instante. Idéntico proceso que los otros. Hugo y Martha perforaron la ridícula barrera subconsciente.

¿Qué pasa Rick? ¿Por qué dudas ahora? —Martha no entendía el titubeo repentino. —Hace un momento parecías muy seguro.

Éste esquivó la pregunta. En vez de responder cerró los ojos. Luego, tras apagar su foco, ordenó:

Apagad vuestras linternas. Ahora.

De golpe, Hugo cayó en la cuenta. ¿Por qué no había usado su visión nocturna? «Ay, Hugo, ya no te reconozco. Estás perdiendo facultades».

El pintor usó su don. O lo intentó. Esforzó los ojos para arrancar a la oscuridad algún objeto, un mínimo detalle de la piedra. Su gesto, que pretendía ser una sonrisa, quedó yerto en la boca. Seguía sin ver nada salvo aquel negro de pozo alrededor. Martha —que compartía el mismo poder— hizo lo propio. Obtuvo el mismo resultado. «¡Mierda!»

¿Qué ocurre? ¿Por qué no vemos nada? —pregunta femenina a las tinieblas.

Han anulado vuestra nictalopía —aclaró Rick—. Y me temo que también otros poderes.

Estamos rodeados —expuso Martha. Su tono era rotundo—. Y no son proyecciones, os lo puedo asegurar. Esas voces… Me son muy familiares, por desgracia. Las he oído infinidad de ocasiones… en mis sueños.

¡Ese cabrón de Tadeuz nos han enviado al matadero! —tronó Jack.

De pronto, nuevo terror. En cuestión de segundos, algo ignoto se agitó bajo sus pies. Del seno de la gruta brotó, terrible, un ruido atroz, como nacido de la entraña más profunda de la tierra.

Lo muerto cobró vida. La roca despertó de su letargo mineral.

Echaron a correr como animales perseguidos, sabiéndose la presa de un aciago cazador. Horrorizados, notaron como agujas invisibles taladraban su epidermis para luego, ávidamente, ir succionando sus fluidos.

Tentáculos de piedra.

¡¡El libro!! ¡¡El libro!! —aulló Rick.

Sentía su cuerpo acartonado. Sus músculos apenas respondían. Por suerte, sabía dónde buscar. Halló la página, iluminándose con la linterna temblorosa. Pronunció la fórmula a la desesperada, con candencia de algún rito funeral.

Un nuevo sobresalto a sus espaldas. Otro rugido, esta vez líquido. Con rapidez de relámpago, la entraña de la cueva fue anegada por un río subterráneo que manaba sin cesar desde algún punto indefinible. El bramido de las aguas tenía acentos de entidades submarinas más remotas que la Tierra. Pronto el mundo se hizo líquido. Agua y agua alrededor. Agua oscura como lunas sin partículas de sol. Cogidos de las manos, Hugo y Martha se dejaron arrastrar por la crecida furibunda de las aguas. Ahora sí, sentían llegar el fin, casi aliviados. Allí acabarían sus días. Ahogados en la sima de un infierno sin calderas. Los Masso, en cambio, notaron ciertos cambios en pulmones y nariz. Mutaciones que eran parte de una doble naturaleza…

La que enlazaba su pasado a seres híbridos, la estirpe de los puertos olvidados.

Cuando todo se teñía de abandono, la corriente subterránea arrastró a los paragnostas más y más. Y entonces, bruscamente, impactaron contra piedras de sillar. El río pareció acatar la orden de un dios pez —Dagon, quizá— y, poco a poco, comenzó a retroceder. Disminuido el nivel de las aguas, Hugo palpó lo que supuso un escalón.

Bocanadas de aire frío. Abrazos y jadeos. Vivos. Salvados otra vez. ¿Acaso jugaban con ellos? Por descontado, habían perdido las linternas. Pero aquí, por un motivo inexplicable, el poder de la visión noctámbula sí funcionaba. Hugo y Martha fueron guiando a los hermanos que, lentamente, cobraban forma humana. Jack se anticipó a la pregunta que nacía en el cerebro del pintor:

Hay algo que nos une a las criaturas submarinas. Lo hemos sabido desde críos. Aquél día en la playa…

Lejano, el cruel experimento con los tanques se agarró a la memoria de lo amargo.

Se hallaban bajo tierra, en una estancia cavernosa pero abierta, de techo combado, y, más inquietante, con grandes contrafuertes laterales, robustos y labrados, como pilares gigantescos de un santuario.

Martha miró al techo y dio un respingo. En la techumbre rocosa se distinguía un complicado artesonado. Conteniendo la respiración, Hugo y Martha vislumbraron los labrados ramificados por un suelo regular, pulido, completamente liso.

Se trataba de una labra hecha por alguien o por algo.

Al fondo, una suerte de altar. No había más gruta. Era el final de aquel camino por la entraña de la Tierra. Galería que, contra las leyes de la física y el tiempo, abocaba en el subsuelo de Angor.

Por encima de sus cabezas, sobre la roca labrada, se hallaba el templo de San Telmo.