Los Paragnostas IV (cap. 6)

  • Sexto capítulo de la cuarta parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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6

Pasadizos

Cuatro corazones palpitando al mismo tiempo. Latiendo acelerados frente al túnel de tinieblas y lo incierto. ¿Cómo saber si el talismán funcionaría? Imposible estar seguros. La iridiscencia, bajo sus pies, apenas alumbraba sus rostros crispados. El efecto sugería contraluces que les daban un aspecto fantasmal.

Enfocaron el pasillo con el haz de las linternas, semejando portar dagas lumínicas que rasgaban la oscuridad sin posar sus fotones en paramento alguno, ni muros ni bóveda. O la gruta era de inmensas dimensiones o la luz no reflejaba ningún punto.

Los segundos parecieron eones.

Y entonces algo sucedió. Al principio fue sólo un temblor, súbito y sordo, suficiente para que bandadas de asustados cormoranes levantaran el vuelo sobre el lago refulgente. Una nueva vibración, más intensa, formó ondas concéntricas sobre la superficie del Titicaca. Éstas crecieron y crecieron como si, bajo las aguas, una criatura gigantesca se agitara. Bufó el agua, colérica, alzándose a capricho cual montaña. Multitud de caballitos de totora zozobraron despeñados por laderas espumosas.

Del corazón de la negrura brotó una nube densa. Neblina polvorienta que era negro sobre negro. La niebla trajo piedras en su seno, pequeños proyectiles que impactaron sobre el círculo de magia. Era el principio. Acaso una simple señal de advertencia. Los cuatro se enfrentaban a poderes colosales, inimaginables.

¡Que nadie salga del círculo! —gritó Hugo, al tiempo que aferraba la mano de Martha.

Los rodeaban las tinieblas y una capa de partículas violentas. Entonces la barrera protectora se quebró. Comenzó a dar señales inquietantes, incapaz de refrenar el martilleo. Fue como agujerear una película porosa. Instintivamente, los paragnostas se cubrieron con los brazos.

Y ahora ¿qué? —musitó Jack mentalmente.

Están muy cerca —fue la respuesta telepática de Rick.

De pronto, la niebla se hizo más consistente. Lo amorfo cobró forma antropomorfa. Siluetas desquiciantes se pintaron en el aire, amalgamándose y compactándose ante sus ojos cual ominosa mandala. Difusamente humana, la figura segregó un fulgor verdoso. Después convulsionó. El ser mutó de nuevo trastocando su silueta, transformándose en un ente del averno más ignoto.

Un tufo hediondo hirió el olfato. Era el aliento de la bestia, acercándose, más próxima. Batieron alas colosales en la sombra. La criatura estaba encima. Tentáculos con garras se agitaban en su abdomen cual serpientes. Sobre los hombros, dos híbridas cabezas, entre ictioformes y ofídicas, profirieron una suerte de susurros que sonaron a conjuro. En ese mismo instante, a su espalda, la Puerta de la Serpiente comenzó a desplazarse. Tarde para retroceder.

El golpe de la piedra tuvo nota de sarcófago.

Sólo había dos opciones. Resistir o claudicar. Tenían el símbolo, claro. ¿Pero resistiría el embate del monstruo? Enfrentarse a la criatura era sinónimo de muerte fulminante, o acaso algo peor… Pero ¿cómo abandonar la misión ahora? Además, ¿había alguna remota posibilidad de escapar?

Ratones en la trampa de tinieblas.

El tiempo se agotaba, y había que hacer algo, lo que fuera. Pensar, jugársela a vida o muerte. Por ellos y por toda la especie humana.

Jack fue el primero en reaccionar. Si algo podía ayudarles, era el poder oculto en fórmulas arcanas. Su hermano era un experto. Las conocía. Las dominaba. Un clavo al que agarrarse. Tal vez el único.

¡Rick, deprisa, el libro, tiene que haber algo que lo pare!

La respuesta no fue inmediata. Masso quedó absorto. No dejaba de escrutar en las tinieblas, encarando su mirada al ser bicéfalo.

La bestia daba golpes contra el círculo. Hugo y Martha presionaron.

¿A qué esperas? ¡La barrera no aguantará! —urgió el pintor

Rick parecía estar muy lejos, al otro lado de las sombras. Regresó de pronto, con voz serena:

No es real.

Desconcierto en las miradas de los otros. Después un miedo atroz.

Las garras desgajaron la defensa. Un rechinar espeluznante, como de uña resbalando sobre una pizarra, fue el preludio del horror.

No es real —repitió Rick, ajeno a sensaciones opresivas. —¡Seguidme, rápido! —ordenó. Y, apuntando con el índice, salió del círculo.

El suicidio parecía consumado. Estaban solos frente al monstruo. Pero unidos para bien o para mal. Hugo, Martha y Jack imitaron a Rick. Al tiempo, los tres abandonaron aquel círculo de magia mancillada. Fue decisión unánime e inconsciente. Pasara lo que pasara, compartirían el destino con Rick.

Silencio y oscuridad.

Abandonado el símbolo, las partículas del Danha apagaron su destello de metal al rojo vivo. Hugo sacó su caja de cerillas. Chispeó el fósforo encendido, espantando la negrura por segundos. En un acto mecánico, prendió un cigarro y e inhaló con avidez. El humo trazó inquietos remolinos, apenas visibles en la gruta. Jirones dispersados en diversas direcciones, como si vórtices extraños alterasen la racionalidad del espacio euclidiano, cualquier ley física o terrestre.

Ni olor ni rastro de la bestia.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Pazazu? Deberíamos estar muertos… ¿O acaso ya lo estamos?

Martha hacía preguntas, aturdida, sacudida por el trance que acababa de vivir.

Tienes razón, tendríamos que estar muertos— musitó Jack con un hilo de voz.

No quieren matarnos. Sólo advertirnos. Hacernos retroceder —aclaró Rick. Alzó la linterna y trató de sondear la veladura de azabache.

Hugo rumiaba conjeturas e intuiciones.

¿Advertirnos? ¿Quiénes? ¿Has visto más seres?

En cierto modo sí. Es como una proyección de nuestras mentes. Las formas, los cambios… Ya los había visto antes, en un libro del Vaticano. Una especie de bestiario psicológico. Ninguno hemos visto al mismo ser, creedme. Todo funciona de forma inconsciente, siempre que se tengan ciertos dones, por supuesto.

¿Estás seguro? ¿No te parece un poco retorcido? —espetó Jack.

Antes de poder contestar, Martha lanzó otra interrogante:

¿Quieres decir que proyectamos los horrores?

Es algo más complejo, pero sí. Se valen de la sugestión para probarnos. También ellos leen la mente.

¿Ellos? —sondeó Hugo no muy convencido.

Quienes quiera que sean —remachó Rick.

Una cosa está clara —terció Jack—. Ya no podemos salir por donde entramos, a no ser que alguien sepa cómo abrir la puerta, claro está. —Ante la ausencia de réplica, añadió—: Bien, en ese caso sólo tenemos un camino.

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