Los Paragnostas IV (cap. 5)

  • Quinto capítulo de la cuarta parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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La Puerta de la Serpiente

A Martha le faltaba el aire. Sentía una esquirla en su garganta. Trataba de entender y, sencillamente, no podía. No estaba asustada, pero sí desorientada. ¿Qué le habían hecho a su marido? ¿Por qué estuvo tan frío? ¿Sería parte del complot?

En un instante, su mundo parecía derrumbarse. Era como si se hubiera abierto una sima bajo sus pies. Miraba atrás y el tiempo se abismaba; su vida del ayer (antes de ser presa de las garras vaticanas) le parecía remotísima. Como siempre en estos casos, acudió a Dios. Rezó con la entrega de una niña desvalida, ansiando paz de espíritu.

Pero no funcionó.

Algo se había quebrado para siempre en su interior.

Resultaba paradójico. Ahora que ya sabía a lo que se enfrentaban, ahora que el orbe estaba en juego, su mente repasaba los pasajes cotidianos de su vida. Así de simple. Su boda. Los sueños. Sus dudas. Su fe resquebrajada de improviso. Tantas sesiones de terapia para nada o, más bien, a beneficio de intereses nada claros.

Todo era absurdo. Todo. Y para colmo, debía crear un campo protector para que los otros no leyeran sus pensamientos. Ya ni siquiera le quedaba el consuelo de la intimidad.

Una rabia desconocida ardía y crecía en su interior. La llama se hacía más y más grande. Una bestia, su propia bestia, pugnaba en sus entrañas por salir.

Y Martha se asustó de su propio poder.

En lo más hondo de su ser, clamaron millares de ancestros femeninos. Madres nutricias de todas las épocas. Brujas terribles y hechiceras poderosas. Paragnostas del pasado que murieron en la hoguera, a manos de los que ahora pedían su ayuda. ¿Pedían? No. Imponían por la fuerza. «Nada ha cambiado en estos siglos. Quizá fuera mejor que todo terminase de una vez».

Bruscamente, le dio un vuelco al estómago. Martha se quitó el cinturón y, a la carrera, se levantó del asiento y enfiló el baño del avión. El pájaro de hierro con destino al infierno. A su lado —aunque muy lejos—, Hugo no tuvo tiempo de preguntar. Como un reflejo, quiso alargar la mano, pero sus músculos no respondieron. También él se hallaba confuso. Pero, a diferencia de la chica, él no tenía ataduras sentimentales. Estaba solo. Y aquella soledad le hizo pensar en muchas cosas. Fugaces, obsesivas, instantáneas de su vida desfilaban por la mente del artista. ¡Lo que hubiera dado en ese instante por una buena ginebra!

Pero a bordo, por orden vaticana, estaba prohibido el alcohol. El Santo Padre lo exigió. Los necesitaban despiertos, con todas sus facultades al máximo. Hugo se humedeció los labios y, por un segundo, trató de no pensar.

Imposible. Las explicaciones del cardenal seguían allí, tatuadas en su alma y su cerebro. «En el fondo no soy más que un títere. Cuando todo esto acabe, si es que acaba, a nadie le importará una mierda mi arte».

Sus esfuerzos por acercarse a Martha eran baldíos, de modo que, cansado, optó por dejarla en paz. A ella y a él mismo. Pero no podía engañarse. Ni quería, tampoco: entre grieta y grieta, la deseó. Haría el amor con ella antes del fin, ¿por qué no? Nunca en su vida había sentido una conexión tan honda como aquella.

En el fondo, ya estaban todos muertos. O quizá algo peor.

Su intuición se lo decía cada poco: «Estás jodido, Hugo. Has sido condenado. Puede que pagues tus pecados y los de otros».

Martha volvió del baño. No tenía buen aspecto.

¿Te encuentras bien? —A Hugo, la pregunta le sonó ridícula, pero Martha agradeció el gesto humilde del pintor.

Sí, sí, ya estoy mejor… Oye, perdona si he estado un poco borde… Todo esto me supera… y… —estuvo a pique de llorar.

La cáscara vacía que era Hugo abrazó a Martha, ya sin barreras, y entonces el pintor se derrumbó. Fue él quien no pudo refrenar un llanto largo, larguísimo, torrente incontenible de pesar. No. No quería estar muerto. Ninguno de ellos lo merecía. Ninguno, joder.

Volaban a diez mil metros de altitud, sobre un espeso mar de nubes. Con ellos, viajaba el manuscrito más secreto de las arcas vaticanas. La «joya negra» de las Ciencias Prohibidas. Rick era el custodio. El único capaz de comprenderlo. Se trababa del Al-Azif, del poeta damasquino Abd El Hazred, cuyas funestas profecías se cumplieron con el paso de los siglos.

El avión se aproximaba a su destino: el lago Titicaca, entre Perú y Bolivia, era el enclave que los libros y los astros señalaban. La puerta sideral.

Aterrizaron en una planicie desierta, terrosa, silente. Piloto y copiloto no bajaron. Fin de trayecto que sólo concernía a cuatro humanos. A la espalda, Jack Masso portaba una mochila con las piedras y sus símbolos grabados.

En un silencio de desierto, los cuatro paragnostas se acercaron a la orilla del gran lago. Más allá del azul, mecido en suave oleaje, divisaron las ruinas de una ciudad. Siguiendo el plan trazado, llegaron al embarcadero y alquilaron un bote.

Agua por todas partes. Batir de remos. El Titicaca se extendía como un mar mitológico, plagado de leyendas. Como la del dios Wiracocha, Señor de los báculos, emergido de las aguas en la isla del Sol. La misma isla que fue cuna de los pueblos andinos, donde se alzaban los despojos de Tiahuana, la gran ciudad del Sol. Contaban los relatos que, salido del lago, el dios se dirigió a sus puertas, y que de allí partió al noroeste para acabar desapareciendo en el mar. Siguiendo el recorrido de Wiracocha, se levantaron los principales templos de las culturas incas y pre incas.

La proa lamió tierra. Atracaron y siguieron a pie, sin necesidad de mapas ni de brújulas. Al otro lado, el Horror era un imán. La senda los condujo hasta una superficie llana, donde, contraviniendo las leyes geológicas, se alzaba una cadena montañosa de gigantes proporciones. En efecto, la cordillera era imposible en geometría, como esculpida de manera artificial. Geólogos a sueldo de la curia habían pasado largos años estudiando aquel fenómeno telúrico. Su conclusión era inquietante: acorde a las características geográficas del Titicaca, aquella sierra no debería estar ahí.

Rick intercambió una mirada con su hermano. Éste asintió con extrañeza. «Tú también lo sientes, ¿verdad? Este paisaje nos resulta familiar…». Pese a la calidez del ambiente, a esas horas, el corpachón de Jack se estremeció. A lo lejos, amenazantes, se erguían inmensas paredes de roca; farallones que evocaban las aletas dorsales de algún animal marino, surgidas del núcleo terrestre, mucho antes de la era mesozoica, anteriores al océano de Tetis.

Hugo reconoció al instante el paisaje. Pincelada a pincelada. Retrato exacto de los cuadros que pintara años atrás. A los oídos de Martha llegaron susurros guturales de épocas anteriores a la propia Tierra.

Visto de cerca, el escenario semejaba un bosque pétreo cuyas rocas se moldeaban cual figuras asombrosas, como si una mano colosal las hubiera retorcido a su capricho.

Había más zonas como esta en el planeta. Otros lugares energéticos muy similares (la montaña de Monserrat, en España, la Tetera del Diablo, en Estados Unidos o la montaña de Cokino, en Macedonia). Puntos clave en mapamundis que tan sólo conocían unos pocos. Y entre esos pocos, los cardenales Tadeuz y Kolakowski.

Desde tiempos remotos, aquella zona de los Andes se conocía como La ciudad de los Espíritus. Allí se encaminaron cuatro sombras; cuatro elegidos. Los cuatro paragnostas se adentraron en el seno de las sombras.

Y entonces la vieron. Surgió soberbia, maligna ante sus ojos espantados. La Puerta de la Serpiente. La inmensa puerta tallada en la roca de arenisca roja, cuyas medidas respondían a proporciones turbadoras: siete metros de alto por siete de ancho. Dimensiones precisas, sin margen de error.

A los pies de la gran puerta, Martha escuchó lamentaciones diferentes, de vago timbre humano. Cientos de voces pavorosas. Susurros rebotando en las tinieblas, clamando en un tiempo sin tiempo. Las leyendas lugareñas eran ciertas. Centenares de personas se esfumaron de esta tierra sin dejar la menor huella, allí mismo.

Jack tuvo viejas percepciones de su infancia. Hugo un espejo de sus lienzos. El cúmulo de sensaciones era feroz. Avistamientos de luces extrañas, visiones de estrellas, columnas de fuego, sonidos y…

¡Allí está, oh Dios, el túnel tras la puerta!», gritó Rick.

Todos sintieron la presencia al otro lado de la piedra. Humwawa, Pazazu, y otras criaturas insondables; entidades que engordaron en el túnel como plaga, cual marea devoradora, amorfa, irrefrenable.

Era la hora, y todos sabían lo que hacer.

Sin pérdida de tiempo, comenzaron el ritual. Rick abrió el libro maldito y conjuró a los elementos. Jack dispuso las piedras mágicas, estratégicamente, formando un signo ignoto, y Hugo trazó los pentagramas con la tiza consagrada por el Papa. En el centro del pentáculo más grande, protegida por la piedra-escarabajo, se hallaba Martha, aullando vocablos arcanos, como altavoz de las tinieblas.

Las fórmulas secretas desplazaron la gran losa con chirrido mineral. Detrás de la puerta, como un pozo cósmico, surgió el abismo negro. Hugo tomó la delantera. De cara al umbral, sacó un pequeño frasco y recitó versos prohibidos. Abrió la tapa y derramó su contenido por la piedra. El polvo del Danha, llamado el Desierto Maldito, besó la roca. Como fuego candente en la piedra, se dibujaron los contornos de un extraño petroglifo. Figura que guardaba un parecido asombroso con un grabado hallado en la cordillera Cantábrica.

Aquel pasadizo había unido, siglos atrás, las ciudades de Tiahuanaco y Cuzco, pero su traza no era humana. ¿Quién y en qué época se construyó semejante prodigio?


Cuarta parte – Capítulo 6 >

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