El deporte en los años de plomo

  • Si no había azúcar, café, arroz o pan blanco, ¿cómo podríamos arreglarnos para tener un balón, una bicicleta o unas rodilleras de portero?
03 mayo 2017

Si el deporte nacional durante los años grises del racionamiento eran escasos -como el pan- en el territorio patrio, se pueden imaginar el nivel deportivo del pueblo en aquella época donde lo primordial era la subsistencia. Si no había azúcar, café, arroz o pan blanco, ¿cómo podríamos arreglarnos para tener un balón, una bicicleta o unas rodilleras de portero? Ante tanta escasez se recurría a los deportes rurales -suena bien, ¿eh?- Estos consistían básicamente en el boleo, la cuerda, el tiro de la reja o el “boxeo”, entre las distintas barriadas sin olvidar los “ataques” a pedrada limpia, sin flecha (tirachinas) y sin honda, aunque algunos se saltaban la Convención de Ginebra.

El balonmano, baloncesto, balonvolea , boxeo, ciclismo, natación, atletismo y otros deportes (me imagino el golf o el pádel) eran escasos o nulos, salvo algún ciclista, boxeador o corredor de campo a través. El ¡FÚTBOL! era el de mayor calado y el más practicado.

Antes de la contienda civil la villa había tenido un club de fútbol, La Roda FC, donde los Pablo, Carpeto, Pinilla, Rubio, Sotoca, etc, entusiasmaban a la parroquia que acudía al campo del portazgo. Al término de la guerra, algunos de ellos seguirían jugando, otros por el contrario serían represaliados o tendrán que partir hacia el exilio. Durante los años cincuenta el fútbol seguirá siendo el rey de los deportes, tanto cómo espectáculo como en la práctica del mismo; el régimen lo controlaba todo y el deporte no sería una excepción por lo que el Frente de Juventudes dispondría de unos medios que los demás no alcanzarían y el balompié, como les gustaba decir, era el escaparate perfecto para mostrar los logros del glorioso movimiento.

Una nueva generación de jugadores llegarían procedentes de la Organización Juvenil (F. de J.) y harían sus pinitos junto a viejas glorias en el campo de la estación, donde hoy están los viejos silos del Servicio Nacional del Trigo, más tarde el campo se ubicaría en un solar junto al paseo de los “tristes” donde hoy están las casas baratas, hasta llegar a “Maracañí”, escenarios estos donde brillaron los Rute, Galiano, Fede, La Casa, Juanete, Arriaga, Patro, el “Chato”, “Francisquete”, “Tachín” y sobre todo Motilla. Los partidos “amistosos” proliferarían con equipos de Albacete, el “Patria” y otros que cambiaban de nombre pero no de jugadores. Viajarían en aquellos camiones con un banco a cada lado de los laterales y una lona cubriendo la caja. Con el tiempo se implantarían los campeonatos provinciales y aquí la rivalidad con nuestros comprovincianos, especialmente Tarazona y Villarrobledo, daría para mucho más que un artículo a vuelapluma.

Un año en que La Roda F. de J. quedó campeón provincial y disputó la fase de sector en Cuenca, llegó a la final y aún perdiéndola, las crónicas ensalzaban a nuestro portero, Galiano, que había sido el héroe. La repercusión llegó hasta el pueblo donde se forjó una leyenda y que hoy algunos repiten corregida y aumentada. Otros equipos más modestos se formarían a lo largo de estos años: el Atlético Rodense con Pepe “Riñones” al frente, la Unión Rodense, Acción Católica, de donde saldrían muchos jóvenes jugadores que pasarían a engrosar La Roda F.de J., y algún equipo de barrio con tradición futbolera. Con el paso del tiempo y un campo municipal, se consiguió federarse e ir ascendiendo de categoría hasta llegar a la 3ª División a finales de los cincuenta. ¡Todo un éxito!

Al carecer de instalaciones deportivas, los chicos que éramos aficionados al fútbol jugábamos en cualquier sitio, una calle por donde los carros pasaban de uvas a peras o las eras. Cada barrio o calle tenía su campo “propio”, el “molino de viento”, el “matadero”, las “cruces”, las “cábilas”, el “cementerio” o la “goleta” tenían eras cercanas y allí establecían su feudo, los centristas, por el contrario, al no tener un espacio abierto utilizábamos la calle, más concretamente el callejón de “Játiva”, un campo que lo teníamos “maqueao” al jugar contra la pared y el bordillo de la acera. Jugar en campo contrario era todo un riesgo ya que la mayoría de las veces tenías que volver entre pedradas si ganabas. Aquellos no eran adversarios, eran enemigos irreconciliables.

Si las instalaciones eran nulas, los medios no les iban a la zaga, se carecía de todo, calzado, equipamiento y… ¡Balones! No me equivoco en lo más mínimo si digo que en el pueblo no había más de tres; sus propietarios tenían la autoridad de dejarte jugar si les caías en gracia o eras peor que ellos. Darle dos patadas seguidas a un balón de “reglamento” de aquellos con unos alpargates de suela de goma podía implicar la pérdida de algún dedo o de los alpargates, ni contar si rematabas de cabeza y te raspaba la agujeta, perdías el pelo y las ganas de intentarlo otra vez. La mayoría de las veces se jugaba con pelotas de goma de diversos tamaños -el “reglamento” no especificaba medidas- y lo primero que se hacía era revisar el calzado: “Tú, sí, tú también. Paco, no puedes jugar con las albarcas, que la última vez se te quedó enganchá la pelota en uno de los alambres y me ha costao los cuartos ponerle un parche”. “Bueno, juego descalzo, ¿vale?”

Los “desafíos” entre las distintas barriadas terminaron celebrándose en la mítica “Laguna de los Patos” como terreno neutral, los partidos los celebrábamos a goles, no había reloj y el tiempo no importaba, en alguna ocasión comenzamos el partido a las cuatro de la tarde y se nos hizo de noche sin llegar a los doce que habíamos establecido. “Bueno, mañana seguimos pero os traéis vosotros la pelota, íbamos once a nueve”.

De los demás deportes, pocos jóvenes disfrutarían de ellos, solo los pertenecientes al Frente de Juventudes tendrían la ocasión de jugar al ping-pong, el billar, baloncesto, balonmano o practicar el atletismo. Aquellos entrenamientos en el ruedo de la plaza de toros, sin estar vacunados contra el tétanos, o en el antiguo matadero de Ramón y Cajal con su cancha de tierra donde al conducir el balón saltaba para cualquier lado menos para donde tú querías y que también servía como pista de verbena; los lanzamientos de disco, martillo, peso y jabalina en “Maracañí”, donde el mayor ejercicio era ir a recoger los trastos que habías lanzado, con cuidado porque estaban lanzando otros, los entrenamientos por la noche en el parque dando vueltas para adquirir fondo para el campo a través, acabando tumbaos en las gandulas ¡Reventaos!

Mención aparte merece la natación. Al carecer de piscina donde poder aprender a nadar, el recurso eran las huertas, donde por un módico precio podrías darte un chapuzón; las huertas de la Paula, la Alicia, el estanque de los peces del parque, la del Portazgo, donde estuvo el antiguo campo de fútbol y destacando, las balsas de la Molineta que serían la escuela de natación donde aprenderíamos a mantenernos en el agua sin bebérnosla toda. Las ranas, renacuajos, mosquitos, avispas y demás fauna convivieron con nosotros cada verano hasta que se inauguró la piscina del Hostal Blanco.

Algunos compañeros y amigos lograron que se pudieran dar cursillos de natación en esta piscina prestando un gran servicio a la comunidad sin recibir nada a cambio. De aquellos aficionados a los deportes minoritarios salieron los que más adelante haría florecer el baloncesto, ajedrez, atletismo, etc.

Mi admiración a estos adelantados del deporte rodense, que careciendo de medios, pusieron toda su buena voluntad al servicio de los jóvenes deportistas. Especialmente a un amigo que nos dejó no hace mucho y con quién compartí algún que otro entrenamiento y muchas horas de entrañable conversación. No puedo decir más de Antonio “el tintorero” al que “Niño Burbuja” dedicó un artículo en este mismo medio y que sería imposible mejorarlo.

Notas: En un campeonato provincial de campo a través celebrado en Caudete, el equipo de La Roda viajó durante la noche sin dormir en el correo de Alicante y tras llegar de madrugada a la estación de ferrocarril se tuvo que desplazar, a pie, hasta la población que estaba a cuatro kilómetros. Tras estar esperando que abrieran la churrería, pasamos y nos pusimos de churros y chocolate hasta las orejas. Cuando salimos a correr a las diez de la mañana la mezcla se nos salía por los ojos, con todo eso dos del equipo lograron clasificarse para la fase de sector y otros dos, que haciendo caso a un paisano caudetano, tiraron por un atajo, llegaron entre aplausos y vomitera a la meta. Ni que decir tiene que fueron descalificados. Uno de ellos era Martinico.

En el fútbol yo quería ser Lezama, portero del Bilbao (lo de Athletic sería más tarde).

Comparte con tus amigos










Enviar