La escuela en blanco y negro

  • Mientras el país intenta paliar los efectos del desabastecimiento con ingenio y resignación, la escuela no iba a ser menos y los retortijones del estómago irían acompañados por los de la educación, también racionada
26 abril 2017

Mientras el país intenta paliar los efectos del desabastecimiento con ingenio y resignación, la escuela no iba a ser menos y los retortijones del estómago irían acompañados por los de la educación, también racionada. Una gran cantidad de maestros habían sido represaliados por los vencedores y los que quedaron, tras pasar una severa depuración por el régimen, se reintegraron a su trabajo en condiciones extremas en muchos casos.

Cada día paseo por delante de un Instituto de secundaria y puedo observar cómo discurre la jornada para los alumnos. Las condiciones en que se desarrollan sus actividades, nada que ver con aquellas que nos tocó vivir a los niños de la posguerra.

La primera vez que pisé una escuela, fui llevado por mi madre con gran oposición por mi parte, tenía cuatro años y el temor a lo desconocido me causaba verdadero terror. Una vez dentro se me pasó y la maestra me sentó en la sillita que había llevado de mi casa, junto a ella. La escuela era una casa particular donde, aprovechando una bodega en desuso, se daba clase a las niñas y en otra habitación con escasa iluminación a los niños, las dos clases estaban separadas por un patio. Las encargadas del plan de estudios eran dos mujeres ya mayores vestidas con unos vestidos muy parecidos a los hábitos. Trinidad se encargaba de las niñas y Enriqueta de los niños. Ellas nos enseñaron las primeras letras, los números y a rezar. La lecciones de geografía consistían en recitar las provincias españolas con un soniquete gregoriano y por orden alfabético: Álava, Albacete, Almería, Ávila…, y cuando llegábamos a las de Cáceres y Cádiz, la siguiente para mi era ¡Pavo Real!

Se originó tal “topera” que la Enriqueta sacó la lata al patio y estuve castigado, intentando arrimarme a algún compañero con lata que me dejara calentar los pies.

Aprendimos a cantar, a pintar, a rezar y a pasar mucho frío, aunque nos lleváramos una lata cogida por un alambre largo como asa y unas cuantas ascuas que duraban poco más que de tu casa a la escuela. En una ocasión, intentando que la lumbre me durara algo más, llené la lata de palotes y hojas húmedas al pasar junto al parque y, agitando la lata para que prendieran bien, llegué a la clase. Nada más entrar se originó tal “topera” que la Enriqueta sacó la lata al patio y estuve castigado, intentando arrimarme a algún compañero con lata que me dejara calentar los pies.

La segunda vez, ya con siete años, no fue mi madre, sino mi padre el que me acompañó hasta las Nacionales de la Báscula, habló con mi primer maestro, que era amigo suyo, y me sentaron en un pupitre de la segunda sin pasar por la primera. El colegio Juan Ramón Ramírez estaba sin acabar, la fachada era una solución de ladrillos del nueve sin revocar y así lo dejé tras nueve años visitándolo a diario, enfermaba casi siempre en vacaciones. El colegio carecía de servicios y de agua potable, un solo retrete con unas tablas y un agujero en el centro, guardado por una puerta desvencijada que no cerraba y un barranco maloliente. Para beber agua había que ir con el botijo a casa de alguna vecina caritativa que tuviera grifo o bien al pozo de alguna otra, sacar un cubo y llenar el recipiente. La calefacción consistía en una estufa de serrín, que había que cargarla al llegar a clase y que duraba lo justo, a pesar del agua que le añadíamos. Alguno se chusmarró las pestañas de un fogonazo mientras soplaba por el agujero, algunos días no nos quitábamos el abrigo -el que llevaba-. Muchos compañeros con alpargatas de suela de goma en pleno invierno, poca ropa y sabañones hasta en los párpados, lo pasaban muy mal.

Ante tanta miseria, los maestros intentaban paliarlo pagando muchas veces de su bolsillo el serrín.

Ante tanta miseria, los maestros intentaban paliarlo pagando muchas veces de su bolsillo el serrín. Más de cuatro veces íbamos a la serrería que había enfrente del colegio con un saco y cinco pesetas para el carburante. Todo era escaso: la tinta, las tizas, el papel, los lápices, los libros…, y la asistencia de muchos alumnos que faltaban a clase, al tener que ayudar a sus familias con el “sueldo” que les daban durante la recogida de las lentejas, la trilla o la vendimia. Una libreta o un lápiz los apurabas hasta que no cabía una letra más y sacar punta al lapicero, apurado hasta el infinito, entrañaba el riesgo de quedarte sin algún dedo por la cuchilla de afeitar. Había que ingeniárselas; para no gastar hojas limpias de la libreta me pasaba por las oficinas de Despacho Central y les pedía un “taco” de las matrices de facturación, cuando tenían me lo daban y en aquel papel verde, fino y solo aprovechable por una cara, hacía los problemas y cuentas y luego los pasaba a limpio.

El colegio disponía de cuatro clases, por lo que al llegar a la cuarta te quedabas para siempre en ella; pocos alumnos permanecían más de dos años en esa clase, yo fui uno de los pocos afortunados que permaneció en ella durante seis años. Cada año pasaban nuevos compañeros, al mismo tiempo que otros abandonaban, muy pocos acabarían su escolarización con catorce años. Los maestros también rotaban cada dos años, excepto el director que nunca llegaba a la cuarta (¿?), de tal manera que conocí a todos. Con el director había un trato especial ya que al terminar las clases y en los meses de verano nos daba lecciones de repaso, previo pago en moneda o en especie.

La Religión y Formación del Espíritu Nacional eran tareas casi diarias, rara era la semana que no había algo de la Iglesia: sábados, evangelio y rosario al acabar el recreo, cuando no, el cumplimiento pascual, la catequesis, las misiones, el Domund, la Santa Infancia, asistencia al bautizo y comunión de varios chicos que llevaban en pecado original desde el 36 o el 39 y el mes de mayo completo, cantando: “Venid y vamos todos / con flores a María”. La FEN (Formación del Espirit…, etc) no debía de ser muy del agrado de los maestros encargados de formarnos ya que solían esquivarla, cuando no, evitarla.

Durante los dos últimos años de escuela “trabajé” por las mañanas vendiendo churros, de seis a nueve y media. ¡El churrerooo! ¡Señora, cuatro una peseta! Mi aportación de las siete u ocho pesetas de la comisión, más el desayuno, servían para algo más que un pan, había que colaborar con la familia. Llegaba corriendo a la clase; por la tarde, los días de calorcillo me entraban unas “pájaras” que alguna vez me despertaron con la regla sobre el lomo.

Los días de calorcillo me entraban unas “pájaras” que alguna vez me despertaron con la regla sobre el lomo.

Creo que todos los maestros que tuve influyeron en mi formación y de todos ellos aprendí, por lo que guardo una enorme gratitud. El último que tuve, al juntar en la misma clase chicos de diez años con “lebreles” de catorce -no éramos muchos- se esmeró en enseñarnos caligrafía, dibujo y a redactar cartas comerciales para clientes suyos, ya que el hombre se dedicaba a las representaciones de diferentes productos. La mayoría de los maestros nacionales de aquellos años tenían que hacer extras, otros se dedicaban a llevar contabilidades en empresas particulares o dar clase en alguna academia. No solo era yo el que echaba horas fuera del trabajo diario.

Otros maestros -sin ser nacionales- se dedicaron a la enseñanza privada y don Ponciano, don Manuel Merlos, las monjas de María Auxiliadora junto a las “Calcicas”, la Antonia, la Paca de Correas o “el cojo de la calle el Terrero”, con una correa pegada a su mano y su “pata de palo”, hasta Paco “el migajero”, que tenía la escuela en San Juan, justo debajo de una casa de lenocinio y que, cuando íbamos a esperar la salida de un amigo, salían las señoritas a saludar a otro que venía con nosotros, le daban caramelos, alguna propina, besitos y recuerdos para su hermano…, quien era cliente asiduo de la casa.

Todos estos educadores, “maestros” y asimilados hicieron un labor encomiable no siempre reconocida, pero gracias a ellos muchos jóvenes aprendieron a leer, escribir y “las cuatro reglas”, paliando el analfabetismo y el déficit de plazas escolares, al mismo tiempo que se ganaban el sustento decentemente.

Al final de mi etapa escolar llegó la ayuda norteamericana y nos tuvimos que comprar un vaso de aluminio para la leche en polvo. El primer día fue un verdadero fracaso, aquellos polvos mal diluidos, con el vaso lleno de grumos y el sabor raro, al no tener el paladar acostumbrado, dieron con la leche regada por el patio. Con el tiempo nos acostumbramos y entre la leche, el queso amarillo yanqui y el levantamiento de algunas restricciones alimentarias, comenzamos el plan de desarrollo.

Las enciclopedias, en sus distintos grados: preparatorio, elemental, medio y superior, junto a la labor abnegada de los Maestros Nacionales, la pizarra y… la regla, hicieron que unas generaciones de niños de la posguerra accediesen a un educación que nos serviría a lo largo de nuestras vidas.

Agradecimiento, respeto y admiración por todos los MAESTROS que durante los difíciles años de la escuela en blanco y negro dieron educación y cultura al pueblo.

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