Juegos infantiles populares

  • Sobre cómo se divertían los niños durante la posguerra
19 abril 2017

Ver a los niños cómo manejan los teléfonos móviles, iPhones, tablets, Playstation, Nintendo o juegos con nombres tan sonoros que se quedan para siempre, Pokemon, Mario Bros… me ha retrotraído a los juegos que se practicaban durante los difíciles años de la posguerra. Nada que ver con la técnica y la electrónica actual, que con solo apretar un botoncito puedes hacer desaparecer gigantes, dinosaurios o extraterrestres sin que te remuerda la conciencia.

Aquellos juegos de mediados del siglo XX eran menos sofisticados, aunque creo que más habilidosos. ¿Se puede comparar cargarse a tropecientos mil invasores extraterrestres con la puntería de un virtuoso del zompo, (trompo) lanzándolo y de un puyazo sacar la perra gorda del redondel o recoger con la palma de la mano quince veces el zompo para darle a la moneda hasta que salga del círculo? Quizás le puedas ganar un partido de la Play a Cristiano Ronaldo, manejando con mucha maña los botones, pero la destreza y el tino de un buen jugador de las bolas (canicas), dando un tute y gua a siete pies del agujero tiene su aquel.

Los pocos recursos de que disponían las familias hacen que el ingenio prolifere y surjan juegos que ahora serían impensables. Se aprovecha todo: las tapas de cartón de las cajas de cerillas (los “santos”) y los tacones de goma que se quitan por viejos a los zapatos, los “tejos”. Un redondel o cuadrado en el suelo y mucha habilidad para sacar de un taconazo el “santo” fuera del mismo. Otro juego de aprovechamiento eran los “güitos”, hueso de albaricoque -los de ciruela o melocotón no valen-, que puesto sobre el suelo había que darle con una tuerca o arandela atada a una cuerda, se giraba la cuerda sobre la cabeza varias veces y se iba bajando poco a poco hasta dar al “güito” y sacarlo del redondel. Si dabas a la tierra, perdías. Durante la temporada del albaricoque no se encontraba un “güito” en toda la comarca.

Las “corchetas”, todo un espectáculo ver en las terrazas a la chiquillería rodear a los camareros, esperando que descorchara una cerveza o refresco para saltar a por la chapa… que luego no te la daba porque la guardaba para sus hijos. Los alfileres: ¿Cabezas o trocaos? Terminábamos con los acericos de nuestras madres. Los “tejos”, hechos con monedas de cobre de cinco céntimos y que con una enorme destreza hacían saltar del círculo las monedas allí depositadas o te “mataban”; con esas monedas se hacían los “tanques”, se les hacía un agujero a dos de ellas, se juntaban con un remache y ya podías jugar al “apachus”.

Entre todos los juegos populares el “tranco” requería una especial preparación ya que al jugar dos equipos la competencia hacía que ambos se concentraran en el juego sin distracciones, podías perder un ojo de un trancazo. El juego constaba de dos elementos: “maceta” y “tranco”, la “maceta” podía ser desde un regla, una tabla con una empuñadura para sujetarla o hasta la pata de una silla… de las gordas. El “tranco” era un trozo de madera redondeado de unos 15 a 20 centímetros de largo por 4 a 8 de diámetro y terminado en punta por sus extremos, para que al golpearlo con la “maceta” saltara y le pudieras atizar fuerte al campo contrario. “¡To en contra con la maceta!” Allí, tratarían de “cazarlo” al vuelo. ¡Si lo cazas cuarenta! Más de un cazador se quedaría sin uñas al intentar cazar el proyectil lanzado por algún recio mozo. Siempre pensé que aquello era el béisbol rodeño, pero sin guantes.

La mayoría de estos juegos se desarrollaban durante la primavera y el otoño, el invierno con sus nevadas, el inmenso frío y la poca ropa no era el más propicio para estar en la calle jugando. Con la llegada del verano y las vacaciones, los juegos de contacto al aire libre proliferan y las “patatas fritas”, el “escondite”, la “piola” (pídola), a “pillar”, “cincirivera”, “palma, pico o zorro” o el “allavarrón” priman sobre otros juegos. Casi siempre acaban estos juegos en discusiones originadas por la picaresca al no haber juez ni árbitro que aplicara el “reglamento”. ¿Quién, durante un espoleo en las “patatas fritas”, no ha dicho que había tocado suelo, sin haberse bajado de tu lomo desde que saltó encima? O el célebre del “allavarrón” en que se escuchaba una voz fuerte decir ¡AJO! para el que estaba sobre ti se bajara creyendo que habías dicho ¡ABAJO! La discusión estaba servida y lo mejor sería pasar a otro juego.

Sin olvidarte de tu barrio o calle, el Parque era nuestro escenario natural, la mayoría de la cuadrilla vivíamos cerca de él y era donde más actividades desarrollábamos, con el malestar de guarda y jardineros que nos tenían enfilados. No fue una sola vez en la que el jardinero nos duchó con la manguera mientras regaba al atardecer o las carreras que nos dimos al sorprendernos el guarda escondidos entre algún arbusto jugando a el escondite.

Así transcurrieron muchos veranos entre el escondite y el “Cincirivera cara de pera que echa una fruta de esta manera”… hasta que una noche apareció Carlos por el parque con una “batería” fabricada con una cuba de sardinas “salás” cómo bombo, unos platillos de hojalata, la caja confeccionada con una pandereta sin las chapas y dos botes grandes del tomate cómo timbales. Lo rodeamos junto a un banco del redondel y comenzó a mostrarnos su sentido del ritmo, aporreando el artilugio con verdadera devoción. Primero una cancioncilla que nos sabíamos (algunos), luego otra y los mayores que andaban por allí tomando el fresco que se arriman y nos aplauden. ¡Anda, mira los chiquillos que aplicaos son!, dice una señora.

Aquel “éxito” momentáneo nos animó y al día siguiente nos fuimos a la casa de Carlos a ensayar; la primera lección, ritmo : mira, Carlitos, para el pasodoble, pun, chas; pun, chas; para el vals, pun, chas, chas; pun, chas, chas; el bolero pun, tarantán… y así el tango, el chotis, el fox. (Tengo que decir que yo había visto muchas veces tocar la batería e incluso había practicado con ella). Los instrumentos que utilizamos eran peines con un papel de seda o de fumar puesto entre los labios y el susodicho, algo parecido a los pitos de carnaval. Cada noche acudía más público entusiasta, ya no eran los vecinos, sino gente de otros barrios que se acercaban a escucharnos. El repertorio se fue ampliando y el grupo coreaba los estribillos cada vez mejor. Fichamos al amigo Vicente que hacía sonar el peine de maravilla, además de imitar la trompeta con sordina, tapándose la nariz con las manos al mismo tiempo que las abría para hacer de campana ampliadora. Un fenómeno, ¡oiga!

Cada tarde nos aplicábamos -siempre en casa de Carlos, su madre era una santa- en mejorar y por la noche, ¡al parque! Acordamos ponerle nombre a la orquesta, tras muchas discusiones y aprovechando que habíamos encontrado un escudo de España en una lona, lo recortamos, pegamos el aguilucho en el bombo, hicimos unas letras con colorines y acordamos ponerle un nombre acorde al escudo y al momento: “ORQUESTA IMPERIAL”. Durante aquel verano solo actuábamos en el redondel de Parque, pero al siguiente ampliamos repertorio y actuaciones, llevándolas a las terrazas de los bares; cada noche nos acercábamos al “Segis”, al “Avenida” o al “Bar Sol” (“Molina”) y amenizábamos la tarde-noche con las canciones del momento. Cómo despedida y cierre, se pasaba el plato entre los espectadores -lo hacía el que menos vergüenza tenía- mientras interpretábamos ¡A lo loco! y ¡Dinero al bote! de “Luisa Linares y los Galindos”. Aquellas pesetillas nos servían para comprar cancioneros, nuevos peines, librillos de Smoquing y Bambú y nuevos elementos para la batería.

Durante aquel año llegamos a actuar en la verbena del barrio de la “Báscula”. El baile se estaba dando en el patio del colegio, habían contratado a un organillero que se encontraba de paso por el pueblo y el buen hombre no contaba con más de cinco piezas en su manubrio, la parroquia estaba aburrida de tanto repetir una y otra vez la misma cantinela y alguien de los organizadores se desplazó hasta la puerta del “Segis” y contactó con el “mánager”, -el mismo que pedía- suspendimos el recital y salimos con los trastos camino de la verbena, montamos el “tinglao” en el rincón opuesto al tío del organillo y comenzamos a mostrar nuestro selecto y variado repertorio; siempre abríamos el show, con: “Para todos ustedes, el bonito pasodoble que lleva por título, ¡Islas Canarias!”; aquí Vicente hacía su solo de trompeta con sordina nasal y los demás coreábamos, ¡Islas Canariás!, ¡Islas Canariás!

Los verbeneros comenzaron a rodearnos cada vez más, y más…, y más cerca, no había equipo de sonido y los peines y la batería no llegaban con la suficiente potencia a todo el patio, por lo que al estrecharse el cerco no nos dejaban ni respirar. ¡Qué calor, por Dios! El del manubrio perdía clientes de forma alarmante mientras la “Orquesta Imperial” complacía peticiones: ¿Podéis tocar “Beguin the beguine” o “En forma”? Si señora, y ¿”Dos gardenias”? Claro, y el chotis “Madrid” o “La Cumparsita”. Tocamos todo, señorita. Pero lo que no podía faltar nunca, era el pasodoble torero, “Antoñete”, el ídolo del padre de Vicente y había que tocarlo, ¡siempre! Si no se enfadaba y se llevaba la trompeta con sordina nasal. Al terminar la verbena, nos dieron una buena propina y visto el éxito, quedamos para la noche, prometiéndonos que habría un micro y dos altavoces.

No pudo ser, a la mayoría no nos dejaron nuestros padres, (”por no ser horas”) y solo se presentaron, Carlos, a recoger la batería que se había quedado guardada en el colegio y el del plato de pedir voluntades. Gran disgusto por nuestra parte y la de los organizadores que se tuvieron que pasar la noche con el organillo y su escaso repertorio.

Aquel año en Navidades salimos a pedir el “aguilando” (aguinaldo decían los panolis) y tuvimos muchísimos parabienes, habíamos preparado un repertorio de villancicos con mucho esmero, pero cuando cantábamos en alguna casa, la mayoría se encontraba en la sobremesa de la cena, dos o tres villancicos tradicionales, nos pedían que tocáramos piezas bailables y se ponían a la faena. No había forma de dejar la casa. En una de ellas se formó tal jolgorio que cuando dijimos que nos teníamos que marchar nos llenaron la cesta de dulces -¡allí había hasta mazapán!- y nos dieron, ¡diez duros! En esa casa, tras derruirla, pusieron un banco: “Banesto”.

A partir de aquel año ya no volveríamos a jugar y muchos de los juegos de verano que durante la infancia habían sido el único pasatiempo que disfrutamos quedaron para los más jovencillos. Nuevas inquietudes despertaban y el trabajo para muchos comenzaría pronto. Los juegos quedarían para alguna excepción y nuestra infancia quedaría aparcada en el recuerdo para siempre. La duda que tenía sobre que significaba “el apachus” y “allá-vá-rón nunca he podido resolverlas, ni creo que podré.

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