Bailes y verbenas populares

  • Sobre cómo eran los bailes en aquellos años y cómo la Iglesia ejercía un férreo marcaje sobre los mismos
12 Abril 2017

Terminada la Guerra Civil, la Iglesia católica, amparada por el régimen, ejerció una férrea disciplina sobre la moral de los españoles que habían andado descarriados durante algún tiempo y a la escasez de alimentos, combustibles, tabaco, etc, racionados, quiso añadir otro más: el baile, o “alegría del diablo”, que diría algún clérigo desde el púlpito.

El baile “agarrao”, como se decía entonces, era objeto de suma importancia para la jerarquía eclesiástica y no faltaban alusiones recriminatorias a él desde cualquier tribuna que se prestara. Recuerdo algún cartel con un demonio bailando con una muchacha recatada y el eslogan: ¡Diviértete de otra manera! Las pastorales de los prelados advirtiendo de los peligros y secuelas que dejaba el “agarrao” al juntarse el pan con las ganas de comer y el terrible pecado que cometían.

A pesar de los consejos, las advertencias y lo mal que lo iban a pasar, las mozas y mozos hacían caso omiso de los sermones parroquiales, se ponían sus mejores galas y cuando les dejaban -durante la cuaresma estaba rigurosamente prohibido- se entregaban al “deporte” del bailongo. Las chicas hacían más caso a su confesor y a sus madres que los chicos y utilizaban la técnica del codo apretado hacia afuera del hombro del danzante haciendo de barrera disuasoria para que corriera el aire. Una treta muy buena para que aflojara el codo consistía en disminuir la presión sobre la cintura durante un par de bailes y cuando se confiara apretar poco a poco, está artimaña no era tan buena si la perspicaz bailarina se percataba, ya que podías quedar plantado en mitad de la “pista” con el consiguiente sofocón o algo más.

Durante los años en que la doctrina político-religiosa impone unas normas restrictivas sobre los bailes y verbenas, estas no proliferan demasiado y hay que esperar a las fiestas patronales, alguna boda, bailes benéficos o alguna fecha muy significada, fin de año, etc. Y poco más.

Los bailes estaban pensados para un público con mayor poder adquisitivo y la “crema de la intelectualidad”.

He separado los bailes de las verbenas populares, ya que aunque muy parecidos no eran lo mismo. Los bailes estaban pensados, y así se hacían, para un público con mayor poder adquisitivo y la “crema de la intelectualidad”, que diría el chotis de Agustín Lara. El pueblo hambriento y desarrapado no se podía permitir el dispendio al carecer, en muchas ocasiones, de lo más imprescindible y, si alguno se atrevía a entrar, bailaba menos que un “zompo sin púa”. Días señalados como Nochevieja eran la excusa perfecta para ir al teatro Cervantes a lucir sus mejores galas o poder relacionarse; familias enteras con sus jóvenes en edad de merecer llenaban los palcos con las mesas bien surtidas de bebidas, a pesar de las cartillas de racionamiento. Una orquesta ejecutaría los ritmos y canciones del momento y todos brindarían por un año mejor que el que se había ido.

Con el buen tiempo -no siempre- llegarían las Fiestas de Primavera con sus Juegos Florales, su baile en honor de la reina y damas y que seguirán durante todas las fiestas, con una gran orquesta en la terraza “El Cortijo” junto al cine Rialto, o en la terraza Avenida. Algún cantante o vocalista amenizaría la velada. No se permite la entrada si no se viste decorosamente: americana y corbata o pajarita.

Como en Nochevieja, el público selecto hará gala de su saber estar y funcionarios, comerciantes, estraperlistas, gerifaltes, personal cualificado e individuos de medio pelo, que intentan congratularse con el nuevo régimen, harán juegos malabares ante el reto de los nuevos ritmos afro-americanos. La fiesta se alargaría hasta la madrugada, era gente de bien y orden y tenían permiso de la autoridad. Pocas ocasiones surgirían durante el año, si exceptuamos alguna boda o si marchaban fuera de la villa.

Las verbenas populares se diferenciaban de los bailes en la variopinta representación de la parroquia que acudía a ellas. La diferencia de clase no se notaba apenas y cualquier bailarín, desde el novato que está dando sus primeros pisotones hasta el más avezado “Fred Astaire”, podía demostrar su arte en cualquier superficie que le pusieran. Digo esto porque las verbenas se dieron desde la rotonda del parque, en pista de tierra batida, hasta las de la Plaza Mayor, en pista rápida, pasando por las de los barrios en cualquier superficie.

Las verbenas del parque gozaron de una gran aceptación; con el redondel bien regado, en una noche calurosa de verano, las mesas puestas para que, los que pudieran, gozasen de una paloma con un chorreón de jarabe de granadina, zarzaparrilla o limón bien fresquita, los ventanales del quiosco abiertos para que el mocerío se acercase a calmar la sed, provocada por el polvo que se formaba al secarse el piso… y las sardinas salás de la cena, pudiera o pudiese beber agua… del grifo… previo pago de un perragorda (10 céntimos de los de antes). Aquel “negocio” sirvió para que mi amigo Antonio y servidora mejorásemos en la práctica del dulce oficio de la danza: dábamos agua gratis a las mozas que bailaban con nosotros.

Durante la verbena, y a pesar de que todas las entradas al redondel estaban vigiladas, los mozos que no habían podido adquirir una entrada por escasez de fondos -las mozas entraban gratis- intentaban colarse corriendo por entre las plantas, ante un gran cabreo de los jardineros que veían cómo las cinias, las petunias y su trabajo, quedaba pisoteado por aquellos desenfrenados bailones. Los Municipales andarían buscando entre las parejas que se esmeraban en depurar su técnica para devolverlos a su lugar de origen. La orquesta “Ritmo” pondría las canciones del momento y a las doce en punto, final, con gran disgusto del personal que quería más, recogida de mesas y sillas para guardarlas en el palco de la música y hasta la próxima.

Pocos años duraron las verbenas en el parque, por su deterioro, se cambió su ubicación a la Plaza Mayor; se cortaban las bocacalles que daban acceso a la plaza, se situaba la banda de música en el altillo de la fuente, frente a la cuesta de la iglesia y ¡A BAILAR!

Para verbenas populares a precios ídem, las de la plaza. Aquí concurrían una gran variedad de aficionados al “dulce meneo” que sin hacer caso de los consejos que daba el padre Avellaneda sobre los efectos eróticos del baile “agarrao”: “El contacto prolongado de caras, pechos y vientres encierra enorme capacidad de las más graves excitaciones sexuales, cuyo fin lujurioso conduce al placer de la fornicación, completo e incompleto. El baile es el ejercicio público de la lascivia”. Estas recomendaciones no hacían efecto entre los parroquianos, que se las pasaba por los pantalones de pana y seguía aplicándose en el noble arte de la danza.

Los boleros, valses, fox-trot , tangos o chotis eran acogidos con entusiasmo, pero lo que verdaderamente hacía furor era lo genuinamente español: ¡Los pasodobles!

La Banda Municipal tenía un repertorio muy limitado en cuanto a música moderna y aún, a mediados de los cincuenta, podías escuchar alguna pieza que los más jóvenes no entendían lo que era: una mazurca o una polka podían sonar a mitad del baile, sin previo aviso y el desconcierto entre los primerizos se reflejaba en sus caras. Los boleros, valses, fox-trot , tangos o chotis eran acogidos con entusiasmo, pero lo que verdaderamente hacía furor era lo genuinamente español: ¡Los pasodobles! ¡Esa banda tocando “España cañí”, “Luminaria” o “Churumbelerías”, que las bordaban! Las parejas a paso ligero subiendo hacia la cuesta al compás del chim-pún, chim-pún, chim-pún, para luego bajar dando giros con la chica bien sujeta hasta la confitería de la plaza, donde podrían calmar sus ardores con una horchata fresquita, lejos de la “carabina”, que se habría quedado al otro lado de la plaza mirando pa’tos los laos.

Un compañero de “fatigas” bailaoras -estábamos en preparatorio de danza- cuando tocaban algo que se saliera del vals o el pasodoble siempre me preguntaba, ¿esta la sabemos? Siempre le contestaba lo mismo: tú dos pa’un lao y uno pa’l otro, no fallaba, muchos años después seguía con lo mismo. Las verbenas populares sirvieron de escuela para que muchos chicos y chicas aficionados al baile aprendieran a mover los pies con soltura, otros, demostrar lo aprendido y muchos poder acercarse a una mujer y viceversa sin que fuera pecado, a pesar de la moral impuesta por el nacionalcatolicismo.

Durante estos años se dieron verbenas y bailes en otros recintos, la terraza del parque (corral de las vacas), en el solar del antiguo matadero, hoy Sociedad Obrera, y en las distintas fiestas de los barrios: Casas Baratas, Báscula, calle del Cristo, Las Cruces, etc. El Rumbo, Salón Castilla de la calle del Cristo. Durante las navidades y año nuevo los bailes populares quedaban relegados a las cocinillas o algún local particular, con actuaciones de algún aficionado con su acordeón de dos teclados tocando “El Tirapepe” y poquito más.

Años más tarde abriría un nuevo local o salón de baile: el “Castilla Park”, pero esto ya es otra historia. La mítica sala se convertiría en el emblema de toda la comarca. Su historia más reciente nos daría para varios artículos por la dilatada trayectoria y las mil y una anécdotas que ocurrieron entre mediados de los sesenta hasta finales de los setenta, cuando la música enlatada invadió las discotecas relegando a la música en directo.

Por aquellos años el arzobispo de Sevilla, cardenal Segura, en una pastoral cuyo título es “Sobre los bailes, la moral católica y la ascética cristiana” condenaba el baile en estos impresionantes términos: “El baile es gavilla de demonios, estrago de la inocencia, solemnidad del infierno, tiniebla de varones, infamia de doncellas, alegría del diablo y tristeza de los ángeles”. Si el iracundo cardenal y sus fieles seguidores hubieran llegado a ver el ambiente de cualquier local con su coloreada bola de cristal girando y las parejas a menos de media luz, no sé qué habría dicho. Comparando el “agarrao” con la sicodélica danza de una discoteca de entonces, la excomunión estaba asegurada.

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