El viejo asilo

  • Historias de cuando Martinico era monaguillo en el asilo que, en aquel momento, estaba en la calle del Cristo
05 abril 2017

Me van a permitir que les hable de una experiencia personal que me impactó mucho durante mi niñez y adolescencia y que a pesar de los años transcurridos no se ha borrado de mi memoria.

Quiero contarles mis peripecias como monaguillo en el asilo de la calle del Cristo. Todo comenzó en la escuela con un concurso de catecismo, historia sagrada y liturgia y en la que fui seleccionado para representar a mi colegio junto con otros dos compañeros. Para mejorar nuestros conocimientos en la materia fuimos enviados al colegio religioso de María Auxiliadora donde las Salesianas de don Bosco se encargarían de que aprendiéramos todo lo relacionado con el oficio de acólito.

Tras dos meses de entrenamiento bajo la dirección de sor Juana nos dieron el visto bueno y el destino a elegir. Por cercanía decidimos que uno se quedara en el colegio, lo despidieron por poner más celo en las internas que en su trabajo, el otro eligió la parroquia, abandonando a los tres días por incompatibilidad con el sacristán y a mí me tocó el asilo que regentaban las Hermanas del Sagrado Corazón.

El mayor problema que encontré fue el de la hora de la misa diaria, ¡las ocho de la mañana en invierno y en verano! Aquella hora para un chiquillo de diez años era un sacrificio, pero esperaba que Dios me lo tuviera en cuenta. Día tras día, sin faltar ninguno, a no ser que cogiera alguna de aquellas enfermedades que había por la escasez y pobreza. El trabajo comenzaba cuando aún en la cama escuchaba el primer toque que lo daban las monjitas, vestirse rápido, lavado de cara y corriendo para llegar a dar el segundo a las ocho menos cuarto; el tercero llegaría cuando don Blas asomara por la calle, procedente de Ramón y Cajal y que podría ser a las ocho, ocho y media o nueve, dependía de la velocidad que el anciano sacerdote desarrollara. Este toque lo ejecutaba con un allegro fortísimo haciendo que el sonido a badil se escuchara en todo el pueblo y con algún vecino que no le sentaba nada bien el dulce tañido del campanillo a tan tempranas horas.

Don Blas llegaba con el sombrero calado hasta las cejas y su cigarro de picadura pegado a los labios, entraba por la puerta del asilo y se dirigía a la pequeña sacristía donde le estábamos esperando la Madre y el nuevo monaguillo para ayudarle a vestirse para la misa. Padre, este es el monaguillo que nos han mandado, dijo la Madre. Don Blas ladeó la cabeza al mismo tiempo que dejaba pegado la casi colilla en el borde del altarcillo de la sacristía y echándome un ojo dijo, Bueno, mientras yo sujetaba la casulla que se había de poner. Dándonos por presentados y bendecido.

Durante la misa lo pasé muy mal, pues entre los nervios de mi debut y el latín tembloroso del oficiante, que yo me esforzaba por entender, llegué a la conclusión de que aquella misa no había salido demasiado bien, aunque la Madre y alguna hermana dijeran lo contrario para darme moral. Una vez terminada y tras haberse tomado su ¿café? con leche, don Blas recogió la “pava” y encendiéndola con una vela salió con sus pasos cansinos hacia su casa. La Madre insistió en que tomara un ¿café? con leche, le mentí al decirle que ya había desayunado, me daba mucho repelús, me marché a casa, desayuné y salí corriendo para la escuela a contárselo a mis compis.

Durante los años (2) que estuve de acólito con don Blas nunca me engañó, ni me confesó, ni me nombró por mi nombre, siempre me decía Chico.

Durante los años (2) que estuve de acólito con don Blas nunca me engañó, ni me confesó, ni me nombró por mi nombre, siempre me decía Chico. Con él aprendí a comprender un idioma, que era arcaico y él contribuía a hacerlo aún más. Llegamos a estar tan compenetrados que con sólo mirarme sabía lo que quería decirme. Durante la misa mientras recitaba: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus… furfullaba, ¿cuántas hay? Yo miraba de reojo, mientras cambiaba el misal y contestaba, doce y las monjas. Sacaba las hostias justas, las repartía y ¡no fallaba nunca!

Las parroquianas -parroquianos pocos- se pasaban la misa con sus rezos y golpes de pecho y prácticamente eran “fijas”. Por la tarde volverían al manifiesto, novena o triduo, que de todo había durante todo el año. La novena a san Antón era de las más populares: se bajaba al santo de su peana y se colocaba en el altar mayor durante los nueve días que duraba. Durante algunos años después estuve ayudando a llevar al santo de la peana al altar y del altar a la peana y probé la leche en polvo de la ayuda norteamericana ante la insistencia de la Madre.

Estos años de monaguillo en el asilo me dejaron una marca de algo que no olvidaría durante toda mi vida. Cuando ahora veo las instalaciones modernas del centro me viene a la memoria aquella sala-cocinilla, oscura, húmeda, con su fuego de chimenea y los ancianos sentados alrededor, apretujados para caber todos y paliar los tiritones, con la puerta entornada para que entrara la corriente ya que la chimenea revocaba el humo y un frío de espanto se colaba desde el patio y la discusión que surgía continuamente: -¡Abre la puerta! -¡Más vale humo que escarcha! Hasta que llegaba alguna monja y ponía paz y orden: ”La culpa es del ayuntamiento que nos manda la leña húmeda”. El combustible para la chimenea que no tiraba bien, solía ser la poda de los olmos del parque y los paseos por lo que las ramas no estaban secas. La comida, dadas las circunstancias de la época, era justísima y de una calidad mejorable, ayudas de Auxilio Social, de particulares pudientes y del enorme esfuerzo de las Hermanas.

Era frecuente durante el verano ver a sor Teresa con su hábitos a las cuatro de la tarde y a cuarenta grados, acompañada de dos ancianas, con su carretilla recorrer las eras durante la trilla “recolectando” las dádivas que los agricultores tenían a bien donar, trigo, cebada, avena, lentejas o guijas vendrían bien para el próximo invierno. Esta monjita había estado en el asilo antes de la guerra y volvió al terminar. No fallaba durante todo el año en ir pidiendo casa por casa para sus ancianitos. Acabó andando a dos lados por el desgaste de los cartílagos quedando imposibilitada. Los cerdos que se sacrificaban en el asilo habían sido alimentados con las aportaciones y el sudor de esta murcianica pedigüeña.

Los cerdos que se sacrificaban en el asilo habían sido alimentados con las aportaciones y el sudor de Sor Teresa.

La Madre, así la llamaban todos los asilados y sus monjas, hacía honor a su nombre cuidando y vigilando cada detalle; su figura menuda destilaba paz, confianza y tranquilidad, había que verla lidiar con los ancianos, las hermanas, las autoridades y hasta con el monaguillo. Durante la fiesta del Cristo en el mes de septiembre, la chiquillería, arropada por algunos no tan chiquillos, se recorría todo el pueblo pidiendo leña para la hoguera que se haría a la noche frente al asilo. Se recogían muchas gavillas de sarmientos, pino, cepas, etc, que se amontonaban a las puertas del asilo. Al mediodía dejábamos la faena para la comida, ocasión que aprovechaban las mojas y algún anciano aprovechable para pasarse toda la leña que podían a la gavillera. Al llegar por la tarde para reanudar la cuestación le pregunté a la Madre que si había visto a quien nos había mangao la leña. La Madre, con una media sonrisa y su tono persuasivo me contestó: “Se ha pasado dentro porque había mucha y corría el peligro de que las llamas alcanzaran los cables de la luz que cruzan la calle, además de que los sarmientos y las cepas arden mejor que el ramaje que nos manda el alcalde, por lo que los ancianitos nos quedarían muy agradecidos y santa Rita velaría por nosotros”. Amén, le contesté y me fui p’al tajo.

Sor, o mejor, Madre Esperanza recibió un homenaje durante unas fiestas del Cristo, se le regaló una placa, que agradeció con lágrimas sentidas, contagiándonos a todos los presentes. Creo que cuando se demolió el viejo caserón para hacer la nueva parroquia se llevaron la placa al nuevo asilo-residencia.

En unos años en los que la miseria, la escasez de lo más imprescindible y el hambre solía ser cotidiano, depender de la caridad suponía un reto casi imposible. Las Hermanas del Sagrado Corazón con su Madre al frente sacaron adelante a muchas personas sin recursos, sin pensiones y sin amparo; que en aquellas condiciones extremas pudieran subsistir ya suponía un milagro. Siempre recordaré aquel asilo con su chimenea revocando el humo, sus viejos taciturnos, su capilla oliendo a incienso por las tardes y la labor impagable de aquellas santas mujeres que se dedicaron a cuidar de los más desamparados en unas condiciones de penuria.

Notas: Un anciano, decían que estaba loco, me explicó el significado de los nombres de los cines del pueblo: “el Rialto significaba un río alto, Avenida, por una gran calle con muchos árboles y Cervantes por ser el apellido de don Miguel, autor de don Quijote de la Mancha y al que se conoció por el Príncipe de los Ingenios”. Se lo llevaron al manicomio porque era peligroso, se llamaba Benito.

Durante la comunión se acompañaba al sacerdote, en un lado el monaguillo con el platillo por si se caía alguna sagrada forma y en el otro una monja o asilada con una palmatoria con su vela encendida. En una ocasión, la hermana distraída que portaba la palmatoria se acercó tanto a una devota que comulgaba que le chamuscó el pelo. Fue la única vez que le vi una sonrisa a don Blas.

La primera y última vez que cobré algo ocurrió en una misa de difuntos pagada, y que la señora de la alta sociedad que la encargó me dio una propina de ¡un duro! Con este capital pude comprarme cuatro cuentos, dos de “El Guerrero del Antifaz” y dos de “Pulgarcito” para ver a “Carpanta”.

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