Vivan los novios (bodas señoronas)

  • La última entrega de la trilogía de las bodas rodenses de los años 50
Foto: malojavio
22 marzo 2017

Noviembre de 195… Se ha recogido la cosecha, la vendimia no ha sido mala y el azafrán está por las nubes. Los malos augurios de don Mariano Castillo en su Almanaque Zaragozano no se han cumplido, razón por la que, unos por propietarios y otros por proletarios, piensan en lo mismo: ¡La boda!

Largos años de noviazgo, la moral imperante y las restricciones severas de todo tipo -algunos no- habían creado en las parejas jóvenes un encendido fervor por el santo matrimonio. Amén.

Las bodas se distinguían por la capacidad económica de los candidatos a engrosar en el sindicato (vertical) matrimonial y que a la sazón eran, por orden de importancia y repercusión en la villa: boda señorona, boda de medio haldón y boda por lo pobre, que eran las más corrientes, ateniéndonos a las circunstancias que concurrían en aquellos “maravillosos” años de paz y prosperidad bajo la mente prodigiosa de nuestro etcétera, etcétera.

Las bodas señoronas, muy limitadas durante casi dos décadas por las estrecheces, el racionamiento y la escasez de trabajo, hacían muchas veces de barrera casi insalvable y de no darse la conjunción de que los contrayentes gozaran de posibles, resultaba muy costosa…, pero alguna había.

Una boda de estas características -siempre al mediodía– por escasas, era un acontecimiento social en “La muy Noble y muy Leal Villa de La Roda”. Hasta el domicilio de la novia y a la puerta de la iglesia se acercarían muchas mujeres para envidiar, unas, para criticar, otras, el lujoso vestido blanco inmaculado con larga cola y velo de tul ilusión. Dos niñas monísimas haciendo juego, según la madrina, portarán las arras.

El novio, de etiqueta, recogerá a su futura esposa y marchará en automóvil junto a los padrinos hasta la Iglesia, donde le espera el sacerdote revestido para la solemnidad. Misa, comunión, entrega de las arras de plata, el coro de las monjas que canta y el armonio que se marcará la marcha nupcial de Mendelssohn con algunos desafines -Pedro el sacristán y Dª Carmen no eran unos virtuosos del instrumento– y la comitiva nupcial que sale a las puertas del templo a recibir a los recién desposados al grito de: ¡VIVAN LOS NOVIOS!

Un invitado lleva en la mano un saquito con arroz del racionamiento y pretende lanzarlo (lo había visto en una boda de Valencia, dice), otro que está al lado le recrimina el derroche, diciéndole que está prohibido y que si lo tira lo pueden fusilar… provisionalmente. Desiste y deja el talego al sacristán: “para los pobres, Pedro”.

Desfile alegre y solemne hacia el Teatro Cervantes y lunch, así lo decía el tarjetón de la invitación, parecía que decir almuerzo no era demasiado chip. ¡Si eres español habla en español, coño! Lunch con bocadillos selectos, salchichón del bueno, jamón curado en casa, aperitivos con conservas de Galicia, vermut, cerveza, refrescos, champán y cat, creo que se llamaba así, la bebida que consistía en una cuerva con extras: cava, vermut, algún licor espirituoso y frutas variadas del tiempo o en almíbar. Esta mezcla fresquita entraba suave pero calentaba con rapidez. Todavía no se había inventado el “Tócame Roque” del Castilla Park.

Enormes tortadas (tartas) cerrarían el banquetazo acompañadas de la correspondiente sidra-champán El Gaitero, “famosa en el mundo entero” y licores del momento: coñac Magno, anís Marie Brizard, Calisay, Licor 43 y licor ¡Beso de Novia! Todo ello servido por camareros uniformados. Pequeño descanso para tomar café en el bar de la Sociedad de Socorros Mutuos “La Caridad” mientras quitan las mesas y adecentan el patio de butacas para el consiguiente baile. La orquesta “Ritmo”, que ha estado amenizando el lunch, entona con suavidad “El Danubio Azul” y los recién casados hacen gala de que el vals es lo suyo. Les siguen los padrinos y a continuación los invitados forman un remolino desenfrenado en “a ver quién lo hace mejor”. La “juerga” continuará hasta que se acabe el cat.

Notas: El párroco asistirá a la comida para bendecir la mesa, según dijo. Los flamantes desposados partirán vía Valencia donde embarcarán con destino a Palma de Mallorca y disfrutar su luna de miel. Durante algún banquete de estas características en el salón “Castilla” se dieron casos de coincidir con la salida de los chicos que venían de Auxilio Social, de una degustación de lentejas, y que se esperaban a ver si caía algo por alguna de las ventanas del salón. Al terminar el banquete era costumbre obsequiar con una gran bandeja de pasteles y tarta a los viejecitos y las hermanas del Sagrado Corazón que cuidaban de ellos en el asilo de la calle del Cristo. Desde el salón al asilo, no llega a 80 metros, alguna señora caritativa y olvidadiza de la falta de comida que se padecía, llevaba un enorme bandeja con los dulces sujeta con las dos manos, cuando del grupo que la seguía saltó un perillán que al grito de ¡dame argo! le dio un manotazo a la bandeja, saltando los pasteles por el aire sin que muchos de ellos llegaran a caer al suelo. La atribulada señora, entre sollozos, no dejaba de acordarse de los familiares mas allegados de aquellos desalmados. A partir de algún episodio más, siempre que salían con los pasteles, tres o cuatro machotes acompañarían a la portadora, cuando no, los Municipales.

Otra “diversión” consistía en sacar a la puerta del salón una bandeja o cubo con las sobras del banquete, trozos de tarta a medias de comer, bocadillos empezados o solo el pan y dejar que la chavalería pudiera meter las manos y comérselo a almorzás entre el regocijo y el jolgorio de sus benefactores que, en su bienintencionada acción, creían hacer una buena obra de caridad. Muy de moda en aquellos años de miseria y sobretodo, ¡HAMBRE!

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