Bodas de medio haldón

  • Las bodas de “medio haldón”, eran un quiero y no puedo, o ni rico ni pobre, que dirían los novios
Foto: josealoly
15 marzo 2017

Las bodas de “medio haldón” eran un quiero y no puedo, o ni rico ni pobre, que dirían los novios. Los menús podían ser de lo más pintoresco y variado, igual que los contrayentes; estos estaban capacitados para salirse del patrón ya que la novia dispondría de más opciones: vestido blanco -con o sin cola-, traje de chaqueta oscuro con sombrero o casquete o vestido un tanto elegante con algún tocado en la cabeza. El novio, por su parte, vestiría con traje cruzado, media etiqueta o esmoquin.

El ritual no cambia: novio y madrina con teja y mantilla, que van a casa de la novia donde está esperando con el padrino encorbatado y una flor en la solapa. Unas veces en coche, otras andando, llegarán a la iglesia. Ceremonia con misa si es por la mañana y más recatada en la sacristía si se celebraba por la tarde; fotos a la salida del templo y marchando para el “Salón Castilla” a dar buena cuenta del convite.

Las bodas del mediodía contaban con un menú especial: aperitivos variados, patatas fritas, cortezas, almendras, un bocadillo de salchichón, otro de mortadela y pasteles, todo ello regado con cerveza o cuerva, mejorada con un botella de vermut; puro para el macho adulto y bolsita de caramelos a las señoras, señoritas, niños y niñas. Baile con orquestina o dúo, acordeón y batería.

La mayoría de estas bodas se celebraban por la tarde y, al llegar al salón de la calle del Cristo, el invitado se podía encontrar con uno de los menús tradicionales: chocolate con rosca, chocolate con bollos (uno) o chocolate con churros y ¡cuerva! En los tableros, cubiertos con sus manteles de cuadros y a lo largo del local, se habrían puesto las roscas repartidas estratégicamente para que los invitados sentados frente a los vasos (dos) esperaban que fueran llegando los allegados repartiendo el chocolate y las jarras de la cuerva.

Las otras dos modalidades, bollos o churros, el proceder era el mismo, con la salvedad de que los churros los habían hecho el día anterior o por la mañana del banquete. En alguna ocasión lanzaban algún churro a los chiquillos por la ventana y, como no lo cazaras al vuelo, podía causarte lesiones de consideración, aquello era un proyectil de gran calibre. Algunos los cogían al rebotar en la calle, y eso que entonces estaba sin asfaltar y la tierra amortiguaba el impacto.

Las huellas de la boda quedarían reflejadas en las aceras, esquinas, fachadas y rincones. La mezcla de la cuerva, el chocolate y los churros produce una reacción química que hace que salga por donde entró, con una violencia, que las aleluyas de los quintos con sanguina del Domingo de Resurrección eran grafitis artísticos comparadas con las chafarrinadas que dejaban constancia de que se había celebrado una boda de medio haldón.

Baile tarde y noche con asistencia de “invitados” que se colaron y despedida con la marcha “Valencia”.

Notas: las vecinas de las calles cercanas estarían intentando quitar aquella de un color imposible.

En muchas de estas celebraciones los proveedores del banquete, el sastre, la modista, los músicos y el dueño del salón, tendrían que hacer diversas visitas a los recién casados para reclamar sus honorarios. Muchas veces con escaso éxito.

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