Los Paragnostas IV (cap. 4)

  • Cuarto capítulo de la cuarta parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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4

Cuatro

Cuatro personas buscando respuestas. El pequeño gabinete que les acogía no dejaba de parecerles una más de las múltiples cárceles que habían ocupado en las últimas horas. Víctimas de una enrevesada trama, no eran todavía conscientes de que su aportación a la misma era de importancia crucial para sus captores. El férreo vínculo telepático que les unía se veía ahora minimizado por el muro de ego que cada cual levantaba para preservar sus pensamientos. En su fuero interno, debatiéndose en una encarnizada batalla entre racionalidad y creencias, buscaban una interpretación a las convulsas experiencias compartidas.

Asomado a la ventana, Hugo Márquez reconoció, entre tejados y pináculos barrocos, la silueta del obelisco que dominaba la Plaza de San Pedro. Lamentaba no tener un pitillo a mano para calmar su inquietud. Se volvió y lanzó un primer dardo a uno de sus acompañantes:

Padre, supongo que usted podrá explicarnos qué demonios hacemos aquí, ¿verdad? Sus jefes se han tomado muchas molestias para atraernos a su madriguera.

A pesar del tono áspero empleado por Hugo, Rick Masso mantuvo una aparente calma, sin modificar la velocidad de giro de los pulgares sobre sus dedos entrelazados. Cruzó una mirada con su hermano —la última vez que lo vio estaba sumergido en aquel tanque de agua helada—, observó como la muchacha se removía en su asiento en el ángulo contrario, exhaló prácticamente todo el aire de sus pulmones y, tras una nueva bocanada, replicó al pintor:

¿Por qué piensa que yo tengo más conocimiento que usted sobre lo que está pasando? Somos víctimas de las mismas artimañas y mentiras.

No me lo creo. Seguro que usted sabe algo. Nunca me he fiado de los alzacuellos. Y mucho menos ahora que muestran interés por mis «visiones».

¡Deja en paz a mi hermano, idiota! —Rugió Jack en defensa fraterna—. No tienes ni idea de lo que esta gente se trae entre manos.

¿Y tú sí, grandullón? —Por momentos la tensión fue creciendo entre ellos. —Pensaba que tú eras el más zoquete de los dos, pero lo mismo estaba equivocado.

Jack tensionó todos los músculos de su cuerpo, retrotrayéndose a momentos de su infancia en los que compañeros de colegio pretendían burlarse de él. Dominado por la ira, dio un paso al frente con tal ímpetu que las viejas tablas crujieron con estrépito.

La mudez de Martha dio paso, repentinamente, a un aluvión de sentimientos.

¡Parad, por favor! —profirió desde lo más profundo de su ser— ¿Tan estúpidos sois que no os dais cuenta? Tenemos tanto miedo como aquellos que nos han traído hasta aquí. Cada uno de nosotros tiene una «habilidad» que les interesa. Y ahora ya sabemos lo que somos capaces de hacer cuando estamos todos juntos. Así que vamos a darles lo que quieren —acto seguido se desmoronó, y terminó diciendo entre sollozos: —Yo sólo quiero volver a casa.

La fragilidad de Martha conmovió a sus compañeros. Hugo reprimió un primer impulso y evitó aproximarse a la muchacha para consolarla, temeroso de ser rechazado una segunda vez. Fue Jack el que tomó el relevo.

Yo no estoy dispuesto a pasar por el mismo trance dos veces, y tampoco dejaré que te obliguen a hacer nada contra tu voluntad —le dijo mientras sujetaba sus sienes con ambas manos, en un gesto tan tierno como impropio de su tosca apariencia.

Conmovedor —replicó Hugo irónico. —Ya tienes tu paladín, Martha.

Rick terció de nuevo antes de que su hermano contestara a la provocación.

No creo que esto nos beneficie a ninguno, así que será mejor que nos calmemos y analicemos lo que nos ha pasado, aunque todavía desconozcamos el por qué hemos sido cobayas y las razones que pudiera tener la Iglesia para este odioso experimento.

El párroco omitió hacer mención a sus miedos más íntimos, sabedor de que una sombría amenaza se cernía desde un lugar tan lejano como ignoto.

Ni me conocéis ni os conozco de nada —volvió a la carga Hugo—, pero no creo que estemos juntos por azar. Tiene que haber algún plan trazado por una mente retorcida, y creo saber de quién fue idea.

No hubo tiempo para más conversación. En ese mismo instante, los goznes chirriaron anunciando el final de su espera. El padre Rolando hizo acto de presencia en la sala, mostrando su habitual sonrisa lepórida.

Lamento mucho la demora, señores. Su Eminencia les aguarda. Por favor, pasen.

En fila india franquearon la puerta, silenciosos. En la estancia, abigarrada como todos los despachos vaticanos, les esperaban los cardenales Kolakowski y Tadeuz —siniestro binomio— que antes de pronunciar palabra alguna, alargaron sus sarmentosas manos hacia Rick, a la cabeza de los cuatro. A fin de no ser llamado al orden por irreverente, besó a regañadientes los pulcros anillos cardenalicios.

Estimados amigos, les agradezco mucho su paciencia. Sé que les debo una explicación, así que, por favor, tomen asiento. Intentaré aclarar todas sus dudas —apuntó Tadeuz, en tono conciliador.

Una vez acomodados, fue Martha la que, con ánimos renovados, tomó la iniciativa reivindicativa.

Padre, o Monseñor, o como se diga, antes de que nos suelte su perorata, exijo saber dónde y cómo está mi marido.

Sin cambiar el gesto, Tadeuz pasó la mano por su tonsura, y replicó a la muchacha.

Joven Martha, qué ganas tenía de conocerla. Me han contado maravillas de usted. Sin duda tiene un don, y eso nos será de gran ayuda. Pero no tiene de qué preocuparse; el señor Dudka está perfectamente, y muy cerca de aquí. ¿Sabía que Leo pensó en su juventud en tomar los hábitos? Así nos lo ha contado su párroco, del que fue monaguillo.

El dato biográfico era desconocido por Martha, pero en ese momento le era totalmente irrelevante.

¿Y qué más da eso ahora? Me separaron de él a la fuerza, ese maldito médico también está en la trama, ¿verdad? ¡Cuando salga de aquí pienso poner todo esto en conocimiento de las autoridades!

Tan pronto aclare cuál es la situación, yo mismo le presentaré al comisario Ferrigno para que le cuente lo que quiera. O, si lo prefiere, le pondré en contacto con el mismísimo Ministro de Justicia. Aldo, qué gran persona, y qué magnífica familia la suya, muy devota y comprometida con la Iglesia.

Estaba claro que los tentáculos del Vaticano se extendían por todos los rincones, Tadeuz así se lo dejó de claro a Martha y a los demás, de forma sutil, pero contundente.

¡No tienen ningún derecho a retenernos contra nuestra voluntad! —objetó Hugo—. Por mucho que ahora nos diga que «era necesario» o que «el fin justifica los medios». Sólo los criminales actúan así, y no una institución que dice ser piadosa con el prójimo.

Señor Márquez, le recuerdo que yo mismo solicité su colaboración, pero no fue sensible a mi petición. Cuando entienda la importancia del asunto que nos ha traído aquí, se dará cuenta del error que cometió. Su ayuda es imprescindible para esta misión.

¿Misión? —preguntó Rick. —Perdone, Eminencia, pero ya estoy harto de tanto misterio. Nos ha raptado y retenido, se trata de un delito, y usted lo sabe. Luego nos pide colaboración, pero, por lo que veo, el único discurso que conoce es la coacción. Ahora se saca de la manga una misión… ¿Y pretende que nos fiemos de usted?

Padre Masso, le ruego acepte mis disculpas. Está en lo cierto, lo confieso. Pero en su caso y en el de su hermano no teníamos alternativa. Si hubieran sabido la clase de experimento que pretendíamos hacer con ustedes nos hubiesen tildado de locos. Sin embargo, ya ve que acertamos. Sus dones nos han brindado una información crucial para el éxito del plan.

¿Pero a qué plan se refiere?¿Nos lo va a contar de una vez por todas? —gruñó Jack, que hasta ahora se había mantenido expectante.

Una misión que si fracasa supondría el fin de la humanidad.

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