¡Que salga el cine!

  • Cómo vivía la muchachada de La Roda el acudir el domingo por la tarde al cine durante la década de los 50
Caravana de mujeres, película dirigida por William A. Wellman en 1951
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01 marzo 2017

Pongamos un domingo cualquiera del invierno de mil novecientos cincuenta… y pico.

Después de una noche abrigado con todo lo disponible que se pudiera utilizar para combatir el frío, la primera misión después de quitarte las legañas congeladas, a manotazos, con agua caliente que había preparado tu madre junto a las sopas de pan con leche, es salir corriendo hacia la marquesina del Bar Molina.

Cualquier pre-adolescente de aquellos años no podía ir a otro sitio. Allí se encontraban los grandes tableros donde se exponían, junto a los afiches, los “cuadros” de las películas que se proyectarían en sesiones de tarde y noche durante el domingo en los cines de la localidad: Rialto, Avenida y Cervantes.

Durante un buen rato estaríamos frente a los fotogramas, intentando desvelar las escenas que podían suceder o que nos gustaría que sucedieran. La “peña” ha decidido por casi unanimidad ir al Rialto que ponen una del Oeste y trabaja Robert Taylor: “Caravana de mujeres”.

Es casi la una del mediodía cuando bajan de misa de doce. Los de Acción Católica con sus abrigos y gabardinas resplandecientes, ellas y ellos. Los de la contrarreforma a la espera de que “Sardina” y Bernardo comiencen a repartir los anuncios de las cintas que van a poner. Comienza el reparto: “anuncio pa’ la señora elegantona, otro pa’ el caballero encorbatado, otro más para el hijo del señorito”. ¡Dame a mí uno, Herminio (Sardina)! Calla nene, a ver si sobran. Bernardo me da el del Avenida, casi de lástima. ¡Joer, que repartían los anuncios como si fueran billetes de 500 euros!

Al fin cae el del Rialto y pienso que si hay suerte hasta lo puedo tener “repe”, tu padre pasaba por allí y creo que le han dado alguno más. La gente de “butacas de patio” ha ido a retirar sus entradas numeradas que Amador el taquillero les ha reservado. Hora de volver a casa, sacar la caja de zapatos y guardar las piezas junto a la centena larga de capturas y regalos que atesoras; comida de cuchara -hace mucho frío-, el postre junto a los amigos en el sitio de costumbre: marquesina del Bar Molina junto al tablón de los “cuadros” del Rialto.

Cuando llega tu turno, sacas las entradas previo pago de las 2,10 pesetas. Los 10 céntimos adicionales son el impuesto revolucionario para las fiestas patronales.

Casi dos horas antes del comienzo de la peli ya estábamos a la cola esperando que la mujer de Amador abriera la taquilla de General y Preferente o Palco (las dos filas delanteras del gallinero, numeradas). Cuando llega tu turno, o el de algún compi, sacas las entradas previo pago de las 2,10 pesetas. Los 10 céntimos adicionales son el impuesto revolucionario para las fiestas patronales, solo cabe esperar que las puertas se abran.

Llegó el momento, los porteros con sus abrigos y sus gorras de entorchados y cordones van dejando pasar a los generalistas que empujan con arrojo y que hacen que se persone la autoridad municipal a implantar el orden. Apenas ponemos un pie dentro, emprendemos una veloz carrera hacia el gallinero –Paraíso le llaman los capitalistas-. ¡El primero que llegue que coja sitio pa’ la pandilla! ¡En el último banco, cómo siempre!

Plegado del abrigo en espiral hasta convertirlo en un cojín donde sentarte para poder ver mejor sin tener que mover la cabeza de un lado a otro. No te quiero decir na’ si das con un cabezón en el banco delantero. El personal se aprieta cada vez más y cuando parece que ya estamos como piojo en costura aparece una linterna con Matías el acomodador detrás y acomoda: “Venga, hacer un lado que otros cinco entran”.

La voz engolada de Matías Prats nos cuenta cómo se inauguran los pantanos con arte marcial. A mí me da que esto lo he visto antes…

Tres señales de apaga-enciendo las luces y a la tercera alguien que pide ¡Silencio! Sale el haz resplandeciente por la tronera junto al murmullo y la cabecera del NO-DO, de hace por lo menos dos meses. La voz engolada de Matías Prats nos cuenta cómo se inauguran los pantanos con arte marcial. A mí me da que esto lo he visto antes, ¿el mismo artista exclusivo y el mismo decorado?

Comienza la película entre un ruido de pipas cascadas, el motor del proyector e incluso las conversaciones de los operadores que hablan a gritos. Se escucha el llanto de un tierno infante y el consiguiente: ¡Que le den teta! Murmullos…, y la madre tiene que salir al pasillo a consolar a su retoño: ”Si es que no se pué venir con críos al cine”, murmura.

Conforme avanza la película, el calor o la calor de la calefacción y el humano va subiendo hacia arriba, hasta alcanzar el último banco y una temperatura de ¿40? grados o más. Aquello parece un tendido de sol a las cinco de la tarde y sin agua.

Cuando sale el The End -fueron las primeras palabras que aprendimos de la pérfida Albión- y a uno de la panda al que siempre hay que despertar le preguntemos por la cinta, nos dirá con voz adormilada: “Ha estao muy entretenía, como siempre”. Corriendo para no enfriarte y al llegar a casa las espinacas con huevo calentitas, como siempre.

Cuando cierras los ojos entre las mantas ves desfilar a los vaqueros, los romanos, los marines americanos o Robín de los Bosques con Gene Kelly cantando bajo la lluvia acompañados de Estrellita Castro y Angelillo con “Mi Jaca”, King Kong y el hombre invisible.

Cartel de GIlda (Charles Vidor, 1946)

Lo mejor va a ocurrir al día siguiente en el recreo de la escuela. Los cuatro amigos que juntamos “anuncios”, con los “repes” escondidos entre la camisa (pa’ que no nos pille don Juan, el Maestro), detrás de la báscula municipal, regateando en el trato y trueque de aquellas octavillas con los nombres de nuestros ídolos: Te doy “Caravana de mujeres” y “Locura de amor” por “Gilda”. Si me das “Casablanca” te doy a la Rita Jaibor. Es que esa no la tengo “repe”. Se nos pasa el tiempo enseguida y tenemos que volver a meternos los “anuncios “ donde don Juan no pueda llegar. Al salir seguiremos tratando y hablando sobre la Beti Davis, Gary Coper, Clargable, Aurora Bautista, Lana Turner, Cantinflas, John Vaine, Charlot o James Esteguart. (Pronunciación correcta de aquellos años).

Los anuncios nos hacían conocer mejor a directores, actores, actrices, productores, músicos, etc. Alguna vez pensé qué razón había para que no dieran “anuncios” del NO-DO. Habrían de pasar algunos inviernos más para descubrir que no le hacía falta publicidad alguna. “Por orden de la autoridad competente era obligatorio su exhibición para mayor gloria de nuestro invicto Caudillo en todas las salas del territorio nacional. El mundo entero al alcance de todos los españoles”.

PD: En alguna sesión, los generalistas no estaban en silencio y aparecía la linterna con una voz detrás: “ de aquí p’allá a la calle”. Cualquier parecido con la realidad es la pura verdad.

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