Pan y toros

  • Siempre se ha dicho que la gente de La Roda no era muy taurina, que más que el toro les tira el cordero. Martinico cree lo contrario, a fin de cuentas siempre ha sido de la oposición permanente
Juan Montero, a la izquierda, y Pedro Martínez González "Pedrés"
22 Febrero 2017

Siempre se ha dicho que la gente de La Roda no era muy taurina, que más que el toro les tira el cordero. Martinico cree lo contrario, a fin de cuentas siempre ha sido de la oposición permanente. Mucha de la culpa la tienen las empresas que han pasado y que han conseguido que el aficionado se aburra, harto de que le tomen el pelo.

A mediados de los cuarenta y hasta bien entrados los cincuenta, la fiesta de los toros gozaba del favor del público, por lo que en las novilladas con picadores la plaza siempre albergó muy buenas entradas, no digamos en las becerradas y festejos populares con carteles locales.

Por la plaza, aún sin acabar, pasaron los hermanos Bienvenida, Litri y Aparicio, Montero y “Pedrés”, “Chicuelo II”, Paco Corpas, Cascales y otros muchos novilleros punteros de aquellos años de escaso poder adquisitivo.

Aquí nos vamos a recrear en las “corridas” con diestros y siniestros locales y que gozaron de una gran aceptación, por lo que se prodigaron bastante durante aquellos años.

Los éxitos alcanzados por los toreros que actuaban durante las “Fiestas de Primavera”, y sobre todo los de la pareja albaceteña, Juan Montero y Pedro Martínez “Pedrés”, que se placearon en nuestro coso, bien de becerristas, novilleros sin caballos y de primeras figuras en el escalafón con picadores. Esto hizo que muchos mozalbetes cogieran el gusanillo y soñaran con aprender el arte de Cúchares, la mayoría de ellos querían ser toreros, no ver en letras de imprenta sus nombres pegados en los carteles. Afición y empeño por llegar a ser figura y poder salir de la cartilla de racionamiento.

Afición y empeño por llegar a ser figura y poder salir de la cartilla de racionamiento.

En las primeras becerradas que se organizaron, los “valientes” salían a evitar los revolcones y poco más, salvo honrosas excepciones. Cabe resaltar de esta época la “faena” que le endilgó “Piejo eléctrico” a una vaquilla y que, tras muchos revolcones y topetazos, pudo dar con ella en el desolladero. La parroquia pedía las orejas y el rabo y el padre (era esquilador) del “figura”, que se encontraba por allí, se volvió a la presidencia diciendo: “Mejor la corá frita con ajos que hay que cenar”. Años de racionamiento, estraperlo y mucha ¡HAMBRE!

Vamos a recordar a las “grandes figuras” que lidiaron en nuestra plaza y que compartieron tardes de gloria junto al sufrido público asistente. Al mencionado “Piejo eléctrico” le siguieron algunos de su época, “El Gafas”, “Chelilla” y otros de reciente cuño, “Sevillanito”, “Plumerito de la Mancha”, “Paterna”, “El Gordito”, “Rafaelillo” y algunos más que no recuerdo, todos ellos acompañados de sus correspondientes cuadrillas de banderilleros (locales) y un director de lidia que vendría de Albacete: Barberillo de Albacete, Valeriano de la Viña, “Pinturas” y algún otro ejercerían su magisterio.

Pronto se establecería una competencia entre dos jóvenes que si querían ser toreros, “pa’comprarse un cortijo” y “pa’ser alguien en la vida”. Si en la capital tenían a “Potaje” y “Pedrés” (Potaje era el mote de Montero), ¿por qué en la villa no podíamos tener otro dúo, “Sevillanito y “Plumerito”?

Todo comenzó una tarde en la que alternaban los dos con un “veterano”: ¿”El Gafas, “Chelilla”? Da lo mismo, la plaza se había llenado pensando en la rivalidad de los dos aspirantes a matador. El Presidente enseña el pañuelo y comienza el espectáculo. Un mozo a caballo se coloca delante de las cuadrillas y los espadas comienzan el desfile en mangas de camisa, el más antiguo cubierto y los neófitos, uno con la gorrilla en la mano, el otro con un sombrero de ala ancha de la misma guisa, todos con los capotes de brega sobre los hombros y al compás de “Pan y toros”.

Lucio Mondéjar “Sevillanito”, con su sombrero cordobés ligeramente ladeado, destaca por su porte y su figura erguida y altanera, su rostro es serio a la vez que agradable. Nunca más he visto hacer el paseíllo con tanta majestuosidad y garbo cómo “el molinero de la fábrica de harinas de la estación”. Faena con altibajos -más bajos que altos–, algún achuchón, revolcones, alguna verónica enjundiosa, naturales con sabor y muchos pinchazos. Una oreja, pa’que pueda dar la vuelta al redondel, lucir su palmito y que no decaiga su afición.

Le toca el turno a Nemesio Espinosa “Plumerito de la Mancha” (“Arte y valor”, reza en los carteles). Suenan clarines y timbales. Bueno, a decir verdad, una trompeta y la caja y el bombo de la Unión Musical Rodense. “Plumerito” corre con decisión hasta situarse cerca de la puerta de toriles, pega las rodillas a la arena y despliega su capote sobre ella cual alfombra para recibir a la vaquilla. El torilero mira alrededor y a la orden del diestro corre el cerrojo del portón. Unos segundos… Sale como una exhalación la cornúpata, sin reparar que enfrente hay un valiente. “Plumerito” tira del capote y le sale una larga cambiada-afarolada-revolera, la vaquilla se lleva por delante al temerario mozo y sigue su camino; rápidamente se incorpora y se va a por ella, justo en la boca de riego vuelve a colocar las rodillas sobre la arena y cita: ¡EH! VACA, ¡EH! El animal atiende los requerimientos y se va a toda velocidad a por el atrevido. Esta vez el farol alumbra y la parroquia de la solanera rompe el silencio con una gran ovación que contagia a los sombreados.

El director de lidia le va aconsejando los terrenos favorables y el futuro diestro, entre revolcones, va aprendiendo las primeras lecciones del oficio. Estocada y descabello a la primera que hace que el público puesto en pie pida los máximos trofeos. El presidente contagiado los otorga, ¡dos orejas y rabo! El espada que abría la terna cumplió con mucha veteranía demostrando estar más “placeao”, según el gacetillero de la época.

Al otro día, la peluquería “La Madrileña” era un hervidero. Los aficionados se acercaban a felicitar al dueño, que había sido uno de los más entusiastas organizadores.

Al otro día, la peluquería “La Madrileña” era un hervidero. Los aficionados se acercaban a felicitar al dueño, que había sido uno de los más entusiastas organizadores. Los cabales frecuentaban este local y comentaban los lances del festejo: “Sevillanito” tiene un garbo y ha dado una verónica (una) con una pureza que… “Plumerito” ha demostrado que tiene un valor casi suicida y no le falta arte… Según el maestro barbero “Angelillo”, lo de “Plumerito” eran “mantazos sin ton ni son”. La polémica está servida y la rivalidad establecida, la afición dividida y el momento es bueno para que las actuaciones de los dos “rivales” se prodiguen.

Hay que profesionalizarse, se buscan apoderados y hay que ir a la plaza bien vestidos. Don Arturo Sandoval se hace cargo de “Plumerito” y le facilita un traje corto “a medida”, que paga, “para luego cuando triunfe ya se lo descontará”. “Sevillanito”, más exigente, después de mirar y remirar las fotos de “El Ruedo” se decide por uno: igualito al que lleva “Gitanillo de Triana”, le dice al sastre que confeccionó los dos trajes camperos.

Festejo extraordinario. Los dos “matadores” con sus vestidos de estreno hacen el desfile entre la expectación del respetable. Ni qué decir de “Sevillanito”, con su vestido a lo “Gitanillo de Triana”. Los dos resultan cogidos varias veces y los ternos quedan con algunos desperfectos, que tienen arreglo con aguja y dedal. Tengo que reseñar de este festejo un incidente: estando “Plumerito” intentando cuadrar a la vaca para la suerte suprema, uno de sus subalternos corrió de un burladero a otro por fuera del callejón, el animal fijó su atención en él y se fue raudo a ver qué quería, con el consiguiente disgusto del “maestro”, que, sin pensárselo dos veces, siguió el mismo camino pero por dentro del callejón, acabando los dos en el ruedo, el banderillero delante y su jefe detrás, con el estoque en alto, entre el regocijo general.

Durante algún tiempo siguió la rivalidad, hasta que “Sevillanito” comprendió que para ser torero no era suficiente hacer el paseíllo con suma elegancia, había que tener valor y él carecía de esa virtud. “Plumerito de la Mancha” siguió toreando vestido de luces en algunos pueblos, novilladas sin picadores y festejos, hasta debutar con picadores en la plaza de Albacete, sin el éxito esperado. También debutó en la plaza de las Ventas de Madrid… esta vez como espontáneo.

Mención aparte merece José Fabuel “El Gordito”. Este mozalbete (el más jovencito de todos los aspirantes a la gloria) era hermano de mi mejor amigo por aquellos años y pude seguir todas sus peripecias hasta conseguir verse anunciado en los carteles y torear. Trabajaba de aprendiz con Ventura el tapicero y durante el verano de camarero en la terraza del templete de la música del parque, vendiendo gaseosas, cerveza y bocadillos en los tendidos del coso rodeño. La repostería del templete y la de la plaza la regentaba su tía Ramona.

Con una afición desmedida y unas ganas de ser torero, le birló un mantel “colorao” a su tía y se confeccionó una muleta que era la envidia de los maletillas. Algunos domingos por la mañana toda esta tropa se iban a los bajos de las primeras “casa baratas”, que estaban a medias de construir, y practicaban toda clase de suertes con un carretón hecho con una rueda de bicicleta y unos cuernos enormes de buey. Su hermano Antonio y Martinico acudían con curiosidad por allí y muchas veces empujábamos el cacharro aquel, haciendo de “Miuras” y quedándonos maravillados de lo bien que componían la figura y el arte que derrochaban. En una ocasión y contagiado por el derroche le dije al “maestro”, al que servilmente embestía, que me dejara los trastos para que yo probara el arte. Con una sonrisa me pasó la muleta, el estoque de madera…, y allá que me pongo de perfil pa’ darle un ayudado por alto. Cito con un pequeño saltito y el carretón que se me viene encima, dándome con los cuernos un fuerte golpe en el pecho y haciéndome rodar. Me levanto con muy mala leche y le digo que no ha ido al trapo, que ha embestido al cuerpo. “Las vacas, nene, no embisten al engaño, van al bulto”, me dijo con aire de maestro en tauromaquia. Entendido, le dije, al mismo tiempo que cogía un par de banderillas peladas de papel pero con los arpones intactos. Ahora voy a poner los palistroques y a lo mejor se me van un poquito traseros, dije, mirando a la plancha de corcho que llevaba el artilugio en su mitad. Quedé despedido y ya no volví por allí nunca más.

“Las vacas, nene, no embisten al engaño, van al bulto”, me dijo con aire de maestro en tauromaquia.

Muchas veces fui cómplice inocente al pasarle la muletilla a la plaza. Su tía Ramona tenía dicho a los Guardias Civiles que estaban de servicio que lo vigilaran cuando llegara, por si venía con los trastos, ya que le habían dado el soplo de que se iba a tirar de espontáneo. Al llegar, lo cacheaban y al ver que venía sin nada pasaba el fielato sin problemas. Poco después llegaba el cómplice con los aparejos escondidos entre la camisa y el pantalón corto, alguna vez, el estaquillador o el estoque casi asomaban por debajo. Cómo era el más chico de la cuadrilla de “Gaseoseros”, los guardias ni me miraban y la muleta pasaba dentro. Nunca se lanzó al ruedo, todos los novillos -calculo unos 24- tenían algún defecto que detectaba al momento su apoderado, un vecino de Villalgordo que se dedicaba a ir a la estación de ferrocarril a traer viajeros y equipajes con la carretilla (los equipajes).

Lo que sí hizo una vez fue cederle los trastos a un chico de Fuensanta, muy trajeado, que sí se tiró. Un novillo cornalón que andaba lidiando Pedrés lo enganchó, zarandeándolo con tanta violencia que prácticamente lo dejó en cueros. Al sacarlo custodiado por la Benemérita, “El Gordito” le preguntaba por la muleta. El asustado mozo, que andaba tapándose sus vergüenzas con ella, se la entregó, sin ningún “siete”, y la mujer de la plaza los toros lo envolvió en una manta.

La noche anterior “El Gordito” y sus colegas se encaramaron a las tapias de los corrales para, según ellos, apartar un novillo y “jartarse de darle pases”. Su hermano y servidora, de centinelas…, y llega la tragedia: cuando ninguno se atrevía a bajar para hacer el “apartao”, llega Pepe el taxista, padre de mi amigo y del aspirante a “mataor”, avisado por alguien. El futuro diestro que se deja caer por la tapia y Pepe que sale tras él, no lo alcanzará, pero al llegar a casa se irán a la cama, calientes, los dos hermanos. Aquella noche no dormí tranquilo, pensando en la que se me podía avecinar.

Por fin llega el debut, en los carteles han puesto un nombre que…: José Fabuel “El Gordito” cerrando la terna con “Chelilla”, “Plumerito, “Paterna” y alguno más. Llega la hora de la verdad y el neófito se dispone a entrar en faena. Un novillete, castaño y con menos defensas que un cabritillo, sale al ruedo. El aspirante a torero se arrima y con el capote muy recogido deja muestra de las enseñanzas del carretón y del director de lidia. Con la muleta logra algunos naturales de cartel y gran variedad de recursos en los achuchones. Llega la hora de la verdad, que diría el maestro barbero, “Angelillo” cuadra al aprendiz de toro y se lanza tras el estoque como si fuera al carretón, estoconazo hasta la bola y animalejo que emprende la huida berreando. No lo comprende, hasta que se da cuenta de que la espada ha atravesado perpendicularmente solo la piel del pobre bicho. Otra, otra más y otra más, descabello al tercer intento (es que es muy joven diría el usía) y oreja con vuelta al redondel. No volvería a torear más, y yo no tendría que pasarle la muleta.

Notas: En una becerrada se había anunciado como sobresaliente Ángel Calvo, un sastre que había venido a nuestra villa y gran aficionado a la fiesta. El buen hombre se había confeccionado un traje corto campero de categoría y se había afeitado el bigote para la ocasión. Durante la qlidia, y al ver que solo había salido a hacer el paseíllo, la parroquia, que es la que paga, se puso a gritar con fuerza: ¡Que salga el sastre, que salga el sastre! Tras el clamor popular, el bueno de Ángel tuvo que hacer de tripas corazón y con más miedo que vergüenza salir cual gladiador a recibir un enorme batacazo que le hizo rodar hasta el burladero, cosa que agradeció al meterse en él y no salir más. El público soberano tiene muy mala leche a veces.

Esa misma vaca, que era enorme, muchos huesos y más piel que un camión de tomates, le había tocado en ¿suerte? a “Chelilla”. Murió cuando ya la plaza se encontraba vacía y el sol se había marchado por detrás de sus tapias.

En una novillada con la rejoneadora Marimen Ciamar, me había bajado, por primera vez y última, al callejón. Allí se vendían más bocadillos de jamón y cerveza que en los tendidos, al gozar de más poder adquisitivo. Cuando estaba a punto de quitarle la corcheta a una Mahou para el veterinario escuché un ¡OOOHHH! y volví la cabeza para el ruedo. Al ver que allí no estaba el que debía y que la gente saltaba desde el callejón, ni me lo pensé, dejé el cubo, y de cabeza a la arena. El astado que buscaba la salida embistió al cubo con tanto acierto que le quedó colgado del asa en un pitón, apareciendo en el ruedo como un vulgar gaseosero, entre el jolgorio de los parroquianos y el temblor de mis piernas mientras recogía los cascos y lo que se había salvado del percance.

Al finalizar las corridas había que apostarse en las puertas de la plaza, como un vulgar funcionario de la Fiscalía de Tasas, para vigilar que no se llevaran ningún casco. Afición muy arraigada, ya que las botellas eran empleadas para la conserva del tomate. Así estaba el panorama en aquellos años de esplendor taurino.

Ya no habría ningún llenazo hasta el 13 de mayo del 73 con el debut y retirada de Francisco Ortiz “Majija”, el último mozo que quiso ser torero.

Reconocimiento para “Rafaelillo” y muchos otros que lo intentaron. A todos los subalternos que hicieron posible que el espectáculo pudiera continuar durante estos años y que hacían olvidar, aunque solo fuera dos horas, las privaciones y necesidades sin recibir ningún emolumento, y si, más revolcones que aplausos, a los organizadores que sólo lo hacían por pura afición a cambio de disgustos y berrinches y a la Unión Musical Rodense, que amenizó el espectáculo.

Por Martinico.

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