Los Paragnostas IV (cap. 3)

  • Tercer capítulo de la cuarta parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA
22 Diciembre 2016

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3

Víctimas

El maremoto alcanzó unas proporciones nunca vistas. Los guarismos no mentían al respecto: en el historial de registros sísmicos, no había precedentes de tal fuerza y magnitud.

No para el común de los mortales.

No así en otros periodos de la Historia.

Discurría la mañana encapotada en la Ciudad del Vaticano. Amortajando el gran despacho, los inmensos ventanales se pintaban de ceniza. El Papa estuvo un tiempo, quizá segundos, quizá siglos, mirando al cardenal. Algo le ataba la lengua, quizá un saber terrible que escapaba al mismo Dios. La fe titubeaba ante el abismo de tinieblas que intuía devastador. «Dame fuerzas, Señor. ¡Ayúdanos a derrotar al enemigo en la hora aciaga!»

Un ave atravesó la piel del aire, borrón fugaz.

Los relojes aún medían el silencio. Dios no estaba. Dios era su ausencia, el vacío del Santo Padre en su interior. El Papa sentía un peso abrumador que lo aplastaba y subrayaba su miseria terrenal; animal de carne y hueso al fin y al cabo.

No podía demorar su decisión.

De acuerdo. Avíseme cuando llegue el momento. Yo me ocuparé de los medios, cardenal —extendió sus ojos como tentáculos—. Que Dios nos proteja.

Tadeuz se retiró como un soldado a sus cuarteles; con la conciencia del deber en su cabeza. Circunspecto, tornó a su gabinete y a su plan preestablecido. Consultó los manuscritos otra vez. Con rigor benedictino, repasó cuantiosos datos e inscripciones.

Volvió al fenómeno sísmico. De algún modo, el maremoto era la llave de la puerta que buscaba. Otra puerta, totalmente secreta, se abrió bajo sus pies.

En la cripta vaticana se guardaban ciertas crónicas narrando, con inquietante precisión, agitaciones similares de las aguas. Arcaicas leyendas que nadie recordaba o conocía. Algunas borradas a conciencia, como el horrendo cataclismo que enterró bajo el océano la Atlántida.

Habida cuenta de sus vastos conocimientos, Tadeuz tenía constancia de estos hechos. Largos años de estudio e investigación, reuniendo piezas, pruebas y evidencias, como un coleccionista empecinado.

Y ahora todo parecía encajar. Tenía que encajar. Las claves y señales revelaban los lugares y momentos. Y, a tenor de los sucesos a lo largo de la Historia, semejantes vaticinios nunca erraron.

Ya no había duda. Era un hecho irrefutable y contrastado. El devenir del Universo había cambiado. Astronómicamente, las secuencias siderales no casaban con la lógica inmutable de los evos.

Consciente del horror y la amenaza, Tadeuz lo preparó todo al milímetro. Porque sólo habría una oportunidad semejante, ya fuera para bien o para mal. Así lo atestiguaban astrofísicos a sueldo del papado (ignorantes de la parte más sombría del estudio).

En efecto, las secuencias de diez años no eran nada comparado con el cambio detectado en los planetas y sus lunas.

Cierto que físicos y astrónomos, ajenos a la intriga vaticana, pusieron en alerta a sus gobiernos.

Ya estaba previsto. El Papa estaba sobre aviso.

El Vaticano respondió sin titubear. Muchos hilos —madeja inmensa— se movieron esos días en un mundo anestesiado. Al margen del habitual sensacionalismo, muy pocos dieron crédito al suceso. El Santo Padre esparció su propaganda rebajando la tensión con sutileza, encubriendo el extravío de los astros y dejando las cosas del cielo en manos de Dios. A solas, sin embargo, rumiaba un miedo sordo y afiebrado, atento a los avances y los planes de su sabio cardenal.

* * *

El experimento terminó de forma abrupta. Bernheim se desplomó ante la sima de negrura reflejada en las pupilas de Rick Masso. El sacerdote enmudeció de repente, devuelto a la inconsciencia del humano. Al punto, los asistentes del doctor acudieron de inmediato a socorrerlo.

Libres del espanto y las cabinas, los paragnostas fueron llevados a una sala confortable y amueblada.

Los cuatro se miraron sin palabras. Era la primera vez que se veían las caras, y enseguida percibieron la corriente sensitiva que ligaba sus destinos y sus almas, esos dones que eran luz y una condena.

En un rapto cómplice, Hugo cogió la mano a Martha. Ella se desasió en un parpadeo, como agitada por un rayo.

No puedo, Hugo. Estoy casada —La mente de la joven rastreó su última imagen de Leo, su fiel marido.


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