Los Paragnostas IV (cap. 2)

  • El segundo capítulo de la cuarta parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA
15 Septiembre 2016

< Cuarta parte – capítulo 1


2

Profundidad irracional

En tanto Rick se hundía en los abismos submarinos, arriba, en el complejo de la Isla Tiberina, los tanques conectados se inundaban de manera artificial. Primero fue el de Jack. Después el resto: las cabinas con el hombre y la mujer.

Elstrom aguardó sin inmutarse, ajeno a la sorpresa de su equipo. Comenzó la última prueba y, con ella, la bajada tenebrosa hacia el averno.

Muy pronto lograrían descifrar los entresijos del umbral.

El agua helada fue brotando a ras de suelo… La instalación se colapsó y se produjo el apagón. Al poco llegarían —tal como predijo Tadeuz— el contacto y las extrañas mutaciones…

Pasado un tiempo, ni Hugo ni Martha podían oír ya la voz del sacerdote (aquel lenguaje anfibio), pero ambos lo ubicaban mentalmente ante las puertas de un portal desconocido, oscuro y abisal. Lo intuido y lo sabido se mezclaban de repente bajo el líquido marino. Las entrañas del océano ahogaban su paisaje en velos glaucos, confusas luces, tinieblas insondables en el fondo. Copiando a Jack, ambos buceaban en su cárcel cristalina, rehenes del científico noruego y sus ingenios: ratonera vaticana; cobayas con poderes inservibles para huir. De igual modo que los otros paragnostas —los hermanos Masso—, también ellos descendían a la fosa de un mar negro nunca hollado por el hombre.

En un momento dado, Hugo dejó de resistirse. Y aunque sólo fue un relámpago en su mente, sintió una vergonzosa sensación de sumisión, de entrega acobardada. Centró sus energías en rastrear alrededor, quitando algas y plancton, ansiando liberarse de otras cargas más pesadas.

Descendía y descendía, consciente de que seres emergidos de las simas lo cercaban, espiaban sus brazadas. En efecto, nadaba cual humano; seguía siendo humano; así sentía sus miembros, su morfología al completo. Como siempre. Sin cambios. Eso le tranquilizó. No. No era un híbrido profundo. Él, Hugo Márquez, no era como aquéllos que acababa de escuchar hacía poco: «Nosotros somos su familia», había dicho Jack (ahora sabía sus nombres). Trató de hablar con ellos, advertirles de la trampa, pero algo interfería en su cerebro y deformaba las palabras que surgían de su mente. Como una suerte de hipnosis, notaba en los oídos una especie de zumbido sincopado. Si bien no comprendía, su instinto le decía que los ruidos encubrían un lenguaje: la cadencia semejaba, si bien de forma tosca, un código de Morse.

Surgió la voz de Martha en su cabeza, acuciante, cruzando las corrientes de aquel piélago sombrío. A través de un remolino, brilló su piel de harina.

—¡Hugo!… ¿Puedes oírme?

—¡¡Martha, estás aquí!!

Al borde del lecho marino, en la frontera de otro cosmos, el pintor notó un aguijonazo bajo el pecho. Su cuerpo se agitó con un temblor eléctrico, convulso como pez fuera del agua. Tornó la voz de Martha:

—¿Los oyes? Son siervos de Pazazu… Los vi en sueños… hace tiempo. Al principio creí que eran fruto de mi mente y las pastillas. Hasta que un día leí una reseña sobre balleneros desaparecidos en mitad del Atlántico. Seguí la pista, investigué durante meses y escribí aquel artículo que tantos se empeñaron en callar. ¿Recuerdas, Hugo, mi crónica de Fastum?

Hugo evocó sus propios sueños, la lectura estremecida del artículo y un cuadro de Beksínski casi idéntico a la escena que tenía ante sus ojos…

Todo adquiría el relieve de un descubrimiento trascendente. Imágenes pasadas y presentes —acaso futuras— desfilaron semejando fotogramas de un diorama universal. A las dudas y el diálogo captado entre los Masso, se sumaban percepciones personales. Sensaciones que cobraban un sentido decisivo. Conjeturas, visiones fugaces, fragmentos de su vida como piezas de un mosaico incognoscible. El miedo subrepticio a las espaldas. El miedo indefinido siempre a cuestas…

Sí, claro que recordaba. No era la primera vez que visitaba aquellos mares. Su vista nictálope advertía nuevas formas en lo oculto, horrores entrevistos tiempo atrás.

—¡Tus palabras eran ciertas, Martha! ¡Todo aquello sucedió! ¡Yo mismo pinté un cuadro con marinos que se hundieron para siempre y sin embargo regresaron a sus casas…!

Tornó la luz en el laboratorio. No había vuelta atrás. El doctor Elstrom lo sabía y lo aceptaba. El experimento corría riesgo, pero eso no importaba: Tadeuz estaba a punto de llegar. Despuntando en rojo vivo, las gráficas trepaban a través del monitor. Las pantallas advertían del peligro. Clavada su mirada en los guarismos, el científico dudó por un instante. «No aguantará mucho más», se dijo.

A diferencia de Hugo, Martha dio batalla hasta el final. Descifrados los zumbidos —mensajes del abismo—, comprendió la gravedad irreversible de la prueba.

—¡Dios Santo, Hugo! ¡Los umbrales se han abierto! ¡El híbrido ha cruzado la Garganta de Yuggoth!

Hugo no llegó a responder. Un rumor de maremoto se adueñó de las corrientes más profundas; tembló la Tierra entera bajo el lecho submarino. Del fondo arreció un cántico caótico de timbre extraterreno. Ensordecidos, Hugo y Martha fueron presa de una sombra que negaba toda luz.

* * *

El sol bañaba el cuerpo de un joven Rick Masso, embadurnado hasta las cejas con la arena de la playa. Mientras tanto, sentada en una hamaca, su madre hacía punto, los pies mojados por las aguas del Adriático. Silbó Rick: de sus labios, brotó una cancioncilla popular. Una de aquellas melodías que, con el tiempo, forjarían su legado maternal. Alzó de pronto la cabeza para otear el horizonte, echando en falta la presencia de su hermano. Nadie alrededor. De súbito, en lontananza, el mar en calma se encrespó, cambiando el verde esmeralda por plomo, la marejadilla por un talud licuado que avanzaba tan veloz como el rumor que desataba la tormenta, estridente, acrecido por segundos en el cielo.

«¡Vuelve a la orilla!», gritó tan fuerte como pudo, con la vaga esperanza de que Jack pudiera oírle. La ciclópea ola los aplastaría en cuestión de segundos. Entonces, algo saltó en su cerebro. Repentinamente comprendió la anomalía de la imagen, la vivencia recreada. A su espalda, su madre ni siquiera se inmutó. Ahilado, un alarido se asfixió en su garganta.

En la mente de Rick Masso se libraba una batalla sin cuartel. Su convulso subconsciente pretendía protegerlo de algo extremo, más allá de toda lógica, de todo raciocinio. Barrera protectora, la mente alzaba muros con recuerdos bondadosos, memoria grata que abatiera la locura y la alejara. Pero la pesadilla contraatacaba, irrumpía nuevamente en su cabeza —en la tregua momentánea— y acabó por hacer mella en sus defensas, presa herida, víctima del pánico.

Esta vez sí, su alarido rebotó en las paredes impolutas del cubículo. «¡¡Jack!!». Obviamente, no hubo respuesta; tan sólo pudo oír el zumbido de los tubos fluorescentes que pendían en el techo. La excesiva luz le cegó. Cerró los párpados para habituarse a aquel destello. Miró luego en derredor. La cama que ocupaba y una silla color hueso constituían el escaso mobiliario.

Rick hizo amago de levantarse, pero no pudo. Las cinchas sujetaban sus extremidades y su pecho. Todo era confuso en su cabeza. Trató de concentrarse, rastrear una señal de Jack. Fue inútil. Su propio cerebro actuaba cual muralla defensiva, impidiendo cualquier percepción extrasensorial que pudiera ser nociva. Una extraña sensación estremecía cada fibra de su cuerpo, como el vértigo infinito del que hunde su mirada en el abismo.

Un chasquido captó la atención del sacerdote, acentuando aún más su desconcierto. La puerta se abrió al fondo de la estancia. Cruzó el dintel una figura sombría. El desconocido avanzó sin hacer ruido, pareciendo levitar sobre baldosas alustradas.

Padre Masso, ¿cómo se encuentra? —dijo el doctor Bernheim, mientras se reclinaba sobre su interlocutor. Rick se removió como si hubiese visto al mismo demonio, tensando al máximo las ligaduras opresoras.

¡Malditos seáis todos!— vociferó el reo con vehemencia incontrolada—¡Prometisteis liberarnos tanto a mí como a mi hermano!

Y así lo haremos, no lo dude— replicó el canoso doctor. Puedo asegurarle que su hermano está al otro lado de esa puerta… esperándole —trató de calmarle—. Y su actual reclusión, aunque no lo crea, sigue un protocolo: es por su propia seguridad. Pero ya no va a ser necesario mantenerle en este estado.

Al instante, Rick sintió que se nublaba su visión. Le habían vuelto a engañar. El suero que acababan de inyectarle le quemaba las entrañas. Ese maldito doctor. El fluido se extendió con rapidez por su organismo.

¿Qué mierda me ha metido en el cuerpo? —espetó, perdidos los estribos, el sacerdote.

No es veneno, no se preocupe. El líquido es sólo para estimular cierta región de su cerebro. En unos segundos empezará a sufrir unas leves convulsiones, pero no se resista, o será más doloroso.

El cuerpo de Rick convulsionó, pasando de unos ligeros espasmos a un crispamiento generalizado de todas sus articulaciones. Luego, rigidez y lividez mortuorias. Toda la energía estaba ahora concentrada en el cerebro, y ésa era la misión de Bernheim, explorarlo hasta extraer sus más íntimos secretos.

La escena estaba siendo captada por el circuito cerrado de televisión. Las ondas hertzianas volaban a su vez hasta uno de los despachos de la Santa Sede, donde el cardenal Kolakowski no perdería detalle del interrogatorio.

Padre Masso, escuche mi voz. Yo seré su guía en este viaje. No deje de prestarme atención o tal vez no pueda regresar. ¿Me ha comprendido? Conteste.

De la boca entreabierta de Rick brotaron fonemas confusos, entre los que el doctor creyó entender un «sí».

Bien. Hay algo que quisiera saber. Su hermano y los otros relataron su descenso hasta los límites del umbral, pero sólo usted pudo atravesarlo. Necesito que me diga qué hay al otro lado.

Sumido en ese estado catatónico, Rick coreó las últimas palabras del doctor: «Al otro lado, al otro lado…». Calló de nuevo. Pero, segundos más tarde, para sorpresa de Bernheim, su caja torácica incrementó su volumen de forma espectacular —tanto como para reventar la correa de su pecho—; sus pulmones, henchidos cual gaita, hicieron vibrar sus cuerdas vocales entonando una salmodia gutural e irreverente, en un vibrato que ningún ser humano podría proferir.

Bernheim tuvo que taparse los oídos para impedir que aquel sonido se alojara en su cabeza. Por suerte para él, la extraña letanía apenas duró unos —interminables— segundos. Cuando cesó, la anatomía de Rick pareció heredar aquella cadencia, y comenzó a oscilar con vaivén sincopado. Su rigidez se quebró, describiendo extravagantes sinusoides desde los dedos de los pies a la cabeza. «¡Por todos los Santos, está…nadando!», rumió atónito el doctor.

Intentando no desviarse de su objetivo, prosiguió la regresión. Bernheim repitió la pregunta con voz calmada, tuteando al sacerdote para obtener su confianza:

Dime, Rick, ¿qué viste al cruzar el umbral? No temas: por insana que fuera tu visión, recordarlo no te causará dolor alguno. Tan sólo visualiza e intenta describirme aquella escena.

Los ojos de Rick comenzaron a moverse de forma frenética bajo sus párpados, como si estuviera escrutando todo a su alrededor a una velocidad endiablada. Su cuerpo se relajó de nuevo. Ahora parecía encontrarse en un ambiente menos hostil. Sus balbuceantes palabras iniciales dieron paso a un monólogo dotado de cierta coherencia:

Vuelvo a casa. Mis hermanos me están esperando. Los reconozco a pesar de tan larga espera. En el ágora se festeja mi retorno. Los chapiteles se inclinan a mi paso. El monolito del santuario refulge de nuevo, señal de que el momento se acerca. El durmiente descansa en el sanctasanctórum esperando a ser invocado desde el otro lado.

Bernheim trataba de pintar aquella imagen en su mente, al tiempo que nuevas preguntas le asaltaban.

Espera, Rick. Contesta, ¿quién es ese durmiente? ¿Quién lo invocará desde el otro lado? ¿Cuándo…? —fue interrumpido de forma violenta sin poder terminar la frase.

—Necio impío, ¿acaso no conoces a la mayor deidad del universo? ¡Bajo su yugo perecerá toda tu estirpe! —contestó el religioso con un tono de soberbia, raramente engolado.

No se dejó impresionar el médico: en su dilatada experiencia había visto de todo. Porfió de nuevo para obtener más información.

Rick, abandona por un momento a tus hermanos y emerge de las profundidades, ¿te importa?

Está bien —replicó con voz sumisa en apariencia—. La droga inoculada le permitía manejar al sacerdote, casi a voluntad.

¿Qué puedes contemplar desde la superficie?

La respuesta se hizo esperar. Tras vacilar, Rick respondió:

No sé como describirlo.

¿No? ¿Tan extraño es que no encuentras las palabras adecuadas?

¿Quieres verlo? Así podrás juzgarlo por ti mismo.

¿Acaso puedo?¿Cómo?

¡Asómate y veras lo que yo veo! —Y, tras pronunciar estas palabras, los ojos de Rick Masso se abrieron de par en par, reflejando, a través de sus órbitas, una enigmática luz. Como una luciérnaga atraída por el abdomen lascivo de la hembra, el doctor Bernheim no pudo reprimir el impulso de asomarse al averno que ofrecía la retina deslumbrante. El iris parecía una galaxia de increíble cromatismo deslizada en los abismos siderales; en su seno, negrura infinita, dos estrellas despuntaban sobre un fondo colosal y semilíquido; luego, del fondo, emergió una espectral tromba marina cuyo otro extremo se perdía en las entrañas nebulosas.

Esa era la primera vez que un ser humano contemplaba un agujero de gusano.


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