Depílame

  • Hay que ver cómo han cambiado los tiempos. Cuarenta años atrás, no me veo yo diciéndole a mis padres que quería depilarme las piernas
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24 mayo 2016

Cuando el jueves pasado mi hijo me comentó que quería depilarse las piernas me quedé un poco descolocado. Son doce años los que contemplan ya sus barbudas extremidades, y en honor a la verdad he de confesar que tiene más vello en su tren inferior que el que empieza a menguar en mi cada vez más despejada azotea. La adolescencia le ha llegado de golpe, del mismo modo que las tormentas de primavera: cinco minutos antes hace un sol de justicia y cinco minutos después ya le ha salido barba, mostacho, unas piernas en las que se pueden hacer trenzas y un sobaco más negro que el tizón.

Ante tal situación decidí echarme para adelante y darle el gusto. Como varios años antes había experimentado en mis propias carnes por primera vez los placeres de la depilación, debido a una operación de rodilla a la que el galeno me aconsejó que acudiera con la articulación como el culito de un bebé, decidí practicarle yo mismo la tonsura de sus zancas con la misma técnica que ya apliqué en mi persona. Acudí presto a la droguería y me agencié de dos tubos de crema depilatoria, pues si bien conmigo había necesitado solo una, al contemplar con detalle las piernas a tratar aventuré que con la unidad no iba a tener ni para empezar.

Le comenté a mi chiquillo mis intenciones y sin dudarlo se puso en mis expertas manos, el muy ingenuo. Después de la preceptiva ducha le dije que se colocara un calzoncillo viejo para comenzar la operación, pues no era aconsejable que parte de la crema acabara en tan delicada zona; y tampoco se me antojaba un hermoso espectáculo el estar practicando la operación y tener tan cerca de mi rostro algo que, con el paso del tiempo, había cambiado considerablemente de talla, y ya en nada se asemeja a lo que calzaba de bebé, cuando una década atrás le tenía que cambiar el pañal.

Al ritual se unió su hermano mayor, pues creía que teníamos fiesta en el lavabo al oído de las risas que nos estábamos haciendo a costa de la nueva experiencia paternofilial. Ya juntos el trío seguimos con el jolgorio de la depilación, pues la situación, a la par que instructiva, resultaba bastante ridícula.

Terminada la operación, y después del enjuague con abundante agua y jabón, contemplamos el resultado. El esquilado no había sido total, pues en las partes más espesas se habían hecho fuertes algunos pelos sueltos, pero bastante satisfactorio para el cliente, el cual se mostraba contento. Concluimos que en unos días repetiríamos la operación para acabar del todo con los más rebeldes.

Los tiempos han cambiado, y bastante. Cuarenta años atrás, con la edad de mi crío, no me veo yo diciéndole a mis progenitores que deseaba depilarme las piernas, pues me hubieran tildado, cuanto menos, de mariquita, y mucho menos a mi padre ofreciéndose a realizar tal acción. Lo más probable es que me hubieran llevado al sacerdote para que curara mi perversión y callado mi petición al resto de la sociedad.

Pero parece que no cambian del todo, o no para todo el mundo. El cardenal arzobispo de Valencia, el señor Cañizares, valenciano como un servidor y que hace cuarenta años debía de ser sacerdote, sigue con su obsesión enfermiza hacia parte de las personas de nuestro alrededor, acusando al imperio gay y a ciertas ideologías feministas de ir en contra de la familia. En fin, a ese sí que le depilaba yo ciertas partes, pero a la cera caliente y sin anestesia.

Yo, por mi parte, sigo expectante ante la nueva experiencia que me deparará la paternidad. Esto es una caja de divertidas sorpresas.

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