Como el Facebook, pero en directo

  • Hoy en día es más común observar en las salas de espera de los médicos a la gente ensimismada consultando su teléfono móvil, repasando las vidas ajenas pero en las redes sociales, siendo ya casi inexistentes las conversaciones entre los pacientes que aguardan turno
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17 mayo 2016

Las salas de espera de las consultas médicas han evolucionado con el paso del tiempo. Ya son menos las personas que, aprovechando el endémico retraso que siempre padecemos cuando vamos de visita al médico, ojean las revistas para así ponerse al día de los últimos acontecimientos del mundo del corazón; si bien es cierto que dichas publicaciones acumulan, en la mayoría de los casos, bastante más retraso que nuestra propia cita. Hoy en día es más común observar en estos lugares a la gente ensimismada consultando su teléfono móvil, repasando las vidas ajenas pero en las redes sociales, siendo ya casi inexistentes las conversaciones entre los pacientes que aguardan turno.

Habitualmente visito al traumatólogo en la capital, por un problema de rodilla que no viene al caso, y en una de mis últimas comparecencias estaba yo conmigo mismo repasando mi Facebook, cotilleando la vida de mis amigos del ciberespacio, cuando no pude evitar el oír una conversación que me hizo dejar al lado mi celular y abrir inmediatamente las orejas. Se trataba de una muchacha de algo más de ochenta años y una verborrea superior a la mía la cual no paraba de cascar. Comentaba la mozuela que no quería dejar este mundo sin antes materializar tres deseos, y que dos de ellos ya los había llevado a cabo: hacerse una limpieza de cutis e ir a un bingo. Tampoco gran cosa. A continuación surgieron unas risas entre las dos amigas que la acompañaban que alargaron el desenlace del relato y que provocaron una mayor expectación en mí. No pude evitar que mi cabeza imaginara a qué podría referirse la locuaz moza: que si montar en globo, que si lanzarse en paracaídas, que si hacer el amor en los lavabos de un avión. Pues no, algo todavía más loco: fumarse un porro. Risas entre sus amigas. Creo que yo también dejé caer una, aunque disimulada, y en un acto reflejo e inaudito apagué mi teléfono móvil, pues los continuos avisos de mensajes recibidos me hacían perder el hilo del monólogo de la muchacha.

Comentaba que su nieto le sugirió que bajara a determinado lugar y comprara chocolate, a lo que ella le contestó que no le sentaba bien a esas horas de la noche, ya que le producía ardor; su descendiente tuvo que aclararle a qué tipo de golosina se refería. Más risas, incluidas las mías. Me había unido a la fiesta sin haber sido invitado. Estuve a punto, instintivamente, de cambiarme de silla y acomodarme en una de las que conformaban al grupo, para no perderme detalle. Desistí por improcedente, pero ganas tuve.

A continuación empezó a rajar sobre su nuera. El año que ella cumplió los ochenta la mujer de su hijo no tuvo otra ocurrencia que comentarle: “Pues pensaba que era usted mayor, como se la ve tan vieja”. No creo que pueda ser una persona tan cruel como para lanzarle semejante ultraje a su señora suegra, más aún cuando la mujer, y hablo en serio, no aparentaba más de setenta años. Deduje que la relación no debía de ser muy redonda.

Casi sin solución de continuidad, empezó a relatar el día en que se quedó encerrada en el balcón, vistiendo solo el pijama, un crudo domingo de invierno. Aclaraba que todo había sido debido a un error fortuito de su marido; dudo yo de la involuntariedad. Consiguió llamar la atención del vecindario a base de golpetazos con el palo de una escoba que guardaba en el mirador, e indicaba que lo más gracioso había sido que…

Cuando la enfermera lanzó mi nombre al aire creí morir. Durante unos instantes recorrió mi mente la idea de negar mi persona. Prefería perder mi turno y continuar escuchando el final de la historia que la señora relataba. Durante esos momentos la rodilla ya no me dolía, ni siquiera me importaba su curación, mi único deseo era saber qué cosa tan graciosa le había acontecido en el balcón. Pero fui sensato y pasé a la consulta, abandonando la sala de espera con dolor, y no precisamente el de mi maltrecha rodilla.

Cuando salí de nuevo a la sala de espera la enfermera nombró al siguiente de la lista. Resultó ser la joven parlanchina. Entro el trío completo a la consulta del traumatólogo. Me quedé con el nombre de la señora y lo googleé a ver si por casualidad tenía algún perfil en las redes sociales, la invitaba a ser mi amiga y le preguntaba por el final de la historia. Fue inútil.

Ahora, cada vez que acudo a la consulta del traumatólogo, busco sin éxito entre los otros pacientes a aquella parlanchina mujer. Si, por suerte, alguna vez me cruzo con ella, no me cortaré y le preguntaré sin rubor por el final de la historia. No me quiero quedar yo con el regomello.

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