Los Paragnostas IV (cap. 1)

  • Ya puedes leer el primer capítulo de la cuarta parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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CUARTA PARTE

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Código desconocido

Las sombras estiradas se mecían sobre los jardines de Belvedere. Al pasar junto al edificio de los Archivos Vaticanos, Tadeuz detuvo el paso y contempló las luces rojas del ocaso. Parada fugaz, aunque suficiente para evocar un pasado sombrío en el que, más de una vez, creyó que no volvería a ver otro amanecer.

Cualquiera que hubiese visto entonces a ese escuálido muchacho, alzando una mano trémula, suplicando comida, jamás hubiera imaginado que hoy en día ocuparía un puesto junto al Santo Padre. Pero la Providencia quiso que aquel perro nazi necesitara a alguien que le limpiara las botas ese día. Y su destino cambió. Ya no volvió a los infectados barracones del campo de concentración de Treblinka. También es cierto que pagó un alto precio por aquel golpe de suerte. Ganada la confianza del coronel, le sirvió como un lacayo. Fue en aquella época en la que aprendió todo lo que hoy sabe sobre la condición humana. Su carácter hosco y la ausencia de empatía se forjaron a base de contemplar humillaciones ajenas; de sufrir las vejaciones a las que Helmut —maldito perro nazi, maldito salvador— le sometía a diario. Pero al menos se mantuvo vivo.

El militar era un auténtico psicópata. Estaba obsesionado por las ciencias ocultas. De tanto en tanto organizaba fiestas nocturnas junto a otros oficiales, en las cuales obligaban a participar a indefensas muchachas judías en todo tipo de bizarros rituales. Las grotescas invocaciones terminaban en orgías de infame sadismo, macabros festines de sangre; víctimas sin voz y sin nombre.

Hasta que llegó el día de la liberación. En su huída desesperada, Helmut dejó atrás aquel tratado esotérico que el joven, por las noches, a escondidas, consultaba bajo la trémula luz de una vela. Ese fue el punto de partida de su afición por el saber arcano.

Con paso raudo para sus años y achaques, Tadeuz se internó en un edificio adyacente. Ya en los sótanos, sus pasos resonaron por aquellos angostos pasillos repletos de anaqueles atestados. Cualquier erudito hubiese pagado una fortuna por echar un vistazo al saber allí acumulado. Millares de libros, legajos y objetos ignotos se apilaban en estantes y almacenes. Muchos ni siquiera estaban catalogados. La mayoría de ellos no habían visto la luz durante décadas; tal era su importancia o contenido para preservarlos, alejados de ojos legos.

El Vaticano mantenía activa una tupida red de contactos en los cinco continentes: anticuarios, marchantes, tasadores, bibliotecarios, libreros, propietarios de casas de subastas, cualquiera que tuviera acceso a objetos extravagantes, a incunables de toda índole. Tras su adquisición, algunas piezas terminaban siendo estudiadas allí. Un equipo multidisciplinar, expertos en hermenéutica, semiótica, criptología, simbología y otras disciplinas interpretativas y lingüísticas, se afanaban en analizar en profundidad todo tipo de textos arcaicos. Sin ir más lejos, un facsímil del manuscrito Voynich estaba siendo descifrado usando un legajo, a modo de código, hallado por azar en la biblioteca del monasterio de Patmos. Así mismo, los expertos descifraban un duplicado del Codex Rohonczi. Evangelios apócrifos, textos heréticos, grimorios ancestrales —como el espantoso Al-Azif, citado de manera recurrente por un escritor norteamericano— acumulaban polvo, alejados de la malsana curiosidad del vulgo. En efecto, ciertos conocimientos debían permanecer ocultos, o el orden (y, en consecuencia, el poder) establecido podría dar un vuelco radical.

El prelado se hizo al fin con el volumen que buscaba, su lomo señalado con la insignia de la SS nazi. Él mismo lo había colocado allí, décadas atrás. Tocarlo fue asomarse al pasado: se removieron en su mente días pretéritos; el holocausto dejó huella en cada superviviente.

Tadeuz recompuso el ánimo y comenzó a pasar páginas. Aquella fotografía que había atravesado un océano tal vez era la clave que llevaba tanto tiempo buscando, y la respuesta podía haberla tenido ante sí mucho antes de conocer siquiera la pregunta. Sus sospechas se confirmaron. Aquellos arañazos —sin sentido aparente— que una mestiza enajenada había trazado en las paredes de su celda, en un psiquiátrico canadiense, se asemejaban mucho a antiguas runas ibéricas.

Las pruebas eran obvias, incuestionables, inquietantes. Allí estaban los escritos, los recortes, los legajos manuscritos, las páginas arcanas, las fotos, imágenes de cuadros y grabados… Teselas de un mosaico aterrador, desplegadas a sus ojos como un puzle con sentido, cobijadas en vitrinas bajo llave, guarecidas por sistemas de seguridad expeditivos. «¡Qué importa una vida cuando el cosmos está en juego!».

Tras décadas de análisis, las sospechas se tornaban en certezas. El prelado presionó un botón secreto, bajo un mueble, y, del techo, descendió una pantalla gigantesca. El telón se tiñó de azul celeste. Poco a poco, en la tela se formaron los océanos, la orografía familiar del mapamundi. «He aquí la creación de Dios. Su obra magna. La Tierra que habitamos desde siglos… Sólo unos pocos, locos o iluminados, vislumbraron más allá de sus contornos. Todos muertos y olvidados, condenados por la Santa Madre Iglesia. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Nosotros, los siervos de Dios, repetimos los errores del pasado: nos parecemos a santo Tomás. Hemos negado la evidencia que teníamos delante…»

Comenzó entonces la búsqueda por todos los rincones del planeta. Las piedras y las puertas nunca abiertas en los puntos más remotos. El mapa y el dibujo conformado por las líneas, al unirlas, y el corazón de los umbrales más siniestros. El punto clave, donde habría de librarse la batalla más sombría. La propia Tierra en liza. Humanidad frente a la raza de otros mundos, criaturas reclamando su legado, su pasado en el planeta que ocupamos.

Giró la rueda del destino. Los engranajes del papado funcionaron noche y día, a toda prisa, a toda máquina. La búsqueda y la caza de los paranostas. El terrible experimento en el subsuelo de Roma, el abismo abierto en Angor.

La tela de la araña vaticana, tejida con sigilo de infalible predador.

Los monitores se apagaron de repente, con un chasquido extraño. A diferencia de sus ayudantes, el doctor Elstrom no mostró sorpresa alguna. Comprendía que era parte del proceso. Directa o indirectamente, obtendría la información sobre el portal. Pudo su mente racional sobre el temor cuando, increíblemente, la instalación se fue inundando de agua helada. Mojó sus dedos y se los llevó a la boca. «¡Es agua marina… El agua de las profundidades oceánicas!»

Un pensamiento atravesó su mente como un rayo. Aquel fenómeno sólo podía significar una cosa: el umbral de lo profundo se había abierto. Los paragnostas habían logrado el objetivo.

Dejó de oír a su hermano. Las atávicas tinieblas envolvieron a Rick Masso. Oyó susurros turbios. Murmullos guturales que, confusamente, empezó a comprender. A la vista de unas formas retorcidas que flotaban en un líquido verduzco, reprodujo las palabras de Jack (aún preso en el tanque): «Puedo llevarte allí donde moran. Nosotros somos su familia».

Estaba ciego en la negrura y, sin embargo, podía ver. Aún más raro, sin órganos humanos fue capaz de hablar la lengua de los seres que nadaban junto a él. «¿Dios mío, Jack, qué somos? ¿En qué nos hemos convertido?».

Descendía, respirando sin pulmones. Su cuerpo era distinto. Los otros se pegaron a su estela y lo guiaron a la luz de las tinieblas. Fulgor centelleante que emanaba del umbral. Rick llamó a Jack, pero éste ya no podía oírlo. Tampoco los otros, la pareja de humanos que, en su mente, nombró a la deidad.

Mutado en un anuro, Rick Masso cruzó el umbral. Muchos metros bajo el agua, en lo más hondo de los mares, vislumbró la faz blasfema de Pazazu.


Cuarta parte – Capítulo 2 >

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