Los españoles muy españoles y mucho españoles

  • A más de uno nos gustaría estar sin poder pegar ojo, preocupados de que se descubriera esa sociedad offshore constituida hace algunos años en algún paraíso fiscal
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26 abril 2016

Nos estamos volviendo locos con esto de los papeles de Panamá. Nos llevamos las manos a la cabeza simplemente porque unos paisanos nuestros, unos españoles de pro, expatrien sus dineros, repito, sus dineros, lejos de su amada, repito, amada patria, con el único y sano objetivo de dejar de tributar la parte proporcional correspondiente en su amado, repito, amado país para así tener algo más de dinero cash en sus ya repletos, repito, repletos bolsillos.

Y lo hacemos porque somos unos cochinos envidiosos. Se nos comen los celos, pues ya nos gustaría a nosotros poder actuar de la misma manera. Pero no somos más que unos pobres, unos desdichados, unos mindundis. El simple hecho de no estar preocupados por las posibles repercusiones que pudiera tener el que nuestro nombre aflore en alguna de esas listas que estos días están saliendo a la luz, nos demuestra que no somos nadie, que somos unos tristes.

A más de uno nos gustaría estar sin poder pegar ojo, preocupados de que se descubriera esa sociedad offshore constituida hace algunos años en algún paraíso fiscal. Yo, sin ir más lejos, desearía estar dando vueltas en la cama, enredándome entre sábanas, sin poder conciliar el sueño. Pero no, por desgracia duermo divinamente, como un tronco, sobre todo desde que me separé de mi mujer y mi cuerpo vaga libre por la cama.

Y es que he llegado a la triste conclusión de que la inmensa mayoría de la población no es ni muy española ni mucho española. Si bien es cierto que nos emocionamos con el gol de Iniesta en el mundial y salimos a la calle a celebrarlo en masa; en realidad, y visto lo visto, no somos españoles de los de verdad. Un español fetén, a la vez que va presumiendo de país con la rojigualda siempre a cuestas, en cuanto puede esconde los cuartos lejos de la vista de su amada bandera; un español, español, disfruta de todos los servicios que le ofrece su adorada patria pero intenta escaquearse a la hora de ayudar a sufragarlos; un español de primera exige sus derechos e intenta eludir sus deberes, se llena la boca de la palabra España pero disfraza sus bienes en empresas lejos del control de su venerada enseña. Nos queda mucho por aprender al resto para llegar siquiera a la suela del zapato de estos honorables patriotas.

Pero es posible que un golpe de fortuna aterrice en nuestras aciagas vidas y nos ocurra como al exministro Soria y al final, sin comerlo ni beberlo, emerja nuestro nombre en alguna de estas sociedades que constituyó a saber quién hace ya tanto tiempo que ni recuerdas, en la que aparece tu firma que no reconoces haber garabateado, en la que figura tu familia pero de la que no tenías conocimiento, de la que recibes pingües beneficios que no sabías cómo acababan en tu bolsillo. Vamos, me ocurre a mí algo parecido y mato… y mato a besos al culpable.

Estoy totalmente convencido de que al exministro le ha ocurrido lo mismo que a muchos de nosotros: un día abandonamos la billetera en un lugar de la casa distinto al habitual y al rato nos volvemos locos buscándola porque no nos acordamos dónde la habíamos dejado. Cambiad billetera por empresa familiar y casa por paraíso fiscal, y ya tenéis lo que puede haberle pasado al desdichado señor Soria. Mala suerte.

Algunos malpensados pueden llegar a decir que ser hermana de rey, presidir una O.N.G y tener una sociedad offshore son cosas totalmente incompatibles, pues mientras que con una mano reclamas solidaridad, con la otra evitas pagar tus impuestos, impuestos con los que se pagan los servicios sociales. Pero no, no es así, pues la verdadera solidaridad comienza siempre por uno mismo. ¿Cómo vas a ser solidario con los demás si no lo eres primero contigo? Es de cajón. Y estas actitudes son el paradigma del verdadero español, muy español y mucho español.

Mientras, y como es imposible que mi nombre surja en alguna de esas listas, me tengo que conformar con ser un sombrío español poco español y seguir, muy a mi pesar, durmiendo todas las noches como un tronco y continuar con mi gris existencia, pagando mis impuestos y ayudando con ellos, por desgracia, a que funciones los servicios públicos. Ea, es lo que tiene ser un ciudadano del montón. Una pena.

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