Los Paragnostas III (cap. 4)

  • Ya puedes leer el último capítulo de la tercera parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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4

El umbral

Patrick estrechó la mano de Morton. Con fuerza. Había en el contacto gratitud y un viejo rastro de dolor. Los amigos se miraron a los ojos en silencio, ligados a un pasado que quisieron enterrar años atrás —baldío empeño— y que, de pronto, hacía resucitar viejos fantasmas. «Acatamos órdenes. No hacemos preguntas». Sinclair hizo repaso de su vida y se sintió un hombre perdido, condenado por pecados que tenía que expiar. ¿Casarse con Sarah? ¿Enfrentarse a su entorno por amor?… «Aquella chica me gustaba. ¿Qué si era nativa? El coronel es quien da órdenes, no quien las recibe. ¡A la mierda con todos! No sé si la quise, pero sé que quiero a James». Amor, como un eco lejanísimo; como una estrella remota. Sinclair se estremeció. «Un hijo perturbado, envenenado por la sangre de su madre, víctima de oscuras profecías… Esos indios…». La mente le pedía whisky a gritos, pero Patrick resistió la tentación. Al menos de momento. Tenía que estar sobrio. Más cuerdo que nunca.

Como militar, el coronel tenía en sus venas destruir al enemigo. A cualquiera que pusiera en riesgo su país, sus conciudadanos, a sí mismo. Este adversario, sin embargo, no era de carne y hueso. Atacaba cómo y cuando quería, siempre larvado, siempre inquietante, en su flanco más débil, allí donde no era capaz de responder.

Si bien no le gustaban los médicos, Patrick respetaba al doctor Ellis. Aquel hombre, al menos, mostraba cierta sensatez. Pero ahora, tras el penoso incidente del manicomio, sus últimas esperanzas parecían derrumbarse.

—El doctor Ellis vendrá enseguida, Pat.

«Morton se huele algo; algo que no se atreve a decir. Algo que le supera. Esta mierda nos supera a todos…»

Otra vez la locura tocando a la puerta. Los ojos de Morton confirmaban sus alarmas, parecían decir: «No le des más vueltas, Pat. No hay explicación. Y si la hay, quizá sea mejor no saber nada. Acaso no debamos remover más este asunto». Las «ausencias» de James cobraban un cariz más desquiciante, más extraño, más sombrío.

Los gritos, en una sala próxima, quebraron pensamientos y palabras. Al tiempo, la instalación eléctrica dejó de funcionar. O eso creyeron los pocos testigos que lograron sobrevivir.

Hay horrores que se posan en el alma y en los ojos. Visiones tan terribles que sumergen tu mirada en las tinieblas. Deidades que surgieron en la noche de los tiempos, cuya imagen —apenas atisbada— ensombrece toda luz. En realidad, aquella noche, y en aquel momento, las luces seguían encendidas.

Coincidentes en tiempo y espacio, bajo los muros de la iglesia de Angor, el padre Daniel completaba el ritual más tenebroso.

Todo estaba listo. La luna y los planetas alineados. Años antes, Tadeuz halló las claves en legajos olvidados, arcanos trasmitidos en vetustos manuscritos medievales. Volúmenes prohibidos que, tras innumerables avatares, acabaron en los fondos Vaticanos. Dos libros de astromagia, de origen español, guiaron al párroco en su empresa. Primero halló las piedras, después talló los símbolos. El punto señalado, en la cripta, bajo el altar, actuaría como puerta. Umbral que ya se abriera hacía eones. Tal como las fuentes más ocultas sugerían. El sacerdote, temblando de frío y algo más, descendió aquellos peldaños. A la luz de las velas, situó los talismanes en lugares estratégicos. Untó cinabrio en sangre humana y, acuclillado sobre el lecho terroso, trazó formas geométricas, copiando los modelos que pintara el príncipe Hazred en manuscritos repudiados. Por último, leyó las fórmulas que le enviara Tadeuz meses atrás. Antes de que todo se tiñera de negrura, el cura dibujó bajo sus pies un círculo y lo cubrió con cal. Pronunció un conjuro en una lengua casi humana y, cerrando los ojos, trató de orar. Minúscula mota en el universo, él, portador de llaves sacrílegas, abría paso al horror. Ni el propio Dios tenía conciencia del futuro que aguardaba a su creación.

Del abismo brotaron millares de seres oscuros, confusos como niebla.

En la comisaría siguió el caos y un caótico revuelo. Pero no todos fueron tragados por las sombras de negrura palpitante. A no mucha distancia, un ser mutado (despertada su segunda naturaleza por las fuerzas del averno) gobernaba a las criaturas vomitadas del umbral. Tras erguirse en la camilla, el joven James Sinclair, hundió sus garras —recién nacidas— en el vientre del doctor Ellis. Después usó sus alas membranosas para alzarse por pasillos y consultas, sembrando el pánico y la muerte en derredor.

Como accionado por un resorte, Morton desenfundó su arma buscando al enemigo. No tuvo que esforzarse mucho, lo tenía frente a sí en el recodo del pasillo. La visión le tuvo un momento petrificado, procesando una situación —otra más— que no alcanzaba a comprender. Qué era aquello o qué pretendía no importaba, tenía que ser abatido.

El ser se giró y su roja retina no se posó en la figura que tenía delante, sino en la sombra que se adivinaba a su espalda. Un disparo. El proyectil no alcanzó su objetivo sino que se incrustó en la pared. No fue por falta de puntería, a esa distancia, un militar tan avezado como Morton no podía fallar, por mucho que le temblara el pulso. Fue el empujón propinado por Patrick el que le hizo errar el tiro. La grotesca criatura parecía desconcertada, y una nueva mirada entre ambos puso al descubierto el vínculo que les unía.

—¡Dios mío, James! ¿Qué te ha pasado? —sollozaba, arrodillado, el atribulado padre.

Los parámetros de caos y muerte que parecían regir el comportamiento de aquella demoníaca entidad dieron paso, por un momento, a un atisbo de conciencia humana. Miró sus extremidades, agitó sus alas y una mueca de incredulidad pareció dibujarse en el torvo rostro. Algunas voces empezaron a pregonar su nombre en el interior de su cabeza. Sus «hermanos» reclamaban más sangre, más destrucción. Ante esta encrucijada estaba: obedecer o tomar las riendas de su destino.

Apenas duró un minuto el vuelo, salpicadas sus alas con la lluvia que volvía a arreciar. Desde la distancia pudo apreciar como, atravesando las vidrieras de la iglesia, el bermellón de los haces luminosos la hacía latir como un púlsar en la inmensidad del espacio. Al atravesar la espadaña, su tosco cuerpo empujó a la campana, que inició un irrefrenable y ensordecedor repiqueteo.

Daniel seguía sumido en su rezo, las manos cubriendo su cara para no ver aquella ominosa esfera levitando sobre el símbolo, escupiendo sin descanso execrables entes. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? Cualquier cura, de la más humilde parroquia, sabe que el Maligno siempre tienta y engaña a los que se le acercan. Cuántos inocentes juegos con la güija habrán abierto puertas a espíritus burlones. De igual manera, la invocación —las claras directrices de Tadeuz— no eran sino un ardid. El supuesto oráculo al que pretendían acceder para conocer ignotos secretos, tornado en brecha a un anunciado Apocalipsis.

La irrupción repentina de aquella bestia alada en la cripta conmocionó aún más al párroco, que viendo próximo su fin, se encomendó al Altísimo. Entonces, el escenario pareció mutar de repente. La esfera tembló y el trasiego de los seres vomitados por las sombras se detuvo. Parecía como si todos ellos, agolpados en aquel reducido cubículo, esperaran órdenes de su heraldo. Con su garra, apenas rozó la curva superficie, y ésta respondió emitiendo un fulgor, un zumbido que ahogó el sonido de las campanas.

La omnisciencia de James —adquirida hacía minutos— le permitía ver a través del portal. Reconocía aquellos singulares parajes donde habitaba durante sus ausencias, le parecían entonces tan reales como ahora, tan familiares como un segundo hogar.

Su alma porfiaba, a caballo entre el dictado del instinto —crisálida portada durante generaciones— y la razón. Conceder una nueva oportunidad a esta raza, tan demente como para provocar su propia ruina. La decisión estaba tomada: él no sería el causante de tanta aflicción. Avanzó con firmeza, fundiéndose su rostro con el éter vaporoso. Mas su ímpetu se vio detenido de forma inesperada. Un punzante dolor en el pecho se irradió vertiginosamente a sus extremidades, impidiendo toda actividad muscular. ¿Qué era aquello tan poderoso que podía dominarle?

Colgando de su cuello, el amuleto indio se erigía en barrera inexpugnable, anclaje a su naturaleza humana. El objeto místico no podía cruzar el umbral, así que lo arrancó, arrojándolo a los pies de Daniel.

La catarsis fue inmediata. Un estruendo precedió a la fractura de la sacrílega piedra fundacional de la iglesia. La torre se agitó como una espiga en un vendaval, las grietas se abrieron paso por los muros de carga. Segundos después, mudez y oscuridad. Absolutas. Ni una sola señal del abismo antes abierto en ese mismo lugar; tan sólo una fetidez nauseabunda, como el hálito de millares de bocas descarnadas gritando nombres ya olvidados.

Y el único espectador, acuclillado en un rincón, sin respuesta racional para todo aquello, se aferraba —ya nunca se separaría de ella— a aquella singular piedra, engastada en una concha, que una vez colgó del cuello de James Sinclair.


Cuarta parte – Capítulo 1 >

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