Sí, se puede…

  • Reflexión sobre las victorias de La Roda CF ante el Barakaldo (1-0) y la del Albacete ante el Osasuna (3-1)
21 Marzo 2016

Menos mal. Con las ganas que teníamos de llegar a un lunes como este. De Pascuas a Ramos nos llegan las buenas nuevas. Tenía que ser en este inicio de la semana de pasión cuando nos despenaran de tanto sufrimiento acumulado. Bueno, sin pasarse, nos han despenado de momento. Que el fin de semana que viene, viene muy deprisa. Y entonces serán otras. O a lo mejor, no.

El sábado acudimos al Belmonte con la esperanza por bandera. Esperábamos un cambio radical propiciado por el que se produjo hace ocho días en el banquillo. Regreso de un viejo conocido, sin conejos en su chistera, pero con aires nuevos que insuflar a una plantilla asfixiada por una deriva vertiginosa de malos resultados y peor suerte. César Ferrando había anunciado durante la semana que su equipo iba a ser práctico fundamentalmente. Tonterías las justas.

El partido del sábado volvió a poner de manifiesto que el fútbol es un juego de errores y que lo más práctico es cometerlos lo más lejos posible de tu portería. No se trata ahora de renegar de la otra propuesta, que tenía su atractivo, ocurre que ahora no estamos para florituras, porque los errores de antes y la incapacidad para ponerles remedio, nos han llevado a una situación que no admite demasiados experimentos. Primero ganar y después, si se puede, jugar bonito, cuando no tengamos al cuello esta soga que nos aprieta.

A todo esto, el rival era el tercero en discordia de una clasificación más apretada por arriba que por abajo, que ya es decir. El At. Osasuna pasó por el estadio como uno de tantos, sin más virtudes reseñables que la calidad de Torres o el imponente poderío aéreo de Urko Vera, que nos metió el gol y muchos quebraderos en las cabezas de Gonzalo y Pulido. El equipo de Martín Monreal jugó peor que su rival y perdió merecidamente. El Albacete Balompié, riguroso en defensa, sin contemplaciones, fue también superior en la zona de en medio y contó, además, con esa pizca de suerte, tan esquiva habitualmente, en los momentos decisivos. La implicación de sus futbolistas y el ánimo insuflado desde fuera, resultaron suficientes para conseguir un triunfo vital en la difícil tarea, que todavía tenemos por delante, de mantener una categoría imprescindible para el futuro de un club que ha cumplido setenta y cinco años.

La Roda doblega al líder

Con la primavera llegaron los puntos al Municipal. La tarde, espectacular para jugar al fútbol, el rival de campanillas, el líder, ya les digo. Y la necesidad, aquí también, de sumar de tres en tres para poner los pies en polvorosa. El Barakaldo había perdido tres partidos en toda la temporada y llegaba dispuesto no perder ninguno más. En frente, un equipo rojillo que venía de empatar, cuando mereció ganar y pudo perder, frente al Guadalajara. La empresa se antojaba muy difícil y he de confesarles que, ni por asomo, imaginé un desenlace tan feliz, perdón por mi incredulidad.

Si ellos eran chicarrones del norte, nosotros fuimos mocetones manchegos del sur, con más atributos que aquel caballo de Espartero al que tanto recurrimos cuando nos ponemos recios de testosterona. Se trataba de no descomponerse en las primeras acometidas, de mantener la concentración, la intensidad, el brío.

Se fueron pasando los minutos y a medida que se nublaba la tarde, empezamos a ver el sol en el horizonte teñido de rojo. Por el tapete verde se desplazaba el balón, cada vez más rápido, cada vez más preciso, cada vez más nuestro. Empezamos a creer. Resultó además que a ellos no pareció importarles mucho no ganar, si no perdían. Y en esas estábamos cuando un centro desde la izquierda, de Oca creo, lo enganchó en el área, escorado a la derecha, un Goñi imperial, como su escorzo, y lo mandó donde pastan las vacas, crujiendo los huesos costales de Jaume, que desplegó sus muchos centímetros, sin llegar a una pelota envenenada por la bota del navarro. Qué gozada.

En los últimos estertores, los vascos, bueno algunos vascos y otros de por ahí, intentaron remediar lo irremediable; balonazos al área para mayor gloria de Aitor Arregui, que este sí es vasco, de cuna. La cuestión es que iba con nosotros. Como Arellano, el otro protagonista.

Se jugaban los últimos segundos. El acoso vizcaíno propició un rechace que cayó en las botas de David Martín, creo. El delantero, da igual quien fuera, se perfiló de zurda, se zafó de un defensor impetuoso y cuando quiso darse cuenta tenía, como un tren correo, al portero delante de sus narices. El balón golpeó violentamente contra el guardameta rodense. Y nos fuimos a casa tan contentos. Ya tocaba.

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