Hasta el rabo, todo es toro

  • Reflexión sobre la derrota del Albacete Balompié en Zaragoza (1-0) y el empate de La Roda en Guadalajara (1-1)
14 marzo 2016

El fútbol, como la vida, es injusto muchas veces. Y cruel. Este fin de semana se nos ha vuelto a aparecer el tópico, descarnadamente en un caso y por fortuna en el otro, aquel que dice que los partidos duran hasta que pita el árbitro, ni un segundo más, ni uno menos.

Si hemos pillado a alguno despistado, que no creo, estará empezando a deducir de manera brillante, que ocurrió algo importante y que fue al final. Exactamente. El Albacete Balompié se batió el cobre en La Romareda, consciente de la importancia del resultado final –advierta el lector que no decimos nada, de momento, de la manera de jugar al fútbol-, con una especie de juramento incluido en torno a la figura del entrenador, ahora ya ex. Con la misma perspicacia, los no iniciados habrán concluido que el Alba perdió y que a Luis César Sampedro le enseñaron la puerta de la calle, acto seguido.

La cuestión es que, paradójicamente, esta vez no ha sido, ni mucho menos, el partido que más motivos ha puesto encima de la mesa de Garrido. El Alba de Zaragoza no mereció perder el envite y, mucho menos, hacerlo en el minuto final y con un gol en propia meta. Antes había equiparado el nivel de su oponente y le había puesto las cosas tan difíciles que a nadie –de los que vimos el partido- le hubiera extrañado si al final los tres puntos hubieran volado ufanos a la capital albaceteña. Tan sólo la falta de determinación y juicio defensivo de los últimos diez minutos de partido y, sobre todo, la mala idea de aquel balón centrado desde la izquierda que se encontró con la pierna de Pulido como paso previo a la portería de Juan Carlos, entre el estupor y la impotencia de los que estaban allí y de los que nos quedamos por aquí, todos con la esperanza de una victoria que no llegó.

A los veinte minutos de la terminación, con la digestión de otra derrota por hacer, nos llegaban las noticias desde los mismos vestuarios del estadio zaragocista: Luis César Sampedro ya no era el entrenador del Albacete, sepultado por una serie de circunstancias que merecerían un análisis más detenido y mucho más papel para escribirlo. A las catorce horas del cese de uno, ya teníamos otro César para hacerse cargo de esta nave que, por fas o por nefas, camina a la deriva en un mar plagado de arrecifes. César Ferrando ha dirigido esta mañana su primer entrenamiento en su regreso a casa, con una tarea ardua por delante: convencer a sus futbolistas de que esta situación tiene remedio y que son ellos, fundamentalmente, los principales actores para bien o para mal.

Empate de La Roda

También fueron los últimos minutos del partido en Guadalajara los que determinaron el resultado de un partido que no merecía perder La Roda C.F., superior a un Depor Guada que ha entrado en barrena en una sima de problemas deportivos e institucionales y que dista mucho de aquel que casi se paseó en nuestro campo en la primera vuelta. El equipo de Mario Simón estaba leyendo el partido de manera más acertada y nos daba la impresión de que el gol rojillo era solamente cuestión de tiempo. Enfrente tenía a un equipo torpe y temeroso, precipitado por su necesidad, que lo cifraba todo en la veteranía de algunos de sus futbolistas, Miguélez fundamentalmente.

Fue precisamente el ex de Alcorcón o Rácing, entre otros, quien consiguió batir a un acertado Arellano, en la recta final del partido, asestando un tremendo mazazo en la testuz de un equipo que no merecía perder, ni mucho menos. Minutos antes, el portero de ellos había salvado milagrosamente, desde el suelo, un remate a quemarropa de Adrien Goñi. Lo que sucede en el fútbol no siempre tiene que ver con los merecimientos de quien juega y responde, más bien, a situaciones imprevistas y a errores puntuales, la buena y la mala suerte.

En un alarde de pudor y de coraje, el equipo rojillo, con todo lo que tenía sobre el terreno de juego, se fue directo a remediar aquella situación que a todos se nos antojaba injusta. A todo esto, el reloj implacable, desgranaba los minutos sin compasión, a velocidad de vértigo para los visitantes y pesado y lento como una tortuga para los que iban de morado. Era cuestión de aplicarse más, de no dejarse llevar por el desánimo, de poner las ganas a la par de la tranquilidad y la precisión que, ya saben, no es cualquier cosa.

Hemos dicho muchas veces que el fútbol no entiende de justicia y reparte caprichosamente los beneficios. El Guadalajara tenía tres puntos en el minuto noventa y uno sólo en el noventa y uno. En ese intervalo había llegado Alberto Oca y le había birlado literalmente la pelota a una defensa muy poco solvente, para mandarla al fondo del arco alcarreño y devolver con su gol las cosas a donde merecían estar, el empate como mínimo.

Como pasó con los futbolistas del Alba, a los del Guadalajara se les cayeron encima los palos del sombraje. Lo tenían en la mano y se les escapó de entre los dedos, a última hora. En el fútbol también reza: hasta el rabo, todo es toro.

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