Ya no nos veremos otro rato por ahí, Antonio

  • Se fue un señor: Antonio Monsalve
11 Marzo 2016

Antonio,

Por detrás de la pena viene el alivio, que han sido muchos años de lucha, demasiados. El “bicho raro” que te decías a ti mismo por no morirte en los plazos que marcaban los médicos ya descansa, ahora sí. Se pasa un trago, pero ya descansas.

Si a Belmonte solo le faltaba morir en la plaza, a ti solo te faltaba una enfermedad sin esperanza para demostrar que el señorío, la entereza y el comportamiento cabal son atributos de una forma de ser irrenunciable y no consecuencia de unas circunstancias concretas.

—¿Sigues yendo a rehabilitación?
—Todos los días.

La respuesta ya la sabía, pero me gustaba escucharla. Por eso preguntaba.

Marta te admiraba desde que te conoció, por todo lo que sabías y por tu forma de ser, esa que lo mismo encandilaba a un papa que a un quincallero, y el puñado de veces que subió a verte al asilo multiplicó por mil aquella admiración de los años de la salud, de vino y rosas. “Este Monsalve, qué manera de afrontar las cosas”, siempre, bajando la cuesta de la iglesia.

Ahora ya sabes, Antonio, casi lo único que te quedaba por saber, y que no sabías porque para saberlo es requisito imprescindible morirse. Si se confirman nuestras sospechas, agua, y si hay sorpresa, lo mandas a la mierda de mi parte. No así en crudo, sino con ese don tuyo que tenías para decir las cosas con exquisitez palaciega.

Y cómo decirte esto sin que te enfades: Adolfo el maestro ya anda pidiendo una instalación deportiva o una competición con tu nombre y yo, hombre, qué quieres que te diga, pues que lleva razón y que apoyo la propuesta. En vida te propusiste huir de los focos y bien que lo conseguiste, maldito, pero ahora eso ya no depende de ti. Dame una razón, Antonio, para que la escuela de baloncesto no se llame Antonio Monsalve.

Si es que es cierto que eras ese bicho raro del que hablabas en la silla de ruedas, pero bicho raro también en la salud: un tío culto (cultísimo), caballero, curioso como un párvulo, diplomático, tintorero con rango de ministro, servicial, buena persona. Buena persona, coño. Todo esto lo condensó Ramón Lara en un susurro, mientras empujaban tu caja nicho adentro: “Era un hombre distinto”. Pocas veces he escuchado un halago más bonito, Antonio.

Bajando del cementerio, Santi el vaquero me contó el día que te vio en el campo de fútbol o no sé donde practicando lanzamiento de jabalina en tus años mozos, que no eran los años mozos de este país. Por si hubiera quedado alguna duda con la sentencia de Ramón Lara.

Me voy a ir yendo, Antonio, que tengo cosas que hacer. Hoy tampoco hemos hablado de toros, como venía pasando ya desde hacía tiempo, aunque me quedo con las ganas de haberte contado una última cosa relacionada con todo este mundillo, y que sé que te hubiera alegrado mucho. Pero es una cosa para habértela contado solo a ti, no por aquí, y no dio tiempo.

Lo dicho, que me voy yendo, pero esta vez sin acompañar la despedida con la coletilla esa de “Ya nos veremos otro rato por ahí”. Ley de vida de mierda.

Que sepas que me acordaré de ti cuando me cruce por la calle con el Mosquito Vinatero, con Joaquín el Chapas, con Pascual, cuando vea en la puerta de mi casa el coche aparcado de tu señorita Amparo (madre mía, cómo aparca, Antonio) y cuando me encuentre con la Juli de Merlos, incondicionales tuyos todos, contigo hasta el final, y me acordaré de ti, también, cada vez que oiga la palabra “señor”.

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