Mil setecientos dieciséis

  • Mil setecientos dieciséis son los parados que conviven con nosotros en La Roda, son mil setecientos dieciséis problemas, mil setecientas dieciséis tragedias, mil setecientas dieciséis almas en busca de un puesto de trabajo, que quieren y no pueden, que buscan y no encuentran
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08 marzo 2016

Las estadísticas son frías, los datos insensibles, pero detrás de muchos de los números que nos ofrecen los medios de comunicación casi a diario encontramos personas, mortales que sienten, respiran y padecen. Esto es obvio, pero a veces se nos olvida.

Mil setecientos dieciséis son los parados que conviven con nosotros en La Roda, son mil setecientos dieciséis problemas, mil setecientas dieciséis tragedias, mil setecientas dieciséis almas en busca de un puesto de trabajo, que quieren y no pueden, que buscan y no encuentran.

Pero la magnitud de estos dígitos se comprenden mejor si los relacionamos con espacios habituales para nosotros; pues mil setecientas dieciséis almas son el aforo completo durante cuatro funciones de la Casa de la Cultura de La Roda; son dos veces enteritas las personas que acudieron el otro día a ver el musical Hoy no me puedo levantar, que se ofreció en la Caja Blanca; es nuestro campo Municipal de fútbol con una gran entrada un domingo de partido; es una manifestación que ocupara todo el Ramón y Cajal. Mucha, mucha gente para un pueblo como La Roda.

Y la cifra se calienta más si cabe cuando la colocamos en un contexto, en una familia, en unos hijos, en un futuro que no se vislumbra, en la desesperación de ver que a algunos de nuestros gobernantes no parece preocuparles, no parece que les quite mucho el sueño; porque, según contemplamos estos días por el Congreso, aparentan estar más obsesionados en conseguir su carterita de ministro, su parcelita de poder, en mantener su puesto en el partido, su condición de candidato en las próximas elecciones a las que nos arrastran, que en empezar a solucionar los problemas de estas personas.

La disminución en dieciocho parados este mes en el pueblo, aunque para ellos haya sido una inmensa noticia, no deja de ser más que una gota de agua en el mar del paro, pues no llenarían ni la primera fila de la Casa de la Cultura ni darían para jugar un partido de fútbol y solo serían un grupo de amigos paseando por el Ramón y Cajal. Y eso sin entrar en detalles nimios, como el salario que se les haya ofrecido o las condiciones laborales, menguadas todas ellas como consecuencia del milagro económico de Aznar y Rato, y que Zapatero no supo manejar.

Dicen que los españoles hemos hablado y que con nuestro voto hemos querido un Parlamento fragmentado para que los partidos armonicen y lleguen a acuerdos. La verdad, cuando yo depositaba mi voto en la urna no pensaba en un Congreso dividido en más de una decena de partidos, más bien deseaba que mi equipo ganara y que no tuviera que llegar a pacto alguno, que pudiera imponer cual apisonadora todo aquello que proclamaba en su programa electoral. Vale, sí, los partidos no cumplen su programa ni cuando obtienen mayoría absoluta. Por eso, ¿qué sentido tiene intentar cumplirlo cuando no tienes los diputados necesarios?

Lo más seguro es que el próximo veintiséis de junio volvamos a votar, pero, ¿y si a todos nos da por meter en la urna la misma papeleta?, que los españoles somos muy cabezones. A lo peor entramos en bucle y constituimos otra vez un parlamento igual de fragmentado y los políticos en su egoísmo no se ponen de acuerdo y seguimos sin investir a ningún presidente y se convocan nuevas elecciones y volvemos a votar lo mismo y…

…mientras seguiremos teniendo mil setecientos dieciséis parados en La Roda, y cuatro millones ciento cincuenta y dos mil novecientos ochenta y seis desocupados en toda España, que llenarías diez mil trescientas ochenta y dos veces la Casa de la Cultura de La Roda, cinco mil ciento cincuenta y una veces la Caja Blanca…, vamos, una barbaridad bárbara. ¡Lleguen a un acuerdo, leche!

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