Los Paragnostas III (cap. 3)

  • Ya puedes leer el tercer capítulo de la tercera parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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3

El reencuentro

Sin sospechas, sin rudeza, sin testigos. Nadie supo del psiquiatra «eliminado». Para el pueblo de Angor, para el personal del Centro Psiquiátrico, aquel médico de origen holandés viajó a Europa con un puesto muy jugoso bajo el brazo. La pieza, ya inservible, fue cobrada. Tadeuz movió los hilos con frialdad de mercenario, anteponiendo el fin a los medios. No había marcha atrás. Imposible asumir riesgos. Ni el más mínimo error.

Los sicarios del papado ejecutaban su misión sin pestañear. Mas no todos actuaban de igual forma. El padre Daniel, a solas en la oscura sacristía, rumiaba los sucesos acaecidos. Negó con la cabeza y suspiró por la nariz. Luego salió al frío de la tarde en busca de aire. «No es cristiano lo que hacemos».

Mas ahora, su fe quedaba en un segundo plano. Con los años y el oficio monocorde, el párroco llegó a dudar de una existencia más allá. «Si el Dios que un día abracé realmente existe, espero que perdone mis pecados execrables». Sin embargo, entrevisto el horror, el cura tornó al rezo más devoto. Creyó con toda el alma, no ya en la salvación de su rebaño, sino en un Cosmos ancestral y tenebroso. Llegó a un punto en el cual, sencillamente, dejó de cuestionarse su moral. Dios Padre —la causa vaticana— exigía sacrificios más allá de la miseria de la carne, abnegados luchadores por su dogma: salvadores de almas.

Con todo, alguna vez —tal era el caso de esa tarde— su mente y convicciones flaqueaban.

Soplaba un viento desapacible, racheado de la costa al interior. Oscurecía. El sacerdote abrió las puertas de la iglesia y, arrodillado frente a Cristo, oró por un espacio indefinido. Rogó valor y fuerza. Después entró en la sacristía y, del doble fondo de un armario, extrajo un pulcro maletín. Matar a un indio no era tan sencillo como a un blanco. Su magia y amuletos manitús los protegían.

Patrick despertó de un sueño plúmbeo. Su instinto miliciano ante un peligro lo alertó con brusquedad. Eso y el aullido de Tom.

Echó mano al reloj. Aún era muy temprano y la casa estaba en sombras, cargada de silencio y humedad. No quiso despertar a su hijo. Se enfundó la bata y unas zapatillas de felpa y recorrió el pasillo; pasó a la cocina, vacilante, luego al salón. Espió a través de la ventana. Fuera, murmullo de ramajes en el bosque, sombras confusas en las hojas. Amistosa y fugaz, la botella de whisky se ofreció a calmar su ánimo. Ahora sí, entró en la habitación de James, intentando no hacer ruido.

Dentro, vacío y mudez. Olor a sábanas revueltas, a ausencia y soledad.

Sintió un frío repentino helar sus huesos. La angustia tomó el mando. «¡Otra vez!», murmuró sin aliento. Y, tomando las llaves del coche, salió precipitado en busca de su hijo.

Abrió la puerta de la habitación 113. Aunque descalzo y en pijama, James ya no sentía frío ni temor. Un poder desconocido lo impulsaba, movía sus piernas, bombeaba el corazón y los pulmones. Ingresó en la pieza sin un gesto de emoción, como un autómata movido por un código binario. Aquel mismo poder lo hacía invisible a ojos humanos, insecto diminuto en el Centro Psiquiátrico. Ningún registro de su entrada o de su cuerpo en las cámaras de vigilancia.

Sarah estaba despierta, aguardando a su hijo, desnuda y sin atar. Mostró sus dientes níveos, fluorescentes en contraste con la tez marrón de cuero. Su cuerpo de ébano era como una sombra misma. James, en cambio, no sonrió. No movió un solo músculo, presa del trance inexplicable.

—Al fin estás aquí… —habló una voz oscura y cavernosa, no femenina, no humana.

De pronto el chico sintió una fuerza que invadía su organismo y sus sentidos. Una suerte de epilepsia, de convulsión que hizo que todo, al instante, cobrase sentido.

—¡Humwawa! ¡Las puertas se abrirán!

La Sarah-sombra se aproximó al joven. Apenas quedaban restos humanos en su faz.

—¡La hora se acerca…! ¡Los símbolos! ¡Tráelos aquí! El ejército está presto, mis hermanos serán tuyos…

Cegado de negrura, titilaron puntos blancos y Sinclair supo dónde había de buscarlos.

Un estrépito de gritos hizo eco en el pasillo. El coronel, pistola en mano, irrumpió en la habitación con amenazas, seguido a cortos pasos por un grupo de enfermeros y auxiliares. Sarah dormitaba silenciosa, ceñida la camisa de fuerza. Tendido sobre el suelo, James volvía a la conciencia de este mundo, confuso, extraño, cambiado.

Llegó la policía y el asunto —penoso incidente— quedó en manos de un amigo de Sinclair.

Padre e hijo fueron trasladados a la comisaría, y mientras James era reconocido por el Doctor Ellis, Patrick era interrogado por Morton Ratchford, antiguo compañero de armas en el ejército. A solas en aquella pequeña sala, el viejo soldado se vino abajo, nunca antes había tenido un presentimiento tan fuerte de que su hijo estaba en auténtico peligro. Asomado a la ventana, contemplaba la lluvia, que volvía a caer con fuerza, como la tarde anterior. De buena gana hubiese apurado el resto de su petaca, pero todas sus pertenencias le fueron arrebatadas tras el cacheo. Morton lo conocía muy bien, y le pareció que le leía el pensamiento cuando le interpeló:

—Sólo puedo ofrecerte un café, Pat. Y a cambio de algunas respuestas. El sheriff me ha permitido hablar contigo porque cree que sólo a mí me dirás lo que sabes de este asunto.

Cuando se conocieron, Morton y Patrick pasaron por momentos vitales similares. Las tensiones raciales estaban en pleno auge entonces, y Patrick siempre agradeció a su amigo el respaldo cuando anunció su enlace matrimonial con Sarah, acontecimiento mal visto por las fuerzas vivas del lugar. Fue años más tarde, en la época en la que Sarah fue recluida debido a su enfermedad mental, cuando Abigail, la mujer de Morton, falleció en extrañas circunstancias, un caso que nunca se llegó a resolver. El peso de aquella losa hizo que Morton, al igual que Patrick, cayera en una profunda depresión, y el apoyo moral mutuo les salvó de enloquecer ellos también.

—Esta vez no es como las otras —dijo Morton mientras leía el expediente.

Se refería a dos episodios similares de cuando James era un niño. Lo encontraron vagando de madrugada, por la carretera que cruzaba el puente, a tan sólo unas millas de su casa. Entonces, en estado catatónico, las primeras palabras que acertó a decir fueron: “Me llama mamá”. —Dime, ¿recuerdas si James se encontraba especialmente agitado ayer? La respuesta negativa se produjo en forma de un vaivén de cabeza, aún absorto el progenitor en sus pensamientos. —¿Y tampoco viste o escuchaste anoche nada raro en los alrededores de tu casa, algún coche acercándose, por ejemplo?

La respuesta a esa pregunta ya era conocida por Morton. Había enviado a un agente para comprobar las rodaduras de los neumáticos en los embarrados caminos vecinales, pero tan sólo encontraron las del Jeep de Patrick.

Por fin, con voz trémula, Sinclair contestó, al tiempo que se giraba hacia su interlocutor:

—¿Cómo está Jamie?

Morton comprendió que aquel hombre que tenía delante no era sino la sombra de lo que una vez fue, incapaz de pensar con claridad, de asumir sus actos. Intentaría ayudarle hablando con el Director del centro para que no le denunciara por irrumpir allí de forma tan violenta, enajenado, amenazando con su pistola a los auxiliares y profiriendo todo tipo de disparates. En el fondo lo entendía, sabía lo que un padre era capaz de hacer por un hijo. Aún así, necesitaba algún tipo de pista para arrojar luz a un hecho inexplicable. Puso su mano en el hombro de Patrick, y le reconfortó.

—James está bien, y si te interesa, Sarah también. Ambos están bajo supervisión médica en estos momentos. Por favor, toma asiento, tengo que hacerte otra pregunta. Sólo una más, lo prometo.

El viejo coronel, resignado, se dejó caer a plomo sobre la silla. Morton puso un vaso de plástico delante y Patrick accedió a tomar a sorbos aquel mejunje caliente al que llamaban café.

—Verás, hay algo que no comprendemos, y por eso pido tu colaboración. Y por extravagante que pueda ser la respuesta, si la sabes, te ruego que me la cuentes. De otra forma, me será difícil ayudarte.

—Está bien. ¿De qué se trata?

—Hemos hablado con todo el personal que estaba de guardia anoche, también hemos visionado los videos de vigilancia y revisado cualquier acceso al recinto, sea puerta, ventana o valla. El resultado ha sido negativo.

—¿Qué quieres decir con “negativo”?

—Quiero decir que nadie vio entrar a James, no ha quedado registrado su acceso en ninguna cámara de seguridad, ni se ha forzado entrada alguna. En cambio, el muchacho apareció de repente en la habitación de Sarah.

—Seguro que algo se os habrá pasado por alto, Morton. No sé cómo te puedo ayudar yo en eso.

Morton se quedó mirando fijamente a su amigo. A pesar de ser una persona perfectamente equilibrada y racional, sabía que la explicación para aquel misterio tenía que ser de otra índole. Acostumbrado a vivir con los indios, había escuchado todo tipo de historias inverosímiles, y tal vez esperaba de Patrick alguna similar, pero en esta ocasión estaba dispuesto a creérsela, no había una respuesta sensata para aquello.

—Tal vez tengas razón amigo, lo mismo no hemos sido tan exhaustivos como debiéramos. Pero aunque James hubiese encontrado una forma de llegar hasta aquí andando, vestido únicamente con un pijama, y supiera como acceder sin ser visto y sin hacer saltar las alarmas, no sabemos la razón por la que su ropa y sus pies estaban impolutos.

Por un momento Sinclair no acertaba a entender, su mente embotada le impedía discernir lo sensato de lo incoherente. Su mano temblorosa dejó caer unas gotas de café al suelo. Al dirigir su mirada al mismo, comprobó como sus botas estaban totalmente llenas de lodo.

Era por todos conocida la afición del padre Daniel a dar largos paseos, por eso a nadie le extrañó verlo adentrarse en el bosque con su cesta de picnic. Lo que nadie podía siquiera imaginar es que bajo la cubierta de enea no estaba su almuerzo, sino que se ocultaba un rifle de mira telescópica, uno de los más sofisticados del mercado armamentístico. Disponía de algo más de cinco horas hasta la próxima homilía, tiempo más que suficiente para hacerse cargo de aquel peculiar encargo.

Sabía donde encontrar a aquel indio, su familia tenía unos acres cerca de la vega. Al llegar a lo alto del cerro, se apostó tras una roca. Desde allí dominaba todo el valle. Como si estuviese acostumbrado a hacerlo todos los días, sacó el arma, la montó y revisó, apoyándola sobre el trípode. El sol apenas se vislumbraba, el tiempo estuvo tormentoso toda la semana, y de vez en cuando una racha de aire helado barría la falda del collado.

Daniel se quiso engañar a sí mismo, quería pensar que era el frío y no su conciencia lo que hacía temblar la mano mientras buscaba por el visor la casa de madera. Fijado el objetivo, era sólo cuestión de paciencia. Aquel indio vivía únicamente acompañado por un perro. No tenía familia ni oficio, se había acostumbrado a vivir a costa de las pensiones destinadas a los indígenas, y de vez en cuando, como en aquella infausta ocasión que le llevaría a la tumba sin saberlo, se ofrecía como intérprete en servicios sociales, tribunales de justicia, etc.

Tras un largo rato de espera, en el que Daniel tuvo tiempo, de nuevo, de revisar su conciencia, decidiendo en más de una ocasión abandonar la absurda idea del asesinato, y las mismas veces decidiendo lo contrario en aras de la consecución de los designios marcados por el Vaticano, vio algo de movimiento. Su víctima apareció por fin en el porche, y se sentó a fumar una pipa. Sólo apretar el gatillo y problema resuelto. Mas, cuando la suerte parecía echada, de nuevo la puerta se abatió hacia el exterior, apareciendo una figura desconocida para el párroco. Un hombre blanco, de mediana edad, al que nunca antes había visto por allí, se acercó a la mecedora donde el indio se hallaba. Entablaron una conversación algo subida de tono, a tenor de su forma de gesticular y mover los brazos. No podía demorarse, aquel extraño sería una víctima colateral de este colosal entramado.

La respiración del clérigo era agitada, así que se tomó unos segundos para relajar la musculatura, reducir el ritmo cardíaco y concentrarse en su tarea. En la cruceta del visor, la sien del desdichado. En su pensamiento, una frase, corta y paradójica, dada la situación: «Que Dios me perdone».


Tercera parte – Capítulo 4 >

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