Los Paragnostas III (cap. 2)

  • Ya puedes leer el segundo capítulo de la tercera parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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2

Sarah

Últimamente Patrick Sinclair tenía malas digestiones. Y malos sueños. Pesadillas que, tan pronto despertaba, se diluían en su mente como brumas arrastradas por el viento, dejando un halo frío en sus entrañas. Descartados los médicos de la base militar —no se fiaba de ellos—, optó por consultar al doctor Ellis, el cual, tras un par de preguntas rutinarias, le palpó el vientre y prescribió un remedio indio, al margen de farmacias. Quiso protestar el coronel, pero el viejo fue tajante en su argumento. «Verá, Patrick: si quiere atiborrarse de pastillas, hágalo. Si prefiere que su estómago mejore, no hallará mejor remedio; usted decide». Se caló el doctor las gafas y, mirando fijamente a su paciente, preguntó con interés: «Por cierto, ¿cómo está el pequeño James? ¿Algún síntoma extraño?». «No, la verdad es que no», replicó Patrick, bruscamente serio y reflexivo.

En efecto, desde que su hijo visitara la consulta del neurólogo, semanas atrás, había experimentado una notable mejoría. James parecía más tranquilo, más centrado en sus estudios, de mejor humor. Ningún resto de «ausencias». Nada fuera de lo corriente, excepto algún arrebato ocasional, típico de adolescente. Cierto que de entrada se resistió a aceptar las sugerencias de Ellis, pues chocaban con su orgullo y su ideal de educación. «¿Qué sabrá este anciano solterón de criar a un hijo?». Sin embargo, el viejo había dado en la diana: rebajar la disciplina con James (al menos un par de grados) había obrado en beneficio de los dos. «¡A la mierda las teorías!», se dijo Sinclair. «Mi hijo está mejor y es lo que importa».

Las hierbas concedieron a Patrick una tregua. Otro tanto sucedió con los fantasmas de sus sueños. «Ese cabrón de Ellis es un genio», se dijo una noche mientras veía un partido en la tele y tomaba más whisky de la cuenta.

Otra noche, la del domingo en que James regresó de su excursión al estuario, el coronel sintió alacranes removiéndose en su estómago. Conocía —o creía conocer— bien a su hijo como para saber que le mentía, que su máscara encubría una verdad bien diferente. Algo había ocurrido, desde luego; y, a tenor de la mal disimulada angustia pintada en los ojos de James, no presagiaba nada bueno. A solas en la cocina, Patrick dudó si abusar de aquellas hierbas o acabar con la botella de licor. Su sentido común le gritó que aquello no sólo era una idea estúpida, sino que, en vez de espantar sus demonios nocturnos, éstos danzarían en su lecho hasta la aurora.

Salió al porche a respirar el aire fresco. A llenarse los pulmones de un oxígeno que a veces le faltaba. Tom le siguió con pereza, sin mover siquiera el rabo, cansado de carreras por el monte, de pelearse con las pulgas todo el día.

Más calmado, caviloso, subió la dosis de su propia realidad. En ese punto exacto en que se prenden las chispas del cerebro, Sinclair tomó conciencia del temor que le embargaba, como un virus larvado, desde el mismo nacimiento de su hijo. En las venas, en los huesos, en las vísceras de James corría la sangre de su madre, aquel maldito sedimento de locura, la herencia mestiza, genética de Sarah.

Frente al bosque, sofocó un grito de impotencia para no ser descubierto. Cubrió la cara con sus manos y lloró sin reprimirse. Sus lágrimas trajeron al presente otras lágrimas, casi olvidadas, arrinconadas en un cajón del tiempo. No podía soportar, concebir, imaginar aquella idea. James no heredaría la locura de su madre. No y mil veces no. Si eso llegara a suceder —el buen Dios no lo permitiría—, él mismo acabaría con su vida y la de su hijo…

A veces, cuando la medicación no la dejaba anestesiada, la paciente de la habitación 113 hablaba en sueños. En su delirio, Sarah dialogaba con criaturas inasibles de los bosques, o al menos eso relataba por el día a los doctores. Tal punto fue objeto de interés para un psiquiatra de ascendencia holandesa. Por espacio de dos meses, auxiliado por un nativo de tez cobriza —hijo de indios, comprendía el dialecto algonquino—, aquél grabó a la interna en pleno brote, tomando luego notas al hilo de la traducción.

Nadie supo del encuentro posterior entre el psiquiatra y el párroco de Angor. La reunión se celebró en la más estricta intimidad, sin testigos. Nadie en la bahía dio importancia al rictus taciturno que, los días sucesivos, acompañó al padre Daniel. El facultativo, por su parte, se limitó a redactar un informe cuajado de tecnicismos, ocultando al resto sus auténticos hallazgos.

Atravesando miles de kilómetros por aire y tierra, aquellas notas, junto a las cintas de cassette, llegaron, por este orden, primero al aeropuerto de Fiumicino, después a la ciudad del Vaticano, y, por último, a un despacho de la Santa Sede.

Se abrió la puerta. El mensajero se recortó en el vano, portando un bulto entre las manos.

¿Sí? —Por encima de sus lentes, alzó la vista un hombre lúgubre, acodado sobre el escritorio.

Señor secretario, traigo un paquete para el cardenal Tadeuz.

El matasellos indicaba su inequívoca procedencia, la humilde parroquia del padre Daniel, allende los mares. Con sumo cuidado lo abrió y extrajo su contenido. Sacó un magnetófono de un cajón y acarreándolo todo, apenas rozó con los nudillos la puerta del despacho anexo.

Eminencia, ha llegado lo que estaba esperando.

Con un leve ademán, la sombría figura le instó a que dejara todo en su mesa.

Que nadie me moleste —la grave voz de Tadeuz sonó como si brotara de las entrañas de una caverna.

Tras abrir el dossier, desplegó una gran cantidad de fotos sobre la pulida superficie de palosanto. Cada instantánea mostraba una curiosa imagen, extraños garabatos dibujados o arañados sobre paredes, suelos y mobiliario. Unas cuantas mostraban algún animal estilizado cual tótem, otras, toda suerte de mandalas de revirados trazos. De entre todas, una en particular llamó la atención del religioso, trayéndole a la memoria algo que estudió largo tiempo atrás.

Tras colocar una de las cintas en el magnetófono, se ajustó los auriculares para iniciar la audición, al tiempo que leía la trascripción repleta de anotaciones al margen.

Paciente: Sarah Sinclair. Treinta y dos años. Raza mestiza. Tres años de reclusión en centro psiquiátrico. Diagnóstico: esquizofrenia severa. Tratamiento con anti-psicóticos y electroshock, resultado negativo. Sintomatología actual: alucinaciones y delirios repentinos tras largos estados catatónicos. Se recurre a la presencia de un indígena para proceder al interrogatorio, pues únicamente se manifiesta en su lengua materna. Doy comienzo la sesión a las 16:35 h del 3 de octubre, administrando a la paciente una dosis de suero experimental”.

La voz del doctor resultaba extraña a oídos de Tadeuz, tal vez debido al fuerte acento en el habla. Trataba de imaginar la escena a través de los diálogos, de los sonidos que se escuchaban de fondo, hasta podía percibirse el revoloteo de insectos en esos eternos segundos entre la pregunta, la balbuceante respuesta y la posterior traducción. El escenario lo ponía su propia imaginación. Sarah tumbada, su cabeza apoyada sobre un mugriento cojín, con las comisuras de la boca repletas de saliva, su vista perdida en el infinito, su pelo bañado por la tenue luz otoñal filtrada en las rendijas de unas mal cerradas ventanas. Los efectos de la droga llegando a las neuronas de la desdichada criatura provocan una convulsión como respuesta al estímulo.

Sarah, ¿cómo te encuentras? [No hay respuesta]

¿Sabes dónde estás?

En casa

¿En casa? ¿Quieres decir en el bosque, con tu marido y tu hijo?

Jamie…No, mi pequeño Jamie no está [Solloza al acordarse de su hijo]

Entonces estás con tus padres, en la reserva.

No, ellos tampoco están.

Dime Sarah, ¿de qué color son las paredes?

Grises, con unas preciosas vetas verdes [Síntoma de bilocación, visualiza dos lugares simultáneamente]

Entonces, dinos, ¿quién te acompaña en tu “casa”?

Mis hermanos [En su expediente se registra que es hija única]

¿Podemos hablar con ellos?

Está con nosotros, no la molestes [La voz es ronca y sombría]

¿Eres tú su hermano? ¿Cómo te llamas?

¿Por qué quieres saberlo? [Suena aún más grave y amenazante]

Para conocerte.

Me conocerás a su debido tiempo.

¿Por qué sometes la voluntad de esta mujer?

Ella sirve a nuestros propósitos, nació para ello.

¿Quieres decir que le disteis la vida? [Los parámetros empiezan a oscilar. Presión sanguínea, temperatura y ritmo cardíaco en aumento progresivo]

Y se la arrebataremos llegado el momento. ¿Quieres correr tú su misma suerte?

¿Soy acaso una amenaza para ti?

No, sólo un estorbo, pero no por mucho tiempo [La frase termina con una modulación más aguda. La paciente abre los ojos y mira a su alrededor]

¡Ayúdeme, por favor! [La paciente se retuerce y profiere aullidos, comenzando luego a hablar en una lengua desconocida]

[Indescifrable]

El prelado prestó especial atención a aquel galimatías, y donde los presentes no pudieron descifrar ni una sola palabra, él apreció con nitidez un nombre que le resultaba familiar: Humwawa.

Tadeuz continuó escuchando el resto de las cintas, al tiempo que revisaba concienzudamente la trascripción. Cuando finalizó, descolgó el teléfono y, sin esperar respuesta del otro lado, pronunció:

—He escuchado las cintas. No debemos dejar testigos.

Luego salió de la estancia por una puerta escamoteada tras un enorme cuadro de Caravaggio. Con gran celeridad se dirigió a los Archivos Vaticanos, portando aquella foto tan extraña entre las manos.


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