Los Paragnostas III (cap. 1)

  • Ya puedes leer el comienzo de la tercera parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA
23 septiembre 2015

< Segunda parte – capítulo 10


TERCERA PARTE

1

El hijo del coronel

El Jeep culebreó, pendiente arriba, siguiendo la encharcada pista forestal. Retrepado en su asiento, el conductor aspiró el olor asilvestrado que emanaba de la tierra, llenando sus pulmones de hálito vegetal. Poco a poco los corrillos de maleza —escobas y urces— dieron paso al bosque, más y más cerrado por momentos. Surgieron a la vista cientos de árboles añosos. A uno y otro lado, se alzaron ejemplares de remota ancianidad, vestigios de las selvas que poblaron la región en otras eras. Floresta que, mirando al sureste, caía abruptamente conformando acantilados espumosos.

El vehículo abocó un promontorio, despejado de arboleda en torno a un círculo de suave pradería. El conductor detuvo el coche, puso el freno y, sin quitar la llave de contacto, echó pie a tierra. Inhaló profundamente aquella atmósfera húmeda, tan hondo como pudo, como si el aire restañara sus heridas más profundas. Luego, empinado en el montículo, lanzó un vistazo al horizonte; abajo, a través de un telón gris y vaporoso, oteó la silueta de dos barcos que fondeaban en la costa.

La bahía de Angor obraba en Patrick Sinclair como una válvula de escape, lugar ideal para perderse y olvidarse de problemas cotidianos. De ahí que, tan pronto fue ascendido a capitán, pidió el traslado a su comarca natalicia. De eso hacía ya casi dos décadas, casi tanto como el tiempo que llevaba divorciado, cuando su hijo todavía andaba a gatas.

El coronel Sinclair, descendiente de los hombres y mujeres que poblaron estas costas a comienzos del siglo XVIII, sentía una profunda ligazón (familiar y espiritual) con el lugar de sus ancestros, llevando siempre a gala su linaje colonial, fijado a aquella tierra como el árbol más longevo de la zona.

Volvió sobre sus pasos. Subió al vehículo y prosiguió su camino. Pasados tres kilómetros, zigzagueando monte adentro, llegó a la cima de otro cerro aún más boscoso. Allí, en la cima de la loma, robusta y solitaria, se alzaba la casona familiar.

Tan pronto oyó el motor del coche, Tom salió de la perrera y, meneando el rabo sin parar, agitado en extremo, se abalanzó sobre la puerta del piloto. El coronel acarició la cabeza del perro con afecto acostumbrado. Enseguida, bajando los escalones, apareció James, el hijo adolescente de Sinclair. El padre alzó la mano a modo de saludo, pero el joven ignoró aquél ademán. Algo en su mirada atrajo la atención del coronel. Pensó, no sin cierta extrañeza, que el muchacho miraba fijamente al bosque, como si viera algo tangible en sus entrañas.

—¿Qué pasa James? ¿Has visto un animal?

El chico no respondió. Patrick, habituado a la obediencia desde joven, se impacientó. Aquel mutismo —entendido como falta de atención y de respeto— comenzaba a molestarle. Esta vez, empleó un tono desabrido que sonó a orden marcial.

—¡James!, ¿quieres hacer el favor de contestar?

La mirada del joven parecía ir más allá de las copas frondosas que se erguían enfrente, perderse en un lugar remoto, extraño e inalcanzable.

Pazazu, mi señor… La puerta… —la voz del chico, anormalmente grave, cobró un matiz ajeno de sonámbulo, como si otra persona, tomando posesión de su cuerpo, hablara en sueños a través de él.

Al cabo, sus ojos regresaron a este mundo.

Subrayando el desconcierto de Sinclair, su hijo sonrió con timidez, devolvió el saludo a su padre y bajó los peldaños en dirección al Jeep. Al tiempo, el jadeo de Tom se enlenteció. El perro ladró de alegría (como si James también hubiera regresado) y comenzó a juguetear con el muchacho.

¿Te encuentras bien, James? —preguntó Patrick con un deje de inquietud.

¿Cómo quieres que esté si llevo todo el puto día estudiando?

Ni rastro de extrañeza en su mirada, el chico actuaba como si nada hubiera sucedido. O simplemente no era capaz de recordar. Pero ¿recordar qué?

La respuesta reconfortó a Sinclair. Hasta el siguiente episodio.

Aquellas «ausencias» despertaron en Sinclair un presentimiento de alarma. Su mente férrea no aceptaba aquello que no podía comprender. Si se trataba de algún síndrome o enfermedad, había que ponerle nombre y remedio y, por supuesto, cuanto antes, mejor. Días más tarde, convenció a su hijo para viajar al pueblo y hacerse un chequeo médico. A James no le hacían gracia las agujas, pero cualquier excusa era buena para aparcar aquellos libros de texto.

Patrick Sinclair fisgoneaba entre la gran cantidad de titulaciones médicas y académicas que colgaban de las paredes de la sala de espera. Era extraño que alguien como el doctor Ellis, considerado una auténtica eminencia en el campo de la neurología, hubiese terminado llevando una vida casi eremita en aquel lugar tan apartado.

Las maderas del vetusto entarimado crujieron al paso del anciano, que dejó a James vistiéndose en el interior de la consulta.

—A expensas de lo que digan las analíticas, aparentemente James está perfectamente. La respuesta a todos los estímulos son normales, y no hay alteraciones de ningún tipo.

—Y ¿qué le ha dicho de sus “ausencias”? —inquirió Sinclair algo nervioso.

—El chico no ha referido nada al respecto. Le he preguntando con insistencia si es proclive al ensimismamiento, si gusta de divagar o inventar situaciones en su mente por puro entretenimiento, pero su respuesta ha sido negativa. Dice dormir bien y no recordar nada de sus sueños.

—Pero entonces, ¿qué demonios le está pasando? —el coronel no podía disimular su preocupación. ¿Le estaría pasando lo mismo que a su madre?

Ellis puso su mano en el hombro del coronel, tratando de reconfortarlo.

Tal vez haya algo en su pasado que esté aflorando de una forma en la que él todavía no es consciente. Y eso puede estar provocado por alguna situación de estrés que esté viviendo. James me ha hablado de sus estudios, de la férrea disciplina a la que le somete…

—¡Es por su bien! —dijo el coronel alzando la voz. Con este gesto, delató la angustia soportada al tener que al criar en solitario al niño.

James había crecido sin el cariño materno. En todos estos años, en escasas ocasiones preguntó por su madre. Además, las respuestas de su padre eran tan parcas que la única información veraz que obtuvo fue a través de su tía Amy, que le hablaba de su gran belleza mestiza. Lo que no le contó fue que Sarah, desde el mismo momento en que supo de su embarazo, comenzó a comportarse de forma extraña. Al contrario de lo que podía esperarse de alguien que estaba concibiendo un hijo, dejó de cuidarse, apenas comía, ya no se relacionaba con sus vecinos y, cada vez más frecuentemente, protagonizó desapariciones nocturnas por los bosques, exponiéndose al ataque de toda clase de alimañas. Sinclair no podía entender este cambio tan repentino que, de alguna forma, daba la razón a algunos miembros de su familia que no vieron con buenos ojos esta relación con alguien de otra raza y extracto social. Tras el parto, Sarah se desentendió totalmente de su hijo. Pasaba los días sentada en el porche mirando hacia la infinitud de árboles que rodeaban la casa, dibujando con una tiza extraños símbolos frente a la puerta y farfullando frases sin sentido en su extraño dialecto algonquino. Su gran propensión a abusar de la bebida y un carácter cada vez más arisco fue el detonante para que Sinclair, superado por la situación, se divorciara. Aunque fuera él mismo el que sufragara los gastos del centro psiquiátrico en el que fue recluida, donde, lejos de mejorar, desarrolló un brote psicótico.

¿Nos podemos ir ya, papá? —la irrupción del chico en el vestíbulo dio por finalizada la conversación.

Claro, hijo. Despídete del doctor.

Adiós, doctor —dijo sin contemplaciones, lo cual no gustó en modo alguno a su padre.

Adiós, James. Recuerda lo que hemos hablado, si en algún momento te sientes mal o te duele la cabeza, vuelve por aquí.

Tras abandonar la consulta, el coronel Sinclair se dirigió al almacén para comprar algunas provisiones. Cansado de esperar en el exterior, James recorrió la acera acompañado de Tom. Al pasar junto a un anciano indio que vendía abalorios en una esquina, el perro se paró en seco y comenzó a ladrar con insistencia. El chico, encandilado por el colorido y extravagancia de aquellas bagatelas, se aproximó.

¿Con qué los hace? —preguntó.

Pues con lo que aporta la naturaleza. Huesos, piedras, plumas, madera, conchas… —respondió el hombre mientras clavaba su pupila en las del chico— ¿Te gusta alguno?

James sabía que su padre no le permitiría tener nada procedente de los indios, así que negó con la cabeza, aunque su vista se posó en un curioso colgante que el viejo llevaba al cuello. Éste, al momento, se lo quitó y lo puso en la mano del joven.

No…no puedo pagarlo —apenas acertó a balbucear.

Es un regalo. Te ayudará a estar en armonía con los manitus. Y te protegerá de aquello que te acecha. Ahora te hará más falta a ti que a mí.

Esta breve conversación le dejó desconcertado. Ni siquiera le dio las gracias, y, sin abrir la mano, volvió sobre sus pasos hacia el almacén, donde pudo ver a su padre en la puerta hablando con el padre Daniel. Tom había dejado de ladrar, y mientras se agachaba para acariciar su cabeza, aprovechó para echarle un vistazo a la ofrenda. Se trataba de una pequeña concha blanca sobre la que se encontraba engastada una piedra triangular, veteada en tonos rojizos, con unas muescas que conformaban una especie de semblante, o al menos eso le pareció a él.

James sustituyó el crucifijo de plata que siempre portaba al cuello por el amuleto, ocultándolo en todo momento a su padre, tal vez en un acto instintivo, o quizás como gesto desafiante a las normas establecidas. Durante las semanas posteriores el chico volvió a sus quehaceres, incluso se le podía ver más activo de lo habitual, dando largos paseos por los montes cercanos o pescando en el río. Ni rastro de sus repetidas «ausencias» pretéritas.

Pero esa calma se quebró el día en que perdió su cotizado tesoro. Un sábado, durante una de las caminatas que hizo con su padre, se acercaron al lago. Era un tórrido día de verano, y antes de sacar el refrigerio que llevaban en sus mochilas, el coronel animó a su hijo a darse un baño en la orilla para combatir el sofocante calor. De entrada, James se mostró reticente a desnudarse pues su padre vería el amuleto y probablemente le reprocharía llevar un símbolo pagano. Finalmente, ante la insistencia paternal, accedió, quitándose la camisa de forma que ocultara con la misma el objeto. Era la primera vez que se desprendía de él desde que cayó en sus manos.

Padre e hijo disfrutaron de un gratificante y refrescante baño mientras Tom se dedicaba a juguetear por la orilla. Tan a gustó se encontró James que, ya en solitario, se quedó otro buen rato en el agua.

¡Jimmie! —le gritó Patrick con un sándwich en la mano—. Ya deben haberte salido escamas, hijo. Si no vuelves rápido me zamparé tu comida.

En otra época, esa frase hubiese parecido un ultimátum, pero en los últimos días había notado un cambio de actitud de su padre hacia él, algo más condescendiente de lo habitual, lo cual había facilitado la comunicación. Salió del agua a desgana y se sentó en la misma piedra donde había depositado su camisa. Antes de levantarla, buscó a tientas en su interior el cordón del amuleto, pero no lo halló. Agitó la prenda con insistencia, la puso del revés. Nada. Había desaparecido. Un sentimiento de intranquilidad (que no pasó inadvertido a su padre) embargó al muchacho.

¿Te ocurre algo, hijo?

Tal vez hubiese sido el momento oportuno para confesarlo, pero no se atrevió, no quería romper la cordialidad paterno-filial.

No, nada —mintió—, pensaba que había un alacrán, pero era sólo una hoja seca.

Tras reponer fuerzas, enfilaron el camino de regreso a casa. James se mostró taciturno. En su cabeza sólo había un pensamiento, y una desazón que no alcanzaba a entender.

Esa noche, en su cama, dándole vueltas al asunto, supuso que Tom, en sus jugueteos, hubiera podido encontrar el amuleto bajo su camisa y tal vez lo enterrara en algún lugar. No cabía otra posibilidad, allí no había nadie más, y las cosas no desaparecen así, por las buenas, pensaba convencido.

El domingo, a primera hora, le dijo a su padre que se acercaría a ver la vista del estuario desde High Creek. En cambio dirigió sus pasos de nuevo hacia el lago, acompañado de Tom. Una vez allí, no perdió al perro de vista, y escarbó allí donde el can ponía su hocico más de cinco segundos seguidos. No tuvo éxito. Apesadumbrado, retorno al caserón y se encerró en su cuarto. Con la excusa de sentirse indispuesto, ni siquiera quiso cenar.

Al día siguiente sus vidas dieron un giro inesperado.


Tercera parte – Capítulo 2 >

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