Los Paragnostas II (cap. 10)

  • Ya puedes leer el capítulo 10 de la segunda parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

< Segunda parte – capítulo 9


10

Confines mentales

Los sueños de Jack lo tenían sumido en un placentero reposo amniótico. Ante sí, las imágenes se tornaban color sepia, mostrándole entrañables momentos de su niñez, con sus padres departiendo alegremente en el patio de sus abuelos, mientras los hermanos, tumbados en el suelo, miraban ensimismados a las nubes, intentando buscar alguna imagen reconocible recortada en el cielo, pareidolias infantiles que fueron semilla inconsciente de ese vínculo telepático que les unía.

«Jack. ¡Jack!».

Esta segunda llamada de atención borró de un plumazo esta fantasía, pero por más que se concentraba, no conseguía averiguar de dónde procedía la voz de su hermano. Hasta que se dio cuenta de que el estímulo no era de origen externo, sino que se clavaba, como un afiladísimo bisturí, en el centro de su lóbulo frontal.

«Rick, no sé qué me pasa. Tengo mucho frío».

El párroco trataba de pensar qué decirle a su hermano para que no entrase en pánico. No podía ser muy descriptivo con el estado en el que se encontraba, no sabía hasta qué punto tenían controlado este experimento de letargo inducido en el que habían sumido a Jack. Había leído algo sobre las cámaras de aislamiento utilizadas para provocar estados regresivos, pero nunca imaginó que alguien fuese capaz de pergeñar tan insólita manera de reproducir aquel episodio de su infancia, ese primer contacto telepático fraternal.

«Escúchame, Jack, y préstame atención. Voy a hacerte una serie de preguntas. Tal vez no le encuentres sentido, pero tienes que confiar en mí. Tan sólo responde a lo que te pregunte y te prometo que te traeré de vuelta conmigo de inmediato».

«¿De vuelta de dónde? ¿Qué demonios está pasando, Rick?».

Padre, por favor, necesito que me preste atención a mí también. ¿Ha puesto ya al corriente a su hermano de la situación? —dijo Elstrom mientras contemplaba los gráficos que oscilaban en su monitor. Estaba claro que de alguna forma sabía cuando Jack “hablaba” con él; lo que no podía saber era lo que se decían el uno al otro.

Rick apenas asintió con un leve movimiento de cabeza. Estaban a merced de estos bastardos. Tenía que concentrarse para evitar que su hermano supiese de tan crítica situación. Al momento, esta idea se derrumbó como un castillo de naipes.

«No te esfuerces, hermano, mi ceguera inicial fue momentánea. Ahora ya sé todo lo que está ocurriendo. Puedo leer tu mente como si estuvieras gritándome a través de un megáfono. Incluso puedo “oír” al tal Elstrom a través tuyo. De hecho, oigo miles de voces a mi alrededor, susurrándome cosas, algunas implorándome ayuda, es difícil de describir. Este sitio en el que me han metido actúa como una especie de amplificador de los sentidos, es como aquella vez en la playa… ».

Los pensamientos de ambos hermanos estaban plenamente sincronizados, nunca antes Rick había sentido algo tan desconcertante. De nuevo, la estridente voz del científico les interrumpió.

—Vayamos al grano. Necesitamos que su hermano se concentre y nos diga donde está el portal por el que volverán aquellos con los que se encontró en la playa, ya sabe a lo que me refiero. Cuando nos dé esa información, les dejaremos libres.

Todo este tinglado no podía estar montado únicamente para dar respuesta a lo que, para cualquiera en su sano juicio, sólo podía considerarse como una alucinación o fantasía infantil. Estaba claro que se fundamentaba en otras fuentes de información, y de repente, Rick comenzó a ver con claridad un hilo conductor. Todas aquellas imágenes que le mostraron en los archivos vaticanos parecían ordenarse. De hecho, tuvo la sensación de que su vida entera había transcurrido como si estuviera mirando a través de un caleidoscopio, donde las imágenes fragmentadas y borrosas le impedían discernir la realidad ante sí. Pero esta apertura de miras no era el resultado de un acto voluntario, era Jack quien escudriñaba hasta la última de sus neuronas, recomponiendo el grotesco rompecabezas que permanecía oculto en su mente. Y del caos surgió una idea, seres ancestrales cohabitando con los mortales, pero que sólo unos pocos conocían.

«Hermano, estás en lo cierto. Hay otros. No sé quiénes son ni lo que quieren de nosotros, pero por mi experiencia, tengo el presentimiento de que es mejor no perturbarlos. Aunque puedo llevarte allí donde moran, ahora soy consciente de que, igual que ellos nos observan, nosotros podemos pasar desapercibidos en su propia casa. ¿Estás preparado para el viaje?».

Sin tiempo para reaccionar, Rick se vio arrastrado en un torbellino de emociones. Sus músculos se tensaron y sus manos se aferraron a la silla con fuerza, como si se encontrara subido en una inmensa montaña rusa. Aunque sus pupilas seguían clavadas en aquel tanque de agua, su visión era ahora muy distinta. La negrura de las profundidades abisales no era un obstáculo para que, ante sí, una fantasmagórica ciudad de extraña arquitectura le helara la sangre. De repente, un nuevo impulso de inercia y se encontraba frente a una especie de templo subacuático, donde una ominosa efigie dominaba el ágora. Apenas tuvo tiempo de fijarse cuando su hermano, al que no veía pero si presentía a su lado, volvió a hablarle, esta vez con gran agitación.

«¡Rick, estaba equivocado. Tenemos que marcharnos inmediatamente! Ellos saben que estamos aquí, no podemos ocultarnos porque nosotros somos de su “familia”. Susurran nuestros nombres, ¿no los oyes? ».

«Pero Jack, tenemos que averiguar dónde está el dichoso portal, si no, nunca nos dejarán en paz. Aunque no tengo ni idea de qué es exactamente lo que estamos buscando».

«No te preocupes Rick, ya tengo esa información, pero es demasiado valiosa como para dársela a esta pandilla de locos sin saber qué pretenden hacer. Hay demasiadas cosas en juego, no sólo nuestras vidas».

Para el cura, la aparente omnisciencia de su hermano era realmente chocante. Estando en una situación tan comprometida, era capaz de tener suficiente sangre fría como para explotar sus nuevas capacidades cognitivas. ¿Qué otras cosas sería capaz de hacer si se las propusiera? De momento, era una incógnita.

Estaba sumido en estos pensamientos cuando comenzó a escuchar una conversación entre dos personas, de forma similar a un cruce de líneas mientras se habla por teléfono, pero lo alucinante es que se producía a nivel telepático. Eran un hombre y una mujer, y en un momento dado, oyó con nitidez que mencionaban a entidades cuyos nombres no eran accesibles al más común de los mortales. Les interpeló:

«¿Cómo os atrevéis, insensatos, a nombrar a Pazazu, sin temor a que se haga eco de vuestras profanadoras palabras?». A lo que Jack añadió: «Sé que sois como nosotros».

La comunicación telepática fue interrumpida por un chorro glacial que enturbió la húmeda jaula. El experimento había terminado.


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