Los Paragnostas II (cap. 9)

  • Ya puedes leer el capítulo 9 de la segunda parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

< Segunda parte – capítulos 7 y 8


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Primer contacto

Cubierta la distancia hasta la entraña de la isla Tiberina, en los umbríos subterráneos del antiguo hospital, fornidos brazos acarrearon los dos cuerpos como fardos. El hombre y la mujer fueron llevados a un recinto habilitado para enfermos terminales, reconvertido en secreto laboratorio. Cumpliendo las premisas del doctor Elstrom, los reos se ubicaron en cabinas especiales diseñadas por el sabio escandinavo, herméticas, vigiladas desde un punto colindante, en el área más prohibida del complejo.

Esfumada poco a poco la bruma de la inconsciencia, Martha despertó en la oscuridad. La imagen de Pazazu descargaba fogonazos en el fondo de sus ojos, instante detenido en las membranas del recuerdo más sombrío. Tornándose penumbra la negrura, a un costado, notó el contacto tibio de otro cuerpo. «Rata enjaulada. Otros pululan, conocen mi secreto. ¡Pazazu, gran Señor, halla el abismo tras la puerta…! —Sonaron las palabras en su mente como un eco sin sentido del ensueño, la voz nacida en su cabeza, mensaje de aquel otro que yacía desmayado junto a ella—. Soy Hugo. Vine a buscarte, Martha. Vine pese al riesgo de saberme perseguido, tal vez condenado para siempre. Tus artículos encerraban el secreto de mis sueños. De algún modo anticipaste los desastres… ¿Recuerdas? El viejo Tadeuz me dio la pista. Ahora sé que, en realidad, me negaba a admitir eso que él llamó mi “don”.

Los servicios vaticanos me espiaron, me adularon con sus críticos pagados; y yo, estúpido arrogante, dejé que me cegaran los elogios. ¡Maldito sea el ego del artista! Dime, Martha, ¿cuánto tiempo lleva sucediendo?».

La joven transfirió sus pensamientos al pintor: «Hace mucho que nos buscan, Hugo. Mucho antes de que tú y yo viniéramos al mundo, ya ocurría. Algunos lo profetizaron. Pero no seas inocente: la trampa existe desde siempre, y tú, pequeño insecto, no has dejado de agitarte inútilmente en una inmensa telaraña. Como yo, has visto el rostro en sueños, la cara del horror plasmada en formas innombrables, su vínculo terrible con nosotros, la noche sin retorno de aquellos que cruzaron el umbral…».

Hugo se moría por un cigarrillo. El gas prolongaba su efecto anestésico, o acaso el joven no quisiera despertar. Sus recuerdos resbalaban agolpados en caótico desorden; después caían a plomo por un pozo vertical…

De un modo impreciso fue consciente de otras voces en el fondo de su mente. A Martha, su compañera de cautiverio, se le unieron, en una lejanía gris de islotes, dos voces más. Estas se fueron apagando poco a poco, borrosas tras el velo de un silencio denso, quebrado de repente por la chispa del dolor estimulado desde un punto indefinido, al otro lado del tabique.

Como Martha, Hugo volvió en sí bajo unas sombras calculadas al milímetro, recogidas en las gráficas de Elstrom, atento más que nunca a su fluctuante oscilación. Hugo hizo un esfuerzo y distinguió los rasgos de la joven que yacía en la cabina paralela. Las cubetas semejaban embriones adheridos, bolsas gemelas que, contraviniendo las leyes de la física —una barrera material las separaba—, permitían sin embargo el contacto físico, el tacto de los cuerpos, su frío y su calor. Era —contó el pintor más tarde— como hallarse en un inmenso útero grumoso de atávica negrura, como una regresión a la noche de los tiempos.

Las facciones de la chica cobraron poco a poco forma, teñidas de luz vaga. No hubo alteración lumínica, mas Hugo no fue consciente de aquel hecho inexplicable. Incluso en aquella situación el pintor sintió el súbito hormigueo (consciente o inconsciente) de la atracción física. Gracias al poder nictálope —nunca antes usado—, Hugo y Martha, girados de costado en el espacio confinado, cruzaron sus miradas fijamente, con un apego cómplice. Fruto quizá del nerviosismo de las últimas semanas, tal vez como simple aliviadero a la tensión, al rapto y la terrible incertidumbre del encierro que sufrían, la psique de Hugo dio un viraje cínico. Trasladó su pensamiento mentalmente:

«Creo que han pinchado nuestros lóbulos frontales. No sé quién puede andar detrás de todo esto… No, no caigo… Pero algo me dice que ese alguien no quiere que haya “interferencias”. ¿Has oído las voces que llegaban desde fuera? ¿Es que temen que rompamos esta jaula como el increíble Hulk?». Martha sonrió, y su réplica silente brotó más animada».

«Más bien me recuerdas a Daredevil —la sonrisa de la chica resplandeció en la negrura. Hugo sintió nacer un lazo aliado entre los dos.»

«No lo dirás por la ceguera —siguió la broma—, porque te veo estupendamente. En todo caso, lo tomaré como un cumplido… ¡Agggg!» —Gélido, cortó el hilo distendido un latigazo frío y abisal que estremeció cada uno de sus músculos».

Inyectada a presión desde la base, una sustancia iridiscente caló ambos habitáculos. De súbito, las voces de los otros —los de fuera— retornaron.


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