La Sanidad de la princesa del reino central

  • Cronología de una operación en el sistema sanitario de Castilla-La Mancha
31 Marzo 2015

07:45 horas, todavía no hay mucho ajetreo en el hospital. Llegamos pronto, la cita no es hasta las 08:00 horas. Otros pacientes ya esperan en el mismo lugar donde nos remite la amable recepcionista, apenas hay luz. “Ingresos” es el letrero que anuncia que no nos hemos equivocado. “¿El último?”, preguntamos cual si estuviéramos en la cola de la carnicería. Nos sentamos a esperar.

07:55 horas, llegan los primeros administrativos y encienden las luces. Una mujer con bata blanca pregunta quién es el primero.

08:05 horas, nuestro turno.

08:10 horas, una amable celadora nos acompaña hasta lo que pensamos que va a ser nuestra habitación. Nada más lejos de la realidad. En una amplia estancia con cuatro camas a la izquierda y seis sillones a la derecha nos esperan las mismas personas con las que hemos coincidido unos minutos antes. Un cubículo hace las veces de vestuario e improvisado retrete con nula privacidad, ya que unas tristes cortinas lo separan del resto de la sala. Conforme van llegando, la amable auxiliar le entrega una prenda hospitalaria y una bolsa de basura para depositar la ropa a cada uno de los pacientes: cuatro lazos impiden que el culo asome a la vista de todos. Hombres y mujeres hacen cola esperando su turno para cambiarse. La estancia es unisex, pues nuestra sanidad propugna la igualdad entre los géneros: tan lamentable para unos como para otras.

8:30 horas, uniformados ya todos los pacientes toca esperar. Nos corresponde un sillón, un acompañante puede amenizar la espera de su familiar enfermo.

09:15 horas, desde la intimidad de una de las camas los sonoros ronquidos de un paciente, que no parece muy nervioso por la inminente operación, rompen el silencio inquieto de la sala. La que parece que es su mujer, avergonzada, agita a su marido cual jarabe para la tos con el fin de que deje de emitir sonidos. Este no se hace vivo y cada dos minutos repite la operación después de exhalar unos ininteligibles gruñidos de protesta a cada cernido de su parienta. Es lo que conlleva la intimidad.

9:30 horas, alguien va al improvisado inodoro: ruido del pis precipitándose en el agua, pedo, más ruido de pis, pedo, toses para disimular el pedo, ruido de la cisterna al descargar. Intimidad. A ver quién es el valiente que va ahora al servicio.

10:15 horas, con la vía ya colocada, la gente empieza a impacientarse. La amable enfermera nos tranquiliza comentándonos que es normal, que en breve nos llamaran.

11:15 horas, la gente aumenta su impaciencia. La amable enfermera nos vuelve a apaciguar. Paciencia. Se entabla amistad con el resto de enfermos y familiares. Alguien comenta que la semana pasada estuvo toda la mañana y al final tuvo que volverse a su casa. Se me olvida preguntarle si se llevó la vía puesta, para ahorrar tiempo y dinero. Paciencia, paciencia y nervios.

11:23 horas, un valiente va al improvisado inodoro. El ruido deja poco lugar a la imaginación. No ha sido valentía, más bien necesidad perentoria.

12:05 horas, nos dicen que nos preparemos, por fin. Una sensación parecida a cuando te toca la pedrea en la lotería de Navidad recorre nuestro cuerpo, por un momento me dan ganas de descorchar una botella de cava para celebrarlo, pero recuerdo que soy más de sidra. Un amable celador trae una silla de ruedas y vamos camino del quirófano. Atravesamos el hall de entrada, entre el público, subimos por el ascensor con el resto de la muchedumbre que a esas horas transita por el hospital. Podríamos ir andando, pero no quedaría muy estético ir enseñando el trasero. Intimidad.

12:15 horas, esperamos en un habitáculo de poco más de un metro cuadrado, sentados en una marchitada silla, con el aspecto de haber padecido una intervención quirúrgica. Los boquetes del escay han sido reparados con vendas y parece que se le ha aplicado un torniquete a uno de los brazos para que dejara de sangrar el relleno. Necesita urgentemente una transfusión de esponja.

12:25 horas, un amable celador se acerca, nos despedimos. Besos.

14:15 horas, todo bien, nos comenta el amable médico cirujano.

15:00 horas, traslado a la habitación. Una amable auxiliar nos prepara la cama. Otros dos enfermos nos acompañarán toda la noche. El paradigma de la intimidad.

Amabilidad y falta de medios. Reducción de costes a costa de la dignidad del paciente, y de la del trabajador. Si nuestra sanidad funciona no es por nuestros políticos, es por sus profesionales.

14:00 horas del día siguiente, el alta. Todo bien, gracias. Gracias a todos, menos a una, menos a Cospedal, la que nos tiene de segundo plato, la princesa de Rajoy, nuestra princesa del reino central, la de mantilla en el día del Corpus, la que ahorra en sanidad, la que ahorra en humanidad.

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