El del tambor

  • Memoria de unas Semanas Santas de auténtica pasión
26 Marzo 2015

Al torcer la calle del Cristo se abría una recta que parecía interminable, Puerta de Granada y su prolongación con Juan García y González, símbolo aquella vía sin fin de mi semana de pasión que acababa de echar a andar a paso lento. Los tambores abríamos la procesión del Silencio de Miércoles Santo y el cogollo de la Semana Santa de La Roda.

En la carnicería:

-¿Éste es el del tambor? Madre mía, qué serio, con lo chiquitín que es.

Puerta de Granada se hacía larga, Juan García y González se hacía larga, el Paseo de la Estación se hacía largo. El peso del tambor tiraba del hombro izquierdo y a cada paso los hierros de la caja iban hollando la parte de los muslos donde se apoyaba. Y era solo miércoles.

En la pescadería:

-¿Éste es el del tambor? Madre mía, qué serio, con lo chiquitín que es.

SEMANA SANTA DE LA RODA | © FRANCISCO AVIÑÓ HUEDO
SEMANA SANTA DE LA RODA | © FRANCISCO AVIÑÓ HUEDO

Se acercaban las vacaciones de Semana Santa y no era el ansia de las vacaciones de Navidad o de verano, no: ay, los tambores. Nada más que pensar en que había que echarse a buscar el traje, guardado después de no sé cuántos meses, vete tú a saber dónde está, era ya una fuente de estrés infantil (y adulto). Los pantalones con la raya roja, hay que sacarles un poco el bajo, los manguitos, las hombreras de fieltro, la boina, la gala.

Y que uno sabe a lo que va: a aguantar dos horas y pico o tres, no sé, parecían mil, el peso del tambor en el hombro y los golpes de los hierros en los muslos. Mira, el del tambor, qué chiquitillo es, qué serio va, ¡tócate los cojones, don Guindo, menudas ganas de risa con el hombro ardiendo! Y lo que faltaba ya: ampollas en los dedos. Las tiritas duraban sin arrugarse tres redobles. Ea, otra vez redobles escocidos.

En la frutería:

-¿Éste es el del tambor? Madre mía, qué serio, con lo chiquitín que es.

Uno veía a los nazarenillos con su farolote y sus carameletes y pensaba: esto es vida. Claro que a ellos no los paraban por la calle para preguntar que si éste es el nazareno. Mi reino por el anonimato y una Semana Santa sin tambor.

En la calle:

-¿Éste es el del tambor? Madre mía, qué serio, con lo chiquitín que es.

Alguna vez fuimos a Jumilla y a Tobarra, y descubrimos que la dureza de nuestras procesiones era el calentamiento de las de ellos, y que éramos una banda de cornetas y tambores modesta, y nuestra Semana Santa también. En una de esas visitas a campo contrario peté y presenté parte médico, como Morante, solo que el parte médico lo firmaba mi madre, no un amigo médico.

Porque uno era entonces muy muy poca cosa, menos todavía que ahora, y por eso la gente también decía:

-¿Éste es el del tambor? Madre mía, pero si abulta más el tambor que él.

Me lo dices o me lo cuentas.

Foto: Ametxa
SEMANA SANTA DE ASTORGA | FOTO: AMETXA

Pero tenía sus ventajas lo de abultar menos que el tambor. En los ensayos, por ejemplo, cuando echábamos unas Patatas, el del tambor era azúcar, o se le respetaba como si fuera cristal de Murano si le tocaba amagar. De otra forma el del tambor hubiera dejado un bello cadáver en la arena de la plaza de toros o en los ladrillos del paseo de los Tristes.

Los ensayos se hacían bola, uno no quería tener más obligaciones que la de la escuela, el oraje de las noches de enero y febrero era así tibio, pero una vez allí daba gusto ser de los tambores. Había gente terminando la EGB, o incluso ya en FP o en el instituto, y esa gente sabía bastante más de la vida que uno, y aquello era otra escuela, complementaria a la de la mañana. Ellos sabían que me pesaba el tambor y que podría morir un día amagando en las Patatas, y por eso me protegían y me respetaban. Agradecido a todos, siempre.

En Casa Paco, comprando unos pantalones:

-¿Éste es el del tambor? Madre mía, pero si abulta más el tambor que él.

Semana Santa de Hellín | Foto: Pedro
SEMANA SANTA DE HELLÍN | FOTO: PEDRO

Amalio sacó al del tambor en La Tribuna, una columnita de nada, pero aquello, claro, qué ilusión: “Niño Burbuja, cabo de la Banda de Cornetas y Tambores de La Roda”, escribió. Puede que no hubiera cumplido los cinco o seis todavía, cuando aquello del periódico.

Vicomancha también puso de su parte para la leyenda: se plantaba Benavente delante con el camarón y el foco ese que deslumbraba como la luz de la muerte, y uno tenía que intentar no poner caras y hacer como si no le estuvieran grabando y guiñar los ojos para evitar que el foco friera el cerebro a través de las córneas. Imagino que luego el del tambor se vería en la tele blanco como Iniesta y guiñado como el Fary.

Esperando a entrar a don José, que va con más de media hora de retraso:

-¿Éste es el del tambor? Madre mía, pero si abulta más el tambor que él.

Y fueron cayendo Semanas Santas pero no centímetros, así que el tambor siempre abultaría más que el del tambor, y cada vez costaba más trabajo todo… Los padres hacen muchas cosas por los hijos, pero los hijos a veces también hacen cosas por los padres.

Hasta que un día:

-¿Éste era el del tambor?

Y todavía hoy:

-¿Tú eras el del tambor?

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