Los Paragnostas II (cap. 7 y 8)

  • Ya puedes leer los capítulos 7 y 8 de la segunda parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

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7

Puentes de hidrógeno

Aquella fría mañana de otoño, Rick Masso no podía evitar aquella sensación de desasosiego que le removía las vísceras. Tras acudir a la cita propuesta por el padre Rolando en el Vaticano, finalmente la entrevista no llegó a producirse, y eso que estuvo esperando en la antesala durante más de una hora. Un simple «le ha surgido un asunto urgente que atender», de boca de un secretario de turno, fue la excusa para cancelar la reunión. Por esta razón no pudo ir al aeropuerto a recibir a su hermano, pero dio instrucciones al recepcionista para que un chófer lo recogiera y lo alojaran en la habitación doble del pequeño y modesto hostal donde residía, frente a la fuente del Tritón.

Cuando comprobó que todavía no había llegado, empezó a escamarle el asunto. Desde el teléfono de la recepción llamó al aeródromo para saber si el vuelo había sufrido algún tipo de inconveniente o retraso. Le confirmaron que había aterrizado a la hora prevista. El propietario del hotel trató de localizar a la persona que debía recoger a Jack. A la media hora, llamaron del servicio indicando que le estuvieron esperando en la puerta de «Llegadas» mostrando un cartel con su nombre escrito, pero nadie acudió al encuentro. A continuación, Rick se puso en contacto con la compañía aérea, a fin de averiguar si su hermano constaba como pasajero a bordo del avión, pero le dijeron que esa información era confidencial y sólo podía facilitarse por orden judicial.

La intranquilidad dio paso a un estado de nervios sólo comparable al que padeció aquella otra vez en que creyó perder a su hermano para siempre. Fue durante un viaje a la costa con los seminaristas. Desde el primer momento ya se veía que Jack había aceptado entrar en el seminario para complacer a su madre y tener la oportunidad de recibir una educación digna, que de otra forma no hubieran podido permitirse. Además, el nexo con su hermano era tan fuerte que, de algún modo, sentía que tenía que protegerlo.

Pero las tornas cambiaron aquel primer año de internado. La candidez de aquel niño, encarcelado en semejante corpachón, era blanco fácil de la crueldad de sus compañeros. Día tras días tenía que soportar el escarnio, incapaz de responder con contundencia a cada agravio. El «culo gordo mariquita», como le llamaban, sólo encontraba respaldo y consuelo junto a Rick, que a pesar de lo que se podía prever, tenía mucho más aplomo y arrojo que su hermano.

Los jóvenes jugueteaban a su antojo en la playa aquella calurosa mañana estival, mientras que unos pocos se habían alejado para zambullirse junto a unos riscos que asomaban a la falda de un coqueto acantilado. Jack escuchaba como aquellas bestezuelas le increpaban, solicitándole que se tirara al agua desde el peñasco desde donde observaba cómo disfrutaban de las tibias aguas. Ni siquiera se había atrevido a quitarse la camiseta para no mostrar su mórbida obesidad y convertirse, una vez más, en objetivo de sus hirientes dardos. Sólo su hermano sabía que nunca aprendió a nadar, así que cuando el niño resbaló y cayó al agua a plomo, tuvo que desgañitarse para advertir del peligro, imponiéndose a las risotadas que salían de las bocas de sus camaradas.

Tras múltiples zambullidas, ninguno de ellos pudo ver donde se hallaba el desdichado. Pasaron los minutos y Jack pareció haber sido tragado por el mar irremisiblemente. El torvo rostro de la muerte pareció sobrevolar aquel lugar. Las lágrimas perlaban el rostro de Rick, y caían al mar mientras éste, con la espuma por las rodillas, vociferaba el nombre de su hermano, perdida ya la esperanza de volver a verlo sobre la superficie. De repente, una extraña sensación se apoderó del futuro cura. Su cabeza se llenó, sin poder evitarlo, de cientos de murmullos, un auténtico galimatías de voces incomprensibles y guturales. Se tapó los oídos cuando ya se hizo insoportable, para darse cuenta de que no eran ondas sonoras sino que el origen estaba en el interior de su cerebro. Y como si se produjese una modulación fantasmagórica, de entre este caos escuchó con nitidez la voz de su hermano, que le decía: «Búscame en la playa».

Efectivamente, a unos dos kilómetros hacia el sur, en otra playa adyacente, el cuerpo del niño yacía sobre la arena. No costó mucho reanimarlo. Y sólo algunos, pasado el susto, prestaron oídos a la extravagante historia que les contó. Dijo que las sirenas le habían ayudado a salir del trance en el que se vio metido, regurgitando de sus bocas el aire necesario para que pudiese respirar bajo el agua, y remolcando su cuerpo sin apenas esfuerzo hasta la orilla. Todos pensaron que era otra de las fantasías de Jack, que acostumbraba a inventarse fábulas en las que se comunicaba con bichos de todo tipo. Nadie se preguntó cómo alguien sin destreza en el arte natatorio había cubierto esa distancia sin ahogarse.

Rememorando este pasaje infantil, el alma del clérigo se encontraba tan descarnada como la tapicería del anticuado sillón sobre el que se había sentado a reflexionar. Tan absorto se encontraba que no advirtió como un vehículo oscuro acababa de aparcar en la puerta. Dos figuras salieron de él, cruzaron el umbral y se aproximaron sin hacer ruido. El que iba al frente era el padre Rolando, y en su retaguardia, un gorila con gafas oscuras y cara de pocos amigos.

Padre Ricardo —dijo el filipino, tocando con delicadeza su hombro.

De sopetón, el párroco asió con fuerza el brazo y arrastró hacia sí el resto del cuerpo, de forma que casi chocaron sus cabezas. En este punto, la ira hizo presa en Rick, que le espetó sin pensárselo mucho:

¡Malditos seáis todos! ¿Qué le habéis hecho a mi hermano?

El guardaespaldas, ante esta escena amenazante, dio un paso al frente, pero fue frenado al alzar Rolando su otra mano, mientras con voz trémula respondió:

No tiene nada que temer, amigo mío. La Iglesia cuida bien de los suyos. Precisamente he venido para llevarlo a su encuentro.

Obviamente, llegado a este punto, el joven Masso no podía fiarse de nadie, pero ¿qué otra cosa podía hacer? El viaje en automóvil se le hizo eterno, ahora era plenamente consciente de que estaban dispuestos a todo con tal de conseguir su objetivo, cualquiera que fuese este. Pasaron junto al teatro de Marcelo y enfilaron el puente Fabricio para internarse en la isla Tiberina, se apearon y bajaron directamente a los sótanos del Hospital de San Juan de Dios. Se temió lo peor, pensando que le habían vuelto a engañar y que su hermano había corrido la peor de las suertes. Pese al tembleque de piernas, se mantuvo firme mientras el ascensor se adentraba en las entrañas de lo que antaño fue «el gran navío del Tíber».

Recorrieron un fantasmal corredor, con olor a cloaca e infectado de humedades. El continuo rumor de agua le hizo pensar que debían encontrarse bajo el lecho del río. Estaba claro que aquella parte del complejo hospitalario no se encontraba en los planos. El final del pasillo desembocaba en una amplia sala abovedada, alumbrada tenuemente, donde predominaba un borboteo cansino. Enfundado en su bata blanca, el doctor Elstrom se aproximó y tendió su mano:

Padre Masso. Es un placer saludarle. Le estábamos esperando con impaciencia. Por favor, tome asiento. Vamos a empezar inmediatamente.

«¿Empezar el qué?», pensó Rick. Incrédulo, se sentó en la única silla, situada en el centro de la poligonal habitación. A unos metros frente a él, un telón negro separaba la misma en dos partes. En un lado, dos adláteres jugaban a las cartas, aparentemente ajenos a lo que allí ocurría.

¡Exijo ver inmediatamente a mi hermano! —su voz resonó con contundencia.

Por supuesto —respondió el barbudo escandinavo, y al momento la tupida cortina comenzó a abrirse para descubrir tras de sí una escena que le dejó helado.

El cuerpo semidesnudo de Jack estaba completamente sumergido en una balsa artificial de contorno ovoide. En su cabeza portaba una especie de casquete tachonado de electrodos, cuyo cableado, en el otro extremo, estaba conectado a un pupitre con diversos monitores, ubicado sobre un pedestal.

¡Por todos los santos! —gritó Rick totalmente ofuscado, al tiempo que saltaba de la silla como un resorte —. ¡Sáquenlo de ahí ya o no cuenten conmigo para nada!

Me temo que no es tan fácil —terció Rolando—. Recuerde que debe obediencia a la Iglesia, hemos invertido mucho en su educación, en su sustento. Su Santidad no espera menos de usted.

Pero ¿qué demonios tendrá que ver su Santidad en todo esto? No sé lo que pretenden, ni me importa, pero voy a denunciarles por rapto y coacción. Acudiré a las autoridades…

Padre, sea sensato. Nadie le creería. Sólo conseguiría retrasar lo inevitable. Tendríamos que tomar medidas muy severas, además de solicitar la ayuda de otra pareja de hermanos. ¿Realmente es eso lo que quiere?

El joven Masso escuchó con atención, valorando posibilidades. Sacar a su hermano de allí por la fuerza, sin ayuda, sería harto complicado, y dada la situación tan comprometida, le extrañaba mucho que le dejaran escapar sin más. Cedió.

Está bien. Escucharé lo que quieren proponerme y después decidiré qué hacer. Eso sí, siempre que me prometan que mi hermano no correrá ningún peligro.

Eso se lo puedo garantizar yo personalmente —dijo Elstrom mientras manipulaba las botoneras del pupitre y un chorro enturbió la lámina de agua. Bajó del pedestal y se aproximó a Rick continuando su alocución.

Su hermano se encuentra bien, no se preocupe. Lo hemos puesto en el interior de la balsa por un motivo concreto. Dígame, ¿ha oído hablar de los puentes de hidrógeno?

Obviamente no era el mejor momento para una lección de química, así que Rick simplemente se encogió de hombros, esperando acontecimientos.

Son los culpables, digámoslo así, de que el hielo flote sobre el agua, un fenómeno atípico en la naturaleza, créame. O que el agua hierva a 100 grados, y no a una temperatura muy inferior, que sería lo lógico. En definitiva, esas fuerzas de cohesión, esos enlaces entre el hidrógeno y el oxígeno, son los responsables de la vida sobre el planeta.

El agua, don divino, sin duda —dejó caer Rolando como si se tratará de una bendición.

Efectivamente. El agua lo conecta todo. De hecho, esa agua que rodea a su hermano procede del río, que a su vez desemboca en el mar, que conforma los océanos. El origen de la vida, como bien sabe.

Le agradezco todas estas explicaciones, pero ¿qué tiene que ver todo esto conmigo y con mi hermano? —soltó Rick sin el menor rubor.

Es cierto, tengo tendencia a irme por las ramas —dijo Elstrom rascándose la cabeza. Y prosiguió:

Nuestro material genético, los aminoácidos que componen nuestro ADN, se retuercen sobre su cadena helicoidal también unidos por puentes de hidrógeno. Ahí está toda la información de lo que somos como especie, un acúmulo de información, miles y miles de generaciones de aprendizaje. Pues resulta que hay una particularidad en los genes de su hermano, una alteración cromosómica, que lo hace especial, algo que lo conecta directamente con nuestros orígenes más remotos. Un sujeto realmente singular, excepcional.

Tanta dilación en la explicación sobre el motivo de su presencia allí llegó a exasperar al párroco, inquieto, sentado de nuevo en la silla. Aunque esta última frase le dejó pensativo, pues como hermanos, ambos compartían ese algo especial, de un valor o potencial que todavía era incapaz de entender. Se apoderó de él la sensación de que eran tratados como meras cobayas, y se acentuó aún más tras escuchar lo siguiente:

Llevo años trabajando en este proyecto. Al Doctor Bernheim le agradará saber que su teoría al fin se ha podido constatar con una prueba empírica—. Para finalizar, Elstrom le hizo una petición peculiar:

¿Podría quitarse los zapatos, por favor?

¿A qué viene eso ahora? —replicó el sacerdote.

Enseguida lo entenderá. Se lo ruego…

A desgana, se descalzó, al tiempo que uno de los mudos ayudantes se le acercó, tiró de una argolla bajo sus pies y removió una de las baldosas, mostrando una arqueta rebosante de agua, alimentada por la propia balsa. No le quedó más remedio que introducir sus pies en la helada agua del pediluvio. En ese momento lo comprendió. Toda esta puesta en escena no era sino una macabra reproducción de aquel episodio de su infancia. No acertaba a entender cómo habían tenido conocimiento de detalles tan precisos e íntimos de sus vidas, pues sólo ellos dos sabían lo que realmente había pasado aquel día en la playa.

Empezamos el experimento. Recuéstese sobre el respaldo y relájese, por favor. Sentirá un cosquilleo inicial, producto de una muy leve electrólisis. No es peligrosa pero sí necesaria para la polaridad. —Dicho esto, la balsa comenzó a adquirir un brillo propio, al tiempo que Jack sacudió fugazmente sus extremidades.

Sigo sin saber qué andan buscando —inquirió Rick. Esta fue la respuesta de Rolando:

Ya sabemos «cuándo». Ahora necesitamos saber «dónde».

8

Viaje a la oscuridad

Tomó tierra el avión con diez minutos de retraso. Hugo se lanzó desde la pista al interior del aeropuerto Fiumicino; zigzagueó entre maletas y viajeros, buscando una salida como el náufrago la tierra. Apenas dejó atrás el corredor —la hilera interminable de escaleras mecánicas—, corrió como un poseso hacia el cubículo diminuto, marginal y denigrante, destinado a los ansiosos fumadores. Hurgó el pintor en el bolso de mano, sacó el paquete y leyó con sarcasmo: «fumar puede matar». Extrajo sin demora un cigarrillo y lo prendió con dedos torpes, crispados de abstinencia. Aspiró el humo como si quisiera llenar sus pulmones de bruma, como si el recuerdo se pudiera deshacer como la niebla. «Martha Fenton», el nombre tintineó otra vez en los recodos de su mente. Quiso imaginar, entre calada y calada, el rostro de la periodista. Supuso unas facciones atractivas, marcadas a fuerza de carácter; coloreó sobre la frente crenchas rubias, ojos azul cielo y una tez de loza, con finísimas arrugas acentuadas en cada uno de sus gestos, labradas acaso por temor.

Aplastó la colilla y caminó hacia el control policial, última barrera hacia las puertas de salida. Entregó la tarjeta, que fue chequeada con ojos suspicaces de abulia rutinaria.

Tutto in ordine. Può accadere.

A punto de abrirse paso al exterior notó los ojos de un agente incrustados en su nuca: sin girarse, visualizó cada movimiento del policía: el micro casi invisible y el mensaje transmitido en un susurro. Primero los cuadros, después el sacerdote, luego la intromisión en su estudio, aquel lápiz vuelto del revés, fotogramas de una paranoia en su apogeo. «¡Esto es una puta pesadilla!», masculló con inquietud. Salió al trasiego bullicioso, al estrépito de coches y de cláxones. Alzó la mano y pidió un taxi. Un Fiat Punto inició la maniobra para recoger al pasajero cuando, de pronto, otro vehículo (un Lancia reluciente) le tomó la delantera. Se enconaron los taxistas en una agria discusión. Algo debió decirle el conductor de Lancia a su compañero porque, al punto, éste dejó de lanzar improperios en un toscano indiscernible.

Hugo sintió un mareo repentino. La cháchara impostada del taxista no hizo sino acentuar su recelo. Algo le estaba pasando. Algo que no alcanzaba a explicarse pero que, en el fondo, cobraba un sentido profundo en su mente, en sus recuerdos de niñez: la sensación de anticipar, de oír voces, llamadas en la noche que acababan en sábanas mojadas, la vergüenza y el temor… Hugo sentía y percibía como si fuera otra vez niño, sin los velos racionales del adulto, permeable a una terrible falsedad.

Por primera vez en su vida, quiso estar lejos de Roma y su legado colosal. Tragó saliva y se frotó los ojos. Un cambio súbito acaeció en derredor: se vio en el asiento de un carruaje guiado por un fornido auriga que azuzaba dos magníficos corceles. A izquierda y derecha edificios del pasado; ni una sola ruina: legiones desfilando, un rugiente coliseo sin mella temporal, la majestuosidad de los templos, piedra y mármol intacto, sangre en los palacios, fuego en la calzadas y una multitud despavorida, muertos hacinados, traiciones y ambición en las entrañas de una domus

El taxi dejó atrás la Piazza Venezia y abocó la Vía del Corso.

Fine della línea, signore.

Pagó Hugo a toda prisa y, sin esperar el cambio, salió del coche; esperó el vómito al borde del desvanecimiento.

Lentamente las arcadas se pausaron. La línea temporal volvió al presente, al siglo XXI y su tumulto de turistas a las puertas del Palazzo Doria. Frente a la fachada y su plétora de arcadas, el pintor se vio asaltado por otra clase de recuerdos más amables. Las horas de embeleso, de estudio ante las obras de los genios: Rafael, Tiziano, Caravaggio, Brueghel el Viejo, Memling, Bernini, Velázquez… Repentinamente, un nuevo nombre se inmiscuyó en aquella lista de maestros: Hans Grobbelaar, tenebrista, hereje y visionario.

Como un turista más se puso en la cola, aguardando con paciencia su turno. Se abrió una breve pausa. Entonces, de forma inesperada, alguien tocó su hombro. Sobresaltado, Hugo se dio la vuelta.

¡Maestro!

Sonriente, Giovanni Conti le estrechó la mano.

Benvenuti a Roma, Hugo. El señor Olson me dijo que venías. Vamos —le entregó una tarjeta identificativa—, entremos por la puerta reservada al personal.

¿Confluían las sorpresas o se trataba de un complot universal?

—Verá, señor Conti…

—¡Giovanni, per favore! —bromeó el catedrático.

—…Giovanni —sonrió sin alegría—, estoy buscando a una persona… una corresponsal del señor Olson. Se llama Martha Fenton, ¿le habló de ella el Redactor Jefe?

Quedó pensativo el profesor. Arqueó la boca y mostró la dentadura a su pupilo.

—¡Oh, naturalmente! La signora Fenton nos aguarda en la capilla. ¡Andiamo Hugo!

Maestro y alumno atravesaron una de las cuatro galerías de la excelsa pinacoteca. Doblaron un recodo, al fondo del pasillo, y, tras mostrar sus credenciales, ingresaron en la iglesia a través de un pasadizo privado. Los dos hombres fueron recibidos por un eco desnudo y silente. ¿Por qué no había turistas si también aquella joya se incluía en la visita? ¿Y dónde diablos estaba Martha?

Hugo dio un respingo y se sobresaltó; su nerviosismo dio paso a la enésima sorpresa de las últimas jornadas. Expuesto en el muro norte del oratorio, colgaba el lienzo de Hans Grobbelaar El rostro de Pazazu. Se trataba, en efecto, de un cuadro perturbador. Bajo capas de negrura, vislumbró una maldad abisal y ultraterrena, la misma que inspirara el monstruoso modelo de Pickman.

—Magnífica, ¿verdad? Fíjate en el uso de las veladuras.

El cerebro del pintor no procesó aquellas palabras. Los ojos —más bien el vacío sideral de aquellos ojos— ejercían una suerte de hipnotismo, un embotamiento de los sentidos, una rendición al Mal.

Hugo sintió que perdía el equilibrio. Oyó, remota, la voz suplicante de una mujer pidiendo ayuda: la voz de Martha. Trató de moverse pero no pudo. Vio entonces la máscara en el rostro de su maestro, y el cuadro que exhalaba algún tipo de gas.

De pronto, la negrura del cuadro se hizo total. Ante Hugo se abrió un pozo de tinieblas infinitas. A pique del desmayo, una fuerza desconocida lo alzó por los aires —como un imán terrible y poderoso—, proyectándolo al fondo del abismo, del gigantesco vacío negro.

La barca avanzaba con un leve chapoteo sobre el agua oleaginosa. Las catacumbas hedían a evos de silencio y humedad. Tendidos sin sentido en un extremo, los cuerpos de Martha Fenton y Hugo Márquez dormían un sueño poblado de visiones tenebrosas.


Segunda parte – Capítulo 9 >

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