Saber de sepia

  • Quiénes somos nosotros para juzgar las obras de remodelación de la calle Cervantes
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29 enero 2015

Equis se sienta a la mesa del restaurante, le ponen la sepia y dice: “Esto no está bueno”. Y ya decide si pide que se la cambien o la echa a un lado y hace como si nada, que ya viene la carne con ajos. Yo creo que mi amigo Equis no ha frito un huevo en su puta vida, así que si le dieran una sepia cruda lo mismo la pasaría por la batidora. Me juego mi patrimonio a que Equis tampoco se ha echado nunca a la mar a pescar sepias, ni sabe siquiera, como me pasa a mí, como te pasa a ti, en qué mares hay que soltar la red para pescarlas. Ni sabe Equis, ni sabemos, de anatomía de la sepia ni de su precio en lonja, que ni sabe Equis, y esto ya sí es para darte, Equis, lo que cuesta la sepia en la pescadería, porque además de no guisar, tampoco va a comprar Equis. Y aunque intentemos ponérselo fácil a Equis, Equis, la plancha bien caliente, gotazo de aceite, aquí la sepia, aquí la sal, seguro que Equis deja la sepia como la suela un alpargate.

Pero Equis, a la mesa del restaurante, sabe si la sepia está buena o mala. Si hubiera cátedra de eso, Equis sería catedrático.

No sabemos el común de los mortales de topografía ni de urbanismo, ni de peraltes, ni de leyes de accesibilidad ni de adoquines ni de presupuestos, ni de bolardos (la bolardología es una disciplina marginal aún, con poca literatura) ni de estratos geológicos ni de alquitrán, ni de bordillos. Pero pasamos como conductores o como peatones por la remozada calle Cervantes y decimos: “Coño, qué estrecho ha quedado, coño, cuánto bolardo”, con tanta razón como cuando a Equis no le está buena la sepia.

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