Los Paragnostas II (cap. 5 y 6)

< Segunda parte – capítulos 3 y 4


5

La llamada de Humwawa

La voz de Martha adquirió una cualidad ajena, reverberante, poblada de matices inhumanos. Casi al tiempo, su tensa anatomía comenzó a estremecerse como si inyectaran en sus venas una chispa eléctrica, como si un relámpago rasgara cada uno de sus músculos. Paulatinamente el cuerpo de la joven se alzó sobre el diván forrado en cuero y, desafiando toda ley gravitatoria, se mantuvo suspendida en una suerte de liviana ingravidez.

Enzo —el alumno aventajado— contemplaba a la paciente con asombro creciente, sin apenas pestañear, su lápiz detenido sobre el bloc grueso de notas. A su derecha, sobre una mesita auxiliar, la cassette seguía dando vueltas, girando en la grabadora, receptora de aquella retahíla incongruente de sonidos discordantes que fingían ser palabras. Acostumbrado a esta clase de fenómenos anómalos, el doctor Bernheim, sin perder su aplomo inveterado, tomó la palabra:

¿Quién eres? ¿Cuál es tu propósito? ¿Acaso tienes un mensaje que darnos?

El bulto que emergía del canapé se agitó. Hubo nuevas convulsiones —aún más espasmódicas— y el cuerpo de Martha compuso un ángulo que amenazaba horriblemente con quebrar su médula espinal. Imbuida en aquel trance siniestro, baboseando silabeos guturales y cimbreándose en grotescas contorsiones, la chica alzó los párpados y en sus ojos —negros como noche sin estrellas— se avistó, pavoroso, fugaz, un horror abismal…

Una oscuridad sin nombre anegó el gabinete y, de forma aterradora, los labios de la joven escupieron una serie de articulada de susurros cacofónicos que sonaron como el eco demoníaco de mil crías siderales.

«¡Santo Dios! ¡No sobrevivirá!». En el fondo de su mente, Enzo libraba su batalla personal. Temía contravenir las órdenes, pero, sobre todo, ser reprobado por el cardenal Kolakowski, el mismo que había confiado la misión al doctor Bernheim y a él, su más destacado alumno. Recordó, con un nudo repentino en el estómago, el día que ambos fueron recibidos por Su Eminencia en la Santa Sede, aquel contrato de carácter más que secreto, su rúbrica, y las consecuencias que su propia incompetencia (la suya o la de su maestro) acarrearía o, aún peor, el incumplimiento del pacto. El prelado había sido rotundo y taxativo: «Jovencito, espero sea consciente de la importancia del trabajo que le ha sido encomendado. Miroslav alaba su talento, y, por la amistad que nos une, he decidido confiar en él. No obstante, debo advertirle que el más mínimo error puede ser fatal. Nos enfrentamos a una fuerza que va más allá de toda comprensión. No lo olvide, por su propio bien. Y tú, Miroslav, responderás ante Su Santidad por la elección de tu pupilo. Recuerda que la chica no debe sufrir daño alguno. La necesitamos como «receptora». En dos semanas espero resultados.»

Enzo hizo un ademán a su mentor para que abortara la hipnosis, pero el doctor negó con la cabeza. «¡No aguantará, joder. Este imbécil lo echará todo a perder!».

Damien Kolakowski y Miroslav Bernheim, nacidos en Cracovia, fueron compañeros de pupitre en el colegio. Años más tarde, ambos cursaron sus estudios superiores en la facultad de Varsovia. Pronto, las ambiciones teológicas de Damien lo impulsaron al sacerdocio y, con el tiempo, a ocupar el obispado en la propia capital. Astuto e inteligente, sus dotes y su vasta erudición auspiciaron su candidatura a formar parte de los «púrpuras Vaticanos». Formando dupla con otro experto conocedor de las Ciencias Ocultas (el cardenal Tadeuz), a finales de los setenta convencieron al Santo Padre para impulsar una línea de investigación de alto secreto, completamente revolucionaria.

La espera se estaba haciendo eterna. Leo consultaba cada poco el reloj de pared cuyas agujas parecían congeladas en la esfera. Consumió su quinto cigarrillo y aplastó la colilla en el cenicero de pie, el único que había en la sala de espera.

Tan pronto oyó el quejido de la puerta, al abrirse, el marido de Martha se levantó como un resorte. La bata del doctor albeó el pasillo salpicado de diplomas en sus marcos. Corrió Leo hacia él con el corazón coceando locamente en su pecho.

¿Cómo está, doctor? ¿Algún avance?

El rostro de Berheim se tornó una máscara de hielo.

Ha empeorado —mintió—. Me temo que habrá que ingresarla. No se preocupe, yo me encargaré personalmente de todos los trámites.

¿Por qué no sale mi mujer? —husmeó Leo en la puerta entornada, a pique de la desesperación.

Su esposa duerme, señor Dudka. Mi ayudante acaba de inyectarle un fuerte calmante. Por el momento, no conviene molestarla. Por favor, se lo ruego, acompáñeme al despacho y le explicaré con más detalle la situación.

¡Exijo ver a mi mujer! ¡Martha, Martha!

De súbito, Leo sintió un fuerte aguijonazo en la espalda. En apenas unos segundos, las paredes del pasillo perdieron su consistencia vertical. El suelo dejó de ser estable; notó su armazón esquelético blando como gelatina, y al fin, con un golpe sordo, se desplomó sobre el pulido entarimado.

Días más tarde, Damien Kolakowski recibía la grabación en su lujoso despacho. Había llegado el momento tan esperado. El cardenal se ajustó los cascos acolchados y presionó el botón: la cinta giró en el equipo estéreo. Uno por uno, se repitieron aquellos murmullos, aquel caótico e inextricable discurso.

A mitad de la escucha, Kolakowski pausó la cinta, rebobinó y volvió a escuchar. Luego, abrió una carpeta y extrajo un facsímil de un añoso manuscrito. Repitió la operación, al tiempo que punteaba la escritura. Comprendió entonces, con un temblor que pareaba el miedo y la emoción, que había dado con la llave que buscaba.

Un susurro apenas audible escapó de sus labios:

He aquí la señal. La huella sonora de Humwawa, Señor de las abominaciones.

6

El rostro de Pazazu

Las volutas de humo serpenteaban al despegarse de los labios de Hugo. Sabía que no debía hacerlo, y mucho menos allí, en su estudio, donde los vapores de los disolventes convertían este acto trivial en una auténtica temeridad, pero le temblaban demasiado las piernas como para arrastrarse a la calle, y tenía que calmar de algún modo la ansiedad que lo consumía. Hacía tan sólo unos días no hubiese imaginado que su vida cambiaría de parte a parte tras aquel encuentro con el anciano clérigo. Ahora era plenamente consciente de que estaba en su punto de mira. Por alguna razón «le necesitaban», pero las sutilezas se habían acabado.

Aplastó con cuidado la colilla y la anaranjada pavesa dio su último estertor al caer en el agua del cenicero. Cerró con esmero la ventana que daba al pasillo del patio interior, donde el apenas imperceptible rasguño en el marco delataba la violación de su intimidad. Pero no fue esto lo que le hizo advertir que algo extraño ocurría. Tras regresar de la universidad aquella tarde, todavía empapado por el chubasco otoñal, recorrió el estudio en busca de una toalla. El aparente caos de lienzos amontonados, pinturas desperdigadas, pinceles abandonados aquí y allá, bosquejos amontonados en carpetas sin identificar, aparentemente era el mismo que dejó la madrugada anterior, tras caer exhausto embriagado por la excelente malta escocesa que le regaló un entusiasta admirador durante la última exposición.

Todo normal si no fuese por ese insignificante detalle, sólo perceptible por él, algo que seguramente para los demás no tendría la menor importancia. Sobre la mesa donde realiza habitualmente sus bocetos, en el ángulo superior, un desconchado bote cerámico —que si no fuera por la carga sentimental ya hacía tiempo que habría acabado en la basura— mostraba la evidencia de que alguien había entrado allí sin su permiso. Un puñado de lápices de colores se arracimaban dentro, y tan sólo uno de ellos no mostraba su coloreada punta, sino que yacía boca abajo, como castigado por no haber sido capaz de captar el trazo que le requería la mano del artista. Era tan sólo una de las múltiples manías de Hugo, pero él nunca hubiese dejado ese lápiz en la posición en la que lo encontró.

«¿Qué demonios andarían buscando en mi estudio? ¿Tal vez los bocetos de algún otro cuadro “premonitorio”? ¿Será cierto que no soy el único con un don similar?»

Estas martilleantes ideas golpeaban sus sienes al tiempo que se cambiaba su mojada ropa. Se preparó un café y mientras, sorbo a sorbo, templaba su ánimo, observaba con detenimiento los documentos que concienzudamente había colocado sobre la mesa, todos ellos incluidos en el dossier que Tadeuz le había entregado aquella tarde en su despacho. Prácticamente los mismos recortes de periódico que él recopiló por la similitud de las fotografías con sus oníricas obras, más otros adicionales de distintos países, y que iban acompañados de reproducciones de cuadros de otros tantos artistas. Algunos se remontaban décadas atrás. Todos ellos trazaban un aterrador paralelismo entre las obras pictóricas y los respectivos desastres acontecidos a lo largo y ancho del planeta. ¿Por qué tendría que creer que todas aquellas obras, desconocidas para él, habían sido pintadas con antelación al suceso representado? De ser cierto, ¿sería posible probarlo de alguna forma? Yendo incluso un poco más allá, si hubiera ocurrido a lo largo de la historia, mucho antes de la invención de la fotografía, ¿serían fiables las fechas de datación de algunas obras inspiradas en la representación de devastadores desastres naturales, o los propios artistas, temiendo la reacción de determinados estamentos, habrían modificado la fecha de ejecución, tras comprobar como su premonición se habría cumplido?

Todas estas preguntas sin respuesta bullían en la mente de Hugo mientras pasaba, hacía adelante y hacia atrás, de forma compulsiva, los recortes más recientes, hasta que cayó en la cuenta de algo que se repetía en todos ellos. Los artículos pertenecían a un rotativo de la capital, y la firma que acompañaba a la crónica de la hecatombe de turno era la misma: Martha Fenton. Sólo era una intuición, pero tal vez la responsable del área de «Sucesos» tendría acceso a mucha más información a nivel global, agencias de noticias, reporteros gráficos que hubiesen tomado las respectivas instantáneas, y podría constatar o refutar estas ideas que se habían instalado en su cabeza, añadiendo un punto de incomodidad, pero también de intriga, a su vida.

A la mañana siguiente, despejada y radiante, a diferencia de la jornada anterior, aprovechando que los jueves no tenía clases, madrugó, cogió el coche y se fue directamente al periódico. En la recepción preguntó por Martha, y ya la expresión de la chica que le atendió le escamó. Titubeó ésta, miró en todas direcciones como quien busca un flotador en medio del mar, descolgó el teléfono, y preguntó tartamudeando:

¿Quién pregunta por ella?

Soy Hugo Márquez, de la facultad de Bellas Artes.

Señor Olson — dijo la joven con voz temblorosa y casi imperceptible —preguntan por Martha.

Tras asentir un par de veces con la cabeza, como si estuviera recibiendo órdenes militares a través del auricular, la chica acertó a colgar el aparato, miró a Hugo con el rostro lívido, y le dijo:

Siéntese, por favor. Enseguida le atiende nuestro Redactor Jefe.

Estos ademanes dejaron un tanto perplejo a Hugo, y mucho más que fuese el propio Redactor Jefe el que fuese a atenderle, persona que por lo general suele estar bastante ocupada. No pasó más de un minuto cuando sonó el teléfono y la recepcionista le indicó que pasara a un despacho situado a apenas unos metros, girando a la izquierda. Al alcanzar el pasillo, un enjuto personaje de pelo plateado, vistiendo unos llamativos tirantes púrpuras, le tendió la mano, agitándola con entusiasmo mientras iniciaba la conversación.

Señor Márquez, es un honor para mí estrechar su mano de nuevo. Por favor, pase.

Tomaron asiento en aquel despacho plagado de portadas de periódico que colgaban de las paredes. Sobre la mesa, documentos con anotaciones y notas al margen marcadas con un rotulador rojo.

Dígame, amigo mío, ¿en qué puedo ayudarle? —dijo el periodista en tono afable.

—Perdone, pero ¿nos conocemos? En este momento no recuerdo…

—No me extraña, su última exposición fue todo un éxito y seguro que mucha gente se acercaría para darle la enhorabuena por su excelente trabajo. Nuestro común amigo Conti nos presentó. Fue él quién tuvo a bien invitarme, y se lo agradezco, pues disfruté con todas y cada una de sus obras. Magníficas, sin duda, qué dominio de la técnica, qué inspiración tan…

Tanto halago forzado provocó en el artista una sensación de incomodidad que cortó de raíz, interrumpiendo a su interlocutor.

—Claro, perdóneme. Efectivamente, demasiada gente como para recordarlos a todos. Cambiando de tema —terció Hugo—, si no le importa, quería robarle algo de tiempo a una de sus redactoras…

—Ah, sí, Martha. No va a ser posible, la he enviado a cubrir un evento.

—¿Otro desastre? —inquirió Hugo.

—Por Dios, no. Por suerte, en esta ocasión no es el caso. Se trata precisamente de un evento artístico.

—¿Puedo preguntarle de que se trata? —prosiguió indagando.

—Seguro que usted, como especialista en la materia, conoce la obra de Hans Grobbelaar, ¿me equivoco?

—Claro, era un artista flamenco bastante enigmático, primer cuarto del siglo XVI. Su producción fue escasa pero bastante controvertida en su época. Debido a su radical concepción del claroscuro, se le considera como uno de los precursores de lo que luego se llamó «tenebrismo». Creo que se le llegó a acusar de herejía.

—Es usted sin duda un erudito en arte, mi querido Hugo —volvió a lanzarle una lisonja gratuita e innecesaria—. Pues bien, en la galería Doria Pamphilj de Roma van a presentar este fin de semana, tras un largo proceso de restauración, un cuadro hasta ahora desconocido de este autor. Lo encontraron hace años, tras el incendio de una pequeña iglesia, en la antesala de una cripta.

—¿De qué obra se trata? —preguntó el artista, extrañado, por una parte, ante tanta locuacidad, e interesado, por otra, ante este acontecimiento del que no tenía noticia.

—El lienzo lleva por título El rostro de Pazazu. ¿Lo conoce?

Con un gesto algo forzado, movió la cabeza negando.

Esta pieza en sí no era reconocible, pero la sola mención de Pazazu, señor de las fiebres y plagas, removió en Hugo viejos recuerdos juveniles, cuando curioseaba en la biblioteca de su padre, un personaje bastante introspectivo y desequilibrado, que almacenaba volúmenes con temáticas un tanto extravagantes.

Espere, hagamos una cosa —propuso Olson con cierto entusiasmo, como al que se le ilumina la bombilla de repente—. Aunque será un acto con acceso restringido, puedo proporcionarle un pase de prensa. Los gastos corren por mi cuenta. Seguro que Martha agradecerá la opinión de un experto a la hora de redactar su artículo. ¿Qué le parece?

Que un perfecto desconocido le hiciera una propuesta semejante dejó a Hugo estupefacto. No era difícil entrever que podría haber alguna conexión con la extraña trama en la que se veía envuelto. Un desasosegante presentimiento y la malsana curiosidad terminaron por convencerle de que debía aceptar la invitación. Hacía tiempo que no viajaba a Roma y, en cualquier caso, aprovecharía la oportunidad para comentar con la periodista aquello que le ardía en las entrañas.

Nada más abandonar Hugo la redacción, Olson hizo una breve llamada telefónica. Al otro lado no hubo respuesta, tan sólo una mueca de satisfacción tras recibir el siguiente mensaje:

Monseñor, se ha tragado el anzuelo.


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