Los Paragnostas II (cap. 3 y 4)

  • Ya puedes leer los capítulos 3 y 4 de la segunda parte de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA
03 Diciembre 2014

< Segunda parte – capítulos 1 y 2


3

La periodista

Sentada en aquella sala mal iluminada, atestada de muebles medio carcomidos y con un áspero olor a naftalina, Martha se preguntó, otra vez, si ésta era la única opción que tenía para saber algo más de sí misma, para dominar los demonios que la atormentaban y que le impedían llevar una vida «normal», según palabras de su marido. Sus arraigadas convicciones religiosas la llevaron virgen al matrimonio, pero ella no fue totalmente honesta con su esposo. No le contó nada sobre sus pesadillas, sobre los tratamientos a los que fue sometida desde muy niña. No quería asustarlo, era la primera vez que tenía sentimientos tan fuertes por alguien. Sería la felicidad, su sensación de plenitud y seguridad, el caso es que, durante el tiempo que duró su noviazgo, pudo dormir sin temor a aquellas visiones.

Pero su noche de bodas fue el detonante de una nueva crisis aún más virulenta. Mientras la joven y Leo hacían el amor por primera vez, el tálamo cubierto de seda, las velas parpadeando al ritmo del éxtasis, ella comenzó a agitarse de forma desbocada, su semblante pareció transformarse. De forma violenta se puso a horcajadas sobre su marido, su sexo henchido por el placer, espectáculo que el joven observó al principio complaciente por la iniciativa demostrada por su novicia compañera, pero que se tornó, al poco, doloroso y espeluznante cuando ésta dejó de atender a sus requerimientos de que parase. Quedó atónito ante la extraña letanía sin sentido, aquel galimatías incomprensible que brotaba de su garganta, sonidos repetitivos y martilleantes que, rememorando más tarde el incidente, le costaba repetir. Martha no recordó nada de todo esto, pero el miedo se había instalado en su matrimonio nada más empezar.

Levantó la vista para buscar algo con que distraerse mientras esperaba nerviosa ante los pensamientos que la embargaban. Sólo encontró rancias revistas de psiquiatría que no llamaron su atención, así que siguió dando vueltas, de forma compulsiva, al anillo que lucía en su dedo anular.

«Tenía que haberle contado todo», apenas musitó, abstraída.

Sus primeros juegos infantiles con amigos imaginarios se convirtieron en miedos nocturnos ante la visita de los extraños seres que, decía, no la dejaban conciliar el sueño. Más tarde, ya púber, vinieron los arrebatos ocasionales, las extrañas voces que emitía durante sus paseos noctámbulos. Esta actividad apenas dejaba imágenes inconexas y desasosegantes en los recuerdos de Martha, que asistía, noche tras noche, indefensa, a esta incesante repetición de duermevelas. Los mejores especialistas en la mente humana la trataron, sin ver nada excepcional en su estado físico o mental, achacando todo a la extraordinaria imaginación de la niña.

Una vez, en la feria del pueblo —esto nunca se lo contó a sus padres ni a los médicos— llevada por una malsana curiosidad juvenil, entró en la caseta de la vieja adivina. Primero la anciana le echó las cartas. El tarot arrojó naipes tan funestos que decidió mejor leerle la mano, y tampoco encontró en ella líneas de presagios halagüeños. Finalmente, optó por consultar su porvenir en la bola de cristal, intrigada por los signos tan nefastos. Las visiones en el orondo vidrio dejaron a la vieja horrorizada. De malas formas, echó a la joven del lugar, exhortándola a que nunca más volviera por allí.

Ya en su época universitaria, alentada por algunos compañeros de facultad, participó en una sesión de ouija. A los pocos minutos, superadas las bromas y risas iniciales, una entidad se manifestó, diciendo conocer a Martha desde hacía mucho tiempo, respondiendo de forma acertada a una serie de datos biográficos. Este hecho inexplicable la alteró profundamente durante una buena temporada.

Ahora todos estos recuerdos se agolpaban en su cabeza, necesitando que, de una vez por todas, alguien la ayudase a encontrar respuestas a tantas incógnitas. El doctor Bernheim, prestigioso hipnoterapeuta y reputado sofrólogo, especialista en regresiones, estaba al tanto de estos acontecimientos en la vida de Martha. Su primer encuentro fue una sesión de hipnosis, años atrás, recién acabada su carrera de periodismo, época en la que los fenómenos se repetían de forma tan frecuente que le impedían descansar. Todas aquellas noticias de accidentes, muertes, asesinatos, que tenía que cubrir, se convertían en terribles pesadillas nocturnas que, ahora sí, recordaba cada vez con más nitidez. Pero en aquella ocasión, la terapia no cubrió las expectativas de la reportera.

Se oyeron voces al otro lado de la lúgubre puerta. Era el doctor despidiendo a un paciente. Al instante, éste apareció en el umbral y tendió la avejentada mano a la joven.

Hola, Martha. Me alegro de que hayas vuelto. Ya verás como esta vez será diferente, no temas —le dijo mientras extendía su brazo señalando la puerta del despacho. Allí observó las estanterías repletas de añejos volúmenes, un vetusto diván de madera de formas onduladas y toda suerte de artefactos que la joven era incapaz de imaginar para qué servían.

Este es Enzo —dijo el canoso doctor girando su cuello hacia el joven sentado en el fondo de la sala—. Es uno de mis alumnos aventajados. Le he pedido que me ayudara en esta sesión, tomando notas y grabando todo lo que digas, si no te importa. Por favor, acomódate.

Martha meneó la cabeza asintiendo, y tras un suspiro, tomó asiento.

4

El hermano del sacerdote

Jack supo enseguida que su hermano estaba en un aprieto. La llamada intempestiva, el timbre brusco y estridente del teléfono, operaron en su cuerpo como una sacudida eléctrica, tensando hasta la última de sus fibras. Al otro lado del auricular, Rick parecía, en efecto, preocupado. Jack trató de rebajar la tensión fingiendo una extrañeza que en ningún caso sentía.

¿Roma?, pero ¿qué se te ha perdido a ti en el Vaticano? Además, hermanito, tú detestas todo ese «tinglado»…

Atajó en seco la voz grave de Rick.

No sé cómo, pero estos tipos saben que puedo leer la mente: «don de Dios», lo llaman ellos.

Jack asintió en silencio y suspiró sin alivio. Dejó escapar el aire a través de sus dientes apretados como si pretendiera hacer salir al tiempo sus demonios. Por su mente desfilaron retazos del pasado, fragmentos de una realidad que no quería —o no podía— aceptar y que, sin embargo, no hacía sino golpear directamente su cerebro, haciéndole consciente de su propia, inconfesada lucidez.

«Puede que yo esté a salvo, después de todo. Hay cosas que es mejor no remover.»

Esto es más serio de lo que creía, Jack —prosiguió Rick—. He visto algo aquí dentro… cuadros, textos, incluso partituras gregorianas que anticipan las catástrofes humanas. Es como si me hubiera trasladado a un mundo extraño y deformado, demasiado peligroso.

Jack sentía crecer la angustia por momentos. Inquirió, pero no era una pregunta:

¿Qué quieren de ti?

Mi capacidad. Quieren que use mi poder.

Frutos de un mismo árbol, ligados por los genes y una facultad inescrutable, Jack sintió las manos sudorosas de su hermano perlando sus propias palmas. «Ahora no puedo dejarle en la estacada. Pero si voy, si me acerco a los tentáculos de Roma, seré como un insecto que se arroja a la trampa de una araña.»

La pregunta de Rick espejeó sus temores:

¿También te sudan las manos?

Nunca quiso confesarlo, ni mucho menos aceptarlo. De algún modo, Jack, también él había heredado algunos «dones» que escapaban al común de los mortales. Poderes que ni siquiera él mismo conocía en profundidad. Así, escudada bajo su robusto corpachón, el mayor de los Masso percibía su fragilidad, sus pies de barro, su miedo inaceptable ante el futuro, ante sí mismo, a merced del universo que bullía, siempre velado, tras la fría realidad.

Compró un billete de avión destino Roma. Luego hizo las maletas sabiendo que aquella decisión daría un giro completo, tal vez devastador, a su vida. Sin embargo, en su mano estaba seguir junto a Rick, hermano, cómplice, amigo. Ahora ya sabía que ambos se hallaban atados por un vínculo más hondo que su origen consanguíneo; los dos compartían mucho más que un mismo apellido.

Para Rick, las revelaciones de su par tampoco supusieron una gran sorpresa. Aunque con Jack su poder obraba distinto —como una suerte de barrera fronteriza—, percibía claramente un aura especial, a veces oscura, a veces resplandeciente. El sacerdote se sintió reconfortado al saber que no estaría solo en aquel trance. Pocas veces se alegró tanto de reencontrarse con el «gran Masso», como decían, con un deje de ironía, los chavales del pueblo.

Retrepado en el sillón de su despacho vaticano, el cardenal Tadeuz se acariciaba la barbilla rasurada a contrapelo. Dos toques muy secos en la puerta le impulsaron a desviar los ojos hacia la mínima rendija abierta entre hoja y marco.

¿Da su venia, Monseñor? —preguntó el visitante con timbre aflautado.

Adelante, padre Rolando —fijó su vista en éste y se inclinó hacia delante con los brazos extendidos. A renglón seguido hizo un gesto invitando al asiático a sentarse—. Le estaba esperando.

Su Eminencia tenía razón —mostró el recién llegado sus dientes blanquísimos de rata—. El mayor de los Masso está en camino; tal como predijo.

Su Santidad tenía oídos, ojos, apéndices por todas partes. Rick cometió la ingenuidad de hacer esa llamada «gratuita» desde una sala situada en las entrañas del útero papal.

Tadeuz se encampanó y ofreció también su sonrisa, esbozando con sus labios violáceos una media luna. «Lo sabía. Ahora ya tenemos la pieza clave. Me muero de impaciencia por reunirlos».

Bien. Ahora hay que andarse con cuidado, padre. Ni siquiera yo estoy seguro de lo que ese hombre alberga en su interior. Tráigalo aquí cuanto antes, y llévelo a la «balsa», allí, al menos, no podrá escapar.


Segunda parte – Capítulos 5 y 6 >

Comparte con tus amigos










Enviar