Los Paragnostas II (cap. 1 y 2)

  • Ya puedes leer el segundo capítulo de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA
05 Noviembre 2014

< Primera parte – capítulo 2


SEGUNDA PARTE

1

El sacerdote

Consultó otra vez su reloj y se acercó a la ventana. Afuera, las gotas de lluvia resbalaban por el cristal como lágrimas de plata. Había empezado a llover a media tarde con tanta fuerza que en pocos minutos ya se habían formado sobre el asfalto enormes charcos de agua, bruñidos como espejos, mostrando la imagen invertida de una inmensa cúpula anubarrada. El viento, crudo y arisco, agitaba las ramas de los árboles y desnudaba su follaje moribundo. Todo, en suma, contribuía a ensombrecer los pensamientos de aquel joven sacerdote cuya vida había dado un vuelco inesperado en las últimas semanas.

En el fondo de su alma, Rick Masso no entendía el porqué de aquel viaje tan apresurado, ni tampoco el modo en que se había dejado arrastrar hasta Roma. No. Él no era uno de esos «trepas», desdeñaba el boato y la pompa del Vaticano —aunque jamás lo confesara en público—. Él era un simple siervo de Dios y se debía por entero a su parroquia de feligreses, muchos de ellos casi en la indigencia. Era precisamente entre aquellos seres olvidados, desempeñando su tarea pastoral, cuando Rick se sentía más próximo al Reino del Señor. Casi inconscientemente, comenzó a silbar una tonada aprendida en el pueblo. Una de esas canciones que los jóvenes cantaban mientras bebían y fumaban en las escaleras del templo y que, sin él pretenderlo, había pasado a formar parte de su «repertorio».

Remembraba la asombrosa visita del cardenal Tadeuz y todo parecía desdibujarse en su memoria como aquellas gotas de llovizna septembrina. Pero no podía engañarse: de algún modo, lo habían descubierto. Ahora sabían que tenía un «don de Dios». Así al menos lo definió aquel huraño clérigo, el padre Daniel, durante el breve recorrido a su modestísima parroquia. Suspiró: «No debería estar aquí; no tendría que haber venido».

Pertrechado con un paraguas ceniciento, comenzó a cruzar la Plaza de San Pedro en dirección a la puerta de Santa Ana, sintiendo la pesada mirada de los 140 pares de pétreos ojos desde su privilegiada posición sobre el colonnato. La pertinaz lluvia sembraba el suelo de un sinfín de círculos a modo de acuáticos fuegos artificiales, que trajeron a la memoria de Rick recuerdos infantiles. Como cuando ayudaba a pasar el cepillo en la iglesia de su pueblo y, de forma fortuita, la viuda Osborne rozó su mano al arrojar la dádiva. Un sentimiento indescriptible le embargó súbitamente, dejándole petrificado, absorto, mientras la música seguía sonando y la plegaria tocaba a su fin. Tuvo que ser su hermano Jack, que también ejercía de monaguillo, el que se acercó para sacarle del trance y llevarlo a la sacristía, donde aún tardó unos minutos en recuperar el habla. Sólo su hermano tuvo conocimiento entonces de lo que pasó por su cerebro durante ese singular episodio, sólo él supo que su premonición se cumplió dos días después, cuando la anciana halló una muerte fulminante, celebrándose un responso por su alma inmortal ante el mismo altar. Le hizo jurar a su hermano que nunca dijese nada sobre este hecho, pensó que era pura casualidad, pero sólo fue el principio.

Tras acreditarse ante la guardia suiza, aguardó a que el secretario de Tadeuz apareciese para conducirle al interior. Por fin, un menudo sacerdote de rasgos asiáticos se acercó al escaño donde se encontraba sentado, y con voz aguda le dio la bienvenida mientras se fundían en un abrazo algo forzado.

Padre Ricardo, qué alegría me produce conocerle, por fin. Le estábamos esperando, tenemos tantas cosas de que hablar, ¿verdad? Pero perdone, no me he presentado, soy el padre Rolando.

De entrada, tanta familiaridad dejó al joven párroco algo desconcertado. Por su acento y ademanes, llegó a la conclusión de que su afable anfitrión era de origen filipino. Trató de ser cortés y contestó: «Yo también me alegro de conocerle». Sin más preámbulo, le hizo una indicación para que le siguiera. Se adentraron por una puerta lateral en los abarrotados Museos Vaticanos; allí donde posaba su mirada descubría, una tras otra, obras maestras de todas las disciplinas artísticas. «Una auténtica ostentación de riqueza en lo que debería ser el templo de la humildad», pensó Rick para sus adentros.

Al fin, tras un largo pasillo, al girar un recodo, llegaron a un cul-de-sac. En la pequeña sala, mal iluminada, sin duda poco atractiva para el visitante, sobre las paredes desnudas colgaba un único e inmenso mosaico, pero cuya escena distaba mucho de ser habitual. Dominaba el ángulo superior izquierdo un enorme volcán arrojando lava y ceniza, mientras, en la parte inferior, los restos de una devastada ciudad romana yacían humeantes. Si Rick hubiese sabido entonces que la mano que ejecutó tal obra lo hizo muchos años antes del desastre acaecido en Pompeya, se hubiese estremecido mucho más. De forma disimulada, el padre Rolando puso sus manos sobre algunas de la teselas, como tecleando una combinación, y al instante, una rendija se abrió donde aparentemente la pared era sólida y continua. Empujando la secreta puerta, le invitó a pasar

2

El pintor

Bajo el caos humeante, por encima del amorfo amasijo metálico y el panteón de cadáveres calcinados, se entreveía, fugazmente, un cielo de negrura apocalíptica. El artista apartó el pincel del lienzo con un estremecimiento helado que no alcanzaba a explicar. Sudaba Hugo Márquez copiosamente. Sudor frío, como capa de rocío en las auroras de febrero. No era la primera vez que sucedía. Los ecos de la exposición que, tiempo atrás, abriera su creación a ojos extraños, atestiguaban su peculiar tendencia artística. Un crítico local tildó las obras —pintadas bajo ese arrobo inexplicable— como una suerte de «arrebato neo-místico de corte tenebrista», comparando el efecto en el espectador con maestros de la talla de Caravaggio, José de Ribera o Zurbarán.

Como es lógico, al principio Hugo se sintió halagado. Sus cuadros noveles —centrados en catástrofes humanas— causaron verdadera sensación: aquella forma de jugar con el trazo, el dominio de las luces y las sombras, el color ultra terreno, la forma de insinuar escenas, miradas más allá del punto de fuga, la fuerza sobrehumana de sus figuras (reflejo de la muerte o la agonía), confería a su pintura un «sello» que, a tenor de los elogios recibidos, le auguraba un gran futuro en el complejo universo del Arte.

Por aquella época de febril actividad, Hugo acabó su tesis sobre Pintura Española en el siglo XVI. Previamente, el pintor en ciernes se fue forjando una gran reputación como becario en el Departamento de Arte Moderno: sus dotes, su ambición y su laboriosidad investigadora no pasaron inadvertidas al catedrático titular, el consagrado pintor Giovanni Conti. Y aunque en principio no entraba en sus planes, tan pronto salió a concurso público una plaza como profesor adjunto en la Facultad, el joven —avalado por Conti y la repercusión de su primera exposición— opositó con la convicción del que se sabe de antemano superior.

Los pronósticos se cumplieron de medio a medio. Hugo Márquez logró el puesto con la unanimidad del tribunal y, al cabo, pasó a impartir las clases que, poco antes, él mismo recibiera.

Pasaron los meses. Hugo siguió pintando, dejándose imbuir por brumosas visiones noctívagas, impresiones surgidas en la noche y que, de forma más o menos consciente, el artista logró plasmar en cada nuevo lienzo con difícil sencillez.

Hasta aquel día.

Fue durante un descanso entre clase y clase, en tanto volteaba la cucharilla en el pocillo de café y echaba una distraída hojeada al periódico. El pulso se detuvo en sus arterias al instante: impresa en color, inequívoca, brutal, demoledora, se hallaba la imagen de uno de sus cuadros más oscuros, la escena de un terrible accidente aéreo, calco exacto de aquellas pinceladas sombrías que tantos elogios cosecharan. Los mismos elementos, la misma devastación, la misma inexplicable realidad.

Supo entonces —no fue sino confirmar una sospecha largo tiempo arrinconada— que su arte se nutría de las negras pesadillas que afloraban en su mente más profunda, en sus sueños. Las mismas que tuviera desde niño y que los psiquiatras (alertados por los padres del pequeño) amortiguaran a base de bolitas naranjas, redondos comprimidos velando su memoria subconsciente. Ahora, sin embargo, cuando los casos de «premoniciones pictóricas» se agolpaban sobre la mesa del escritorio, en forma de recortes de periódico, los fármacos ya no servían. Aumentó la dosis inicial con la esperanza de que el velo que nublaba su consciencia onírica se alzara nuevamente. Pero, una vez tomada conciencia de aquel hecho, el muro se desplomó y Hugo empezó a recordar con precisión sus visiones, los ensueños tenebrosos, las horribles pesadillas que moraban en su mente.

Por un tiempo dejó los pinceles y se volcó en su labor docente, dedicando su energía al doméstico trajín de las reuniones y las aulas. Porfió con sus demonios nocturnos, mas, agotado por el sobreesfuerzo y la falta de descanso, sus fuerzas no hacían sino menguar.

Una tarde fría de mediados de noviembre, mientras se hallaba enfrascado en la lectura de una tesis sobre Pedro de Berruguete, el pintor recibió una visita por completo inesperada. Hizo pasar a su despacho a aquel venerable anciano de modales afectados que, tan pronto tomó asiento, se presentó como emisario del Santo Padre. La voz bien timbrada del cardenal Tadeuz sumió al profesor en un revuelo de emociones enfrentadas, una extraña miscelánea de agrado, en las formas, y rechazo, en el fondo de las mismas. Tomaba conciencia progresiva del giro que su vida estaba a punto de tomar. De pronto había otros que compartían, sabían, codiciaban su «secreto» en las alturas vaticanas.

¿Qué quiere exactamente de mí, monseñor? —inquirió con mal disimulada turbación.

Tadeuz entrelazó sus dedos arrugados y los dejó reposar sobre la curva del vientre. Fingiendo ser paciente, replicó:

Dios ha puesto un don extraordinario en usted, señor Márquez. No debe malgastarlo inútilmente. Ya sé que le sorprende —sonrió taimadamente—, pero no es el único, créame. Cuando acabe, podrá volver a sus lienzos y sus clases. Ayúdenos y no se arrepentirá —y, dicho esto, le tendió su mano avejentada.

Hugo estrechó aquella palma huesuda y, al enfrentar los ojos del cardenal, notó una violenta sacudida en la boca del estómago. Sus peores impresiones ganaban en su mente la batalla: vencía la idea de que, lejos de una oferta, el enviado de Su Santidad le lanzaba una estudiada, sutil amenaza.


Segunda parte – Capítulos 3 y 4 >

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