Los Paragnostas I (cap. 2)

  • Ya puedes leer la segunda parte del primer capítulo de la novela de terror de Eduardo Moreno y Pedro Pastor que se publica periódicamente en CRÓNICA DE LA RODA

< Primera parte – capítulo 1


LOS PARAGNOSTAS

2

La desvencijada puerta de la sacristía estaba entreabierta. A través del dintel asomó el cráneo rasurado del sacerdote. Una voz aguda y cascada brotó entre sus labios agrietados.

Vaya, vaya, así que Tadeuz todavía no ha perdido la sesera —rió burlón.

Hugo se adelantó al resto.

Escuche, padre; si estamos aquí es porque no quedaba otro remedio. Le juro que no tenía la menor intención de volver a verle —adujo circunspecto.

El padre Daniel pareció ignorar el comentario y dirigió su inquisitiva mirada hacia la chica del grupo. Un ligero estremecimiento sacudió el cuerpo de Martha ante aquellas pupilas escrutadoras.

¡Mi querida Martha, cuánto tiempo ha pasado! ¿Qué haces con tan malas compañías?

Lips apretó los puños y se encaró con el cura.

¡Déjala en paz, maldito vejestorio! ¡No tenemos tiempo para estupideces! ¡Muéstranos el símbolo!

Un rictus agrio cambió por completo las facciones del sacerdote.

¿Has venido hasta aquí para insultarme? ¿Qué sabes tú del símbolo, ignorante? ¡No tienes idea del Mal al que te expones! ¡No comprendo cómo el Vaticano ha de recurrir a semejantes aprendices!

Jack puso su mano sobre el hombro de Rick y detuvo su furioso ademán.

De acuerdo, padre, ya es suficiente. ¿Podemos hablar serenamente? —terció Jack.

Seguidme. Hablemos dentro, las paredes de este templo a veces no son seguras…

Tras este huraño reencuentro, el padre Daniel condujo al grupo hasta una salita contigua a la sacristía. La chimenea estaba encendida. Un débil fuego calentaba aquella estancia que apestaba a moho, incienso y naftalina. Una vez sentados en torno a la mesilla, el cura sirvió vino a los recién llegados.

Es uno de mis mejores caldos, espero que sepáis apreciarlo, je, je —masculló Daniel mientras vertía el líquido en las viejas copas. Hugo tomó la palabra:

Los sueños han reaparecido. Se referían a un lugar como éste. Tadeuz sólo hizo parte del trabajo. He estado indagando sobre el manuscrito.

La cara del anciano reflejó verdadero pavor.

¿Lo habéis traído aquí? ¡Que Dios nos proteja!

¿Cómo si no podríamos convocarlos? —repuso Hugo.

¿Te has vuelto loco? —gritó Martha alborotada.

¡Alto! —atajó Rick, irascible—. Puede que no sea tan listo como vosotros, pero fui el único que entró en el túnel cuando se abrieron las puertas. ¡No es buena idea Hugo!

Esta vez saldrá bien —hurgó en su chaqueta, extrajo una extraña piedra triangular y la dejó sobre el tapete—. Es un amuleto-barrera, no se atreverán a cruzar el umbral.

¿De dónde lo has sacado, si puede saberse? ¿Y por qué no habías dicho nada hasta ahora? —estalló furiosa Martha—. ¿Qué más nos ocultas? ¡Habla de una vez!

Ah, Martha, qué carácter, deberías reservar tu rabia para ellos

¡Insensatos! —gritó Daniel con los ojos inyectados en sangre. —Esa piedra no impedirá que crucen el umbral. Además, nunca permitiré que profanéis mi templo, ¡jamás!

Hugo se pasaba la piedra-amuleto de una mano a otra mientras oía al padre Daniel, y alzando la vista, inquirió:

¿Quiere eso decir, viejo, que sabes cómo evitar que crucen la entrada? Bien, entonces el viaje no ha sido en balde: ¡habla!

¡Locos! ¡Nunca os ayudaré! No hay que volver a tentar la suerte. Creéis saber donde os estáis metiendo, pero es demasiado peligroso para aficionados como vosotros. —El sacerdote dio un empujón a la mesa y las copas volaron hasta estrellarse contra el suelo de baldosas, creando un mosaico de miles de prismas a la luz de las llamas.

Ya me estoy cansando de esta pérdida de tiempo —gruñó Rick, sujetando con fuerza al anciano justo por su alzacuellos—. Estoy seguro de que al rabino Levy le gustará saber dónde se esconde el guardián de su pabellón en Treblinka.

El padre Daniel trataba de zafarse de las manos que lo asían hasta que oyó esta amenaza envenenada.

¡Cerdos asquerosos! Está bien. Os daré algo que rastrear, sabuesos —masculló resignado. Se giró y buscó algo en la estantería. Al instante dejó caer un viejo recorte de periódico sobre la mesa.

Martha lo recogió y resumió su contenido.

Al parecer, hace diez años, James Sinclair, un joven del pueblo murió en circunstancias no aclaradas; el chico era hijo del coronel Sinclair, uno de los hombres más influyente de la comarca. Según el redactor, el militar, ya retirado, siempre se jactó de su linaje, descendiente de los primeros colonos que fundaron Angor a comienzos del siglo XVIII.

¿Y qué relación tiene la muerte del muchacho con nuestro asunto? —preguntó Hugo.

Eso tendrá que responderlo el viejo coronel. Antes vivía en el pueblo, en la casa que está sobre la cima del collado. Tras la muerte de su hijo enloqueció, y los últimos que lo vieron, antes de marcharse a su hacienda, al otro lado de las montañas, dijeron que vagaba por los cuartos musitando algo así como «¿Por qué abriste la puerta, hijo?».

Jack, que había permanecido como un espectador hasta el momento, se levantó de su silla y espetó:

De acuerdo, ese Sinclair bien merece una visita, pero no hemos olvidado a lo que hemos venido. Dinos donde está el símbolo.

Con mano temblorosa, el padre Daniel señaló la puerta que conducía a la cripta. Enfilaron los cuatro visitantes en la dirección mostrada por éste; segundos más tarde, oyeron a su espalda la voz del anciano.

¡No tan aprisa! Antes tendréis que mover el altar. Hay una trampilla justo debajo; aquí está la llave —susurró ausente, al tiempo que extendía su palma arrugada hacia Martha, la última en salir—. Ya se lo advertí a monseñor Tadeuz y a ese empecinado cardenal Kolakowski: los vivos no deberían despertar a los muertos; todos nosotros somos cómplices de una espantosa blasfemia a los ojos de Dios, incluida Su Santidad por permitirlo—. ¡Todavía estáis a tiempo!

¡Después de arruinar nuestras vidas! ¡Eso debieron pensarlo antes de meternos en esto!, ¿no le parece? —replicó agriamente Hugo—. Vamos Martha, coge esas llaves y acabemos cuanto antes.

Nadie os obligó entonces, algunos se ofrecieron voluntarios… —las palabras del sacerdote murieron en sus labios.

¿Que nadie nos obligó? ¡Fue una trampa, imbécil! —rugió Martha, rabiosa.

Lips dejó de silbar: la saliva incrustada en su garganta se le hizo de pronto una pasta amarga y biliosa. Imágenes pretéritas desfilaron por su mente, recuerdos dolorosos, instantes que hubiera preferido enterrar en el olvido… Como el día que dejó definitivamente el sacerdocio, quebrada fatalmente su fe al ser testigo de aquel horror abismal…

Ajenos a la angustia del otrora párroco, Jack y Hugo comenzaron a empujar con fuerza la mesa de piedra, soportada por cuatro hercúleas columnas que descansaban sobre una basa cuadrada. Entre tanto, Martha sostenía la llave en su mano, leve, imperceptiblemente crispada.

¿Qué haces ahí parado, Rick? ¿Quieres echarnos una mano? —gritó Jack, espoleando a su hermano.

Éste, rota al fin su turbación, subió la escalinata y, poniendo las manos sobre una esquina de la pétrea mesa ritual, empujó con toda su energía.

En la base de la misma, desplazada ahora más de un metro, quedó al descubierto una añosa portezuela cuadrada con una argolla en el centro. Rauda, Martha encajó la llave en el candado situado en el extremo y tiró del asidero hacia arriba, levantando una nube de polvo acumulado durante los diez últimos años.

De la boca del pasadizo, recién abierto, brotó un hedor ultra terreno y asfixiante. Pasada la ráfaga, poco a poco comenzaron a perfilarse los peldaños que conducían a las entrañas del subsuelo, a las tumbas milenarias y al temible símbolo allí custodiado.

Martha, siempre precavida, sacó una pequeña linterna de su bolso, insuficiente a todas luces para desterrar las tinieblas de aquel sombrío corredor, por lo que Jack tomó un par de gruesos cirios del altar y los prendió al instante, iniciando el grupo la marcha descendente. Se giró aquél, ofreciendo una de las velas a su hermano, el cual permanecía lívido, estancado en el segundo escalón.

Oye, Rick, ¿tienes intención de acompañarnos o te vas a quedar ahí como un pasmarote?

La voz fraterna resonó tan apagada como si estuviera a un millón de años luz; sentía Rick la mente embotada y, aunque intentaba moverse, su cuerpo no obedecía, paralizado ante el recuerdo tenebroso, temiendo que el demonio del pasado retornase con más fuerza. Finalmente tomó la vela e hizo un amago de persignarse. No había vuelto a hacerlo desde al menos diez años, la última vez que se santiguó, antes de enfrentarse a lo innombrable… Lips avivó los gélidos rescoldos de su fe como si todo el apoyo divino no fuera suficiente para combatir a la criatura que aguardaba más allá de las entrañas, envuelta en sombras perpetuas.

La fetidez áspera del polvo que inhalaban, bajando aquellos escalones inclinados, acometía con pujanza su inerme pituitaria. Apenas atisbaban dónde ponían los pies, por lo que a Hugo y Martha les pilló por sorpresa la sensación de hundirse en aquella gelatinosa balsa de miasmas en la que se había convertido, de súbito, el suelo del sótano. Según avanzaban, a ambos lados, las paredes se vestían con sarcófagos apilados, la mayoría de ellos en avanzado estado de putrefacción; mostraban aquellos nichos, bajo la débil luminaria de los cirios, las calaveras roídas, apenas sustentadas por hábitos mohosos, en viciada descomposición.

El pasillo fue gradualmente angostándose, y llegó un momento en el estaban flanqueados, no ya por ataúdes, sino por pilas de osamentas que llegaban hasta el techo, macabro espectáculo incluso para un grupo de personas tan curtidas en las claves de lo oculto.

No sabían qué distancia habían recorrido, pero Hugo hizo un cálculo mental: debían haber atravesado toda la nave central, así que no podía faltar mucho para llegar a la base del pórtico de la iglesia. Cuando la estrechez se hizo tal que Jack a duras penas podía deslizar su corpachón, una súbita ráfaga de viento segó las llamas parpadeantes, dejando al grupo bajo la única luz, tenue, de la linterna. El túnel pareció llegar a su fin: ante ellos, en la penumbra, se atisbaba una estancia abierta, de techo abovedado y contrafuertes laterales ajados, sin duda los pilares que apoyaban la decrépita fachada.

Como si de un solo organismo se tratase, la respiración del grupo se aceleró; los latidos de los corazones resonaban en el cóncavo artesonado haciendo perceptible el miedo y repugnancia que a todos embargaba con la misma intensidad.

Subieron el escalón que separaba el pasillo pestilente de aquella habitación irregular, asentada sobre un suelo pulido y extrañamente labrado. Casi imperceptibles, cual arañazos, las líneas se extendían conformando figuras grotescas bajo el pálido círculo de luz. En el mismo centro, apenas a unos pasos de sus pies, las marcas se hacían más profundas, y el dibujo que se adivinaba les hizo pensar en execrables rituales de ancestral longevidad.

Hugo tomó la palabra, apenas sin aliento:

Rick, ¿reconoces algo en estos surcos? Se trata de signos rituales, ¿verdad?

El interpelado apenas podía creer lo que tenía ante sus ojos. En el tiempo —vívido y lejano— en que tuvo acceso los Archivos Vaticanos, pudo estudiar con detalle innumerables legajos de ominoso origen, muchos de ellos relacionados con ritos paganos. Pero jamás pensó que aquellas fórmulas leídas —con un nudo en el estómago— en el espantoso manuscrito del Necronomicón (en su traducción griega), pudieran cobrar forma sobre la faz de la Tierra.

El círculo tenía aproximadamente dos metros de diámetro, lo suficiente para servir de lecho a un pobre incauto dispuesto para el sacrificio. Inscrito en él, un pentágono, y en cada uno de sus brazos, signos tallados sobre la roca gris.

Es un… pórtico ─dijo Rick con voz entrecortada—. Un portal de invocación. A un lado está Humwawa, Señor de las abominaciones; al otro, su hermano, Pazazu, Señor de las fiebres y las plagas.

Jack tuvo que sujetar a su hermano, que, lívido, apenas podía mantenerse en pie tras pronunciar estas palabras.

Frenéticamente, Martha recorrió con la linterna toda la simbología que adornaba el pétreo suelo, como obnubilada por las caprichosas formas allí representadas. Dio un paso al frente y, rodilla en tierra, alargó su brazo tembloroso. Instintivamente, Hugo copió sus movimientos y sus antebrazos se juntaron, descendiendo lentamente hasta que las yemas de sus dedos se posaron sobre aquellas hendiduras. Un hálito gélido les inundó el alma, y acto seguido, les pareció ser presa de una ingravidez total, su percepción de la realidad distorsionada por una fuerza insondable… En una fracción de segundo, se vieron transportados a los abyectos escenarios de sus sueños.


Segunda parte – Capítulos 1 y 2 >

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