INICIATIVA LITERARIA

Los Paragnostas I (cap. 1)

  • La obra, de ficción terror, está firmada por el rodense Eduardo Moreno y el albaceteño Pedro Pastor e irá publicándose periódicamente en esta nueva sección
08 septiembre 2014

Nueva iniciativa literaria del rodense Eduardo Moreno. Tras publicar Oscuro Parentesco , su segunda novela, vuelve a la carga con Los Paragnostas, una obra de terror escrita junto al autor albaceteño, afincado en Madrid, Pedro Pastor Sánchez. Cada mes, CRÓNICA DE LA RODA publicará un capítulo de este apasionante trabajo. Aquí está el primero:


 

LOS PARAGNOSTAS

Primera Parte

El Símbolo

1

En el silencio del amanecer se oyeron chirriar los frenos del vehículo que aparcó bajo su ventana, pero el reflejo de las nubes en el parabrisas impidió que pudiera ver a sus ocupantes.

La maleta yacía sobre la cama deshecha. Apuró un último sorbo de café, ya frío, y se dirigió al aseo para recoger sus últimos efectos personales. No pudo evitar lanzar una mirada al espejo, ante el que, por un instante, hizo una mueca, y contempló cómo se habían marcado las arrugas que surcaban su cara. De repente, volvieron a su mente los fantásticos acontecimientos que acabaron dando con sus huesos en aquel remoto lugar del planeta.

«Era cuestión de tiempo. Sabía que tarde o temprano me encontrarían», repitió para sí mismo.

El eco metálico del claxon quebró el hondo silencio. Echó un rápido vistazo a su equipaje. «Bien, vamos allá». Cogió la pesada maleta y abandonó la habitación. Tras bajar las escaleras, encendió un cigarrillo. Fue hacia al mostrador para pagar con gesto grave. Pero alguien se le había adelantado. Su cuenta estaba saldada. Dio un par de caladas y clavó su vista en la entrada.

Allí estaban, esperándole en el viejo deportivo.

Sintió una violenta punzada revolviendo su estómago. La imagen del coche disparó nuevamente aquellos recuerdos. Parecía una pesadilla, pero era demasiado real.

Al fin reconoció sus rasgos a través del cristal.

No faltaba ninguno.

Tiró al suelo la colilla —aún ardiente—, y se dispuso a abrir la puerta de atrás.

No fue necesario. Una enorme mole enfundada en un tosco abrigo negro surgió de la parte trasera del deportivo, haciendo crujir sus suspensiones, que sin duda agradecieron la descarga momentánea. Sin mediar palabra, agarró su maleta y la acomodó como pudo en el maletero, ya de por sí atestado de objetos variopintos.

Ahora sí, ambos subieron al vehículo. Apenas un pestañeo furtivo captado a través del retrovisor fue el saludo del conductor. Mientras, sus sarmentosas manos, asidas al volante, seguían el ritmillo de una extravagante melodía que brotaba de sus labios.

En cambio ella, sentada en el asiento del copiloto, ni se inmutó, y siguió cerrando el círculo que trazaba sobre el cristal empañado. Apenas atisbó su adusto perfil, pero reconoció que no había perdido un ápice de belleza a pesar de los años. La desnudez de su dedo anular le reconfortó, en parte.

Esperaba un recibimiento más cálido, y más teniendo en cuenta que sus destinos se unieron tiempo atrás, aunque ninguno de ellos había vuelto a saber de los otros. Creían que podían vivir de nuevo en paz, olvidándose de tan funestos acontecimientos, aquéllos que les marcaron en el pasado.

Hasta que el extraño suceso se repitió.

El estruendo del motor estremeció al vecindario cuando el coche pasó raudo por la avenida y se dirigió al puerto. Durante el trayecto, en la mente de todos ellos bullía la misma idea. Las únicas palabras que se pronunciaron en el interior del vehículo quedaron apagadas por aquellos cilindros en V a toda potencia y por el eco de sus propios pensamientos:

«Ha vuelto».

Las calles desfilaban ante él como un cuadro borroso y desdibujado. Intentó concentrar la vista en el semáforo; no lograba distinguir los contornos. En su lugar aparecían imágenes lúgubres, vagas formas reptando en la oscuridad.

Al fin el deportivo se detuvo en seco. Enfrente, vio pasar a un grupo de sombríos pescadores. Desvió la mirada de aquellos hombres y volvió a fijarse en ella. No pudo evitar recorrer mentalmente sus muslos y excitarse ante el recuerdo que ahora se le aparecía más nítido e intenso que nunca.

Diez años. De repente la barrera del tiempo se esfumaba sin dejar apenas rastro.

El gruñido del chófer le sacó de su abstracción. Bajó del vehículo con un terrible peso en el alma. ¿A quién pretendía engañar? Claro que los años hacían mella. Su pelo mostraba reflejos plateados, varios surcos rodaban por la frente de un extremo a otro. Apenas superaba los cuarenta y se sentía tan cansado como un viejo.

Maquinalmente, siguió a sus tres compañeros muelle abajo. Tras recorrer unos metros, ella abandonó al fin su agrio mutismo.

¿Cómo te va, Hugo?

El sonido de su voz agitó de nuevo aquel polvoriento rincón de la memoria. Notó un fuerte cosquilleo en el estómago; su cuerpo se estremeció durante unos pocos segundos, temblando como un niño asustado.

Bueno, sigo dando clases y pintando; escribo de vez en cuando artículos para revistas especializadas… ya sabes cómo funciona la universidad… Vaya, tú estás estupenda, no has cambiado nada —dijo, esbozando una tímida sonrisa.

Ella parecía rastrear en el fondo de sus ojos.

¿Has vuelto a tener sueños, Hugo? —interpeló cortante la mujer.

«La misma Martha de siempre: ¿quién podría saber lo que oculta tras esa rígida máscara?»

Hugo extrajo un cigarrillo del abrigo. Inquieto, hurgó en su bolsillo, sacó el mechero y prendió el pitillo aspirando con avidez. Tras dar un par de hondas caladas, respondió a la cuestión que tanto le incomodaba.

Hace dos semanas, ¿y tú?

Casi un mes.

Ya lo suponía. Había intentado engañarse en vano. Era cuestión de tiempo.

En ese momento, Jack, embutido en su abrigo negro, les hizo una señal.

La iglesia se encuentra al doblar esa esquina.

La iglesia de San Telmo estaba encastrada entre edificios medio derruidos que apestaban a vieja lonja de pescado. Parecía como si sus feligreses hubieran perdido toda su fe en un Dios misericordioso que no impedía que la tragedia azotase a las familias que no tenían más sustento que el procedente de las arduas faenas en el mar.

¿Estáis seguros de que queréis entrar ahí? Yo diría que Dios hace tiempo que no la habita.

Rick, más conocido como «Lips» por esa costumbre suya de canturrear o silbar melodías inventadas (hasta en los momentos más inoportunos), tenía razón. El edificio parecía venirse abajo por momentos. Apenas quedaban cristales en las vidrieras, la fachada sucumbía a la gravedad y, por momentos, desafiaba el plano vertical. Por no hablar del mudo campanario, que otrora repicara cada vez que el mar escupía a otro desdichado hasta la orilla.

Monseñor Tadeuz dijo que podíamos encontrar al Padre Daniel aquí —dijo Martha, dando una patada a una piedra.

¿Están buscando al cura? —balbuceó un viejo marinero que anudaba con esmero unas redes, recostado en la desvencijada quilla de lo que en otra época fue una chalupa—. La entrada a la sacristía se encuentra en el callejón, detrás de la lonja.

Gracias, viejo —vociferó Jack con desgana, mientras sorteaba a una gaviota medio putrefacta sobre el pavimento. Y continuó:

¿Os habéis fijado, chicos? El viejo lobo de mar parece tener cien años, por lo menos. Y su piel se asemeja a la de los miles de jureles que habrá sacado del fondo de esta apestosa bahía.

¡Diantre, Jack! —exclamó Lips—, deja al viejo y mueve tu seboso culo. Busquemos al «pater» y larguémonos lo antes posible. Esta humedad no hace buenas migas con mi asma.

Y no era sólo la humedad. En realidad, todo el pueblo tenía un halo fantasmagórico, como si estuviese anclado en otra época. El aspecto mortecino de las calles, el carácter taciturno de sus gentes, conferían al lugar una atmósfera que invitaba a abandonarlo cuanto antes.

Como ves, Hugo, hay cosas que no cambian.

Cierto —respondió a Martha—. Parece mentira que estos dos tengan los mismos genes. Su madre se quedó a gusto cuando los parió.

A Hugo le agradó ver como su humor esbozó la primera sonrisa en Martha después de tantos años.

Así que Tadeuz os ha enviado aquí. Pensé que ese anciano mercenario ya estaría bajo tierra.

Los médicos del Vaticano no le dan mucho más tiempo. Y sí, entre delirios susurró que el Padre Daniel podía enseñarnos algo interesante.

El símbolo —respondió secamente Hugo.

¿Hay algo que quieras compartir con los demás, sabelotodo? —el tono de Martha le recordó las muchas razones por lo que lo suyo no funcionó.

Bueno, he pedido algunos favores. Mostré el fragmento del manuscrito a un colega antropólogo, y le costó algún tiempo, pero al fin dio con una pista.

¡Estúpido inconsciente! ¿Acaso has olvidado lo que pasó la última vez que ese papel acartonado vio la luz?

Hugo tragó saliva. No le gustaba que Martha le tratara así, y menos delante de los demás. Pero respondió con aplomo:

Necesitaba algún indicio. Ya sabes que no disponemos de mucho tiempo. Además, ese amigo mío es una vieja rata de biblioteca. No dirá nada, estoy seguro.

¿Y qué averiguó? —preguntó Martha, esta vez con tono mucho más interesado.

Comprobó que en los bosques limítrofes, en torno a un promontorio, se celebraban, tiempo atrás, ritos ancestrales; las pruebas demostraron que aquellos altares y piedras mágicas usadas en las antiguas ceremonias paganas terminaron conformando los cimientos de la iglesia.

De modo que ése es el motivo por el cual nos enviaron a este pueblo; si es cierto lo que dices, aquí comenzó todo. Y mucho antes de lo que cualquiera hubiese pensado —aseveró ella, mesándose los cabellos.


Primera parte – capítulo 2 >

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